sábado, 31 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (6/7)








A través de la ventana penetraron a la oficina los gemidos de los animales castrados revueltos con los gritos de don Sabas. “Si no viene dentro de diez minutos, me voy”, se prometió el coronel, después de dos horas de espera. Pero esperó veinte minutos más. Se disponía a salir cuando don Sabas entró a la oficina seguido por un grupo de peones. Pasó varias veces frente al coronel sin mirarlo. 
Sólo lo descubrió cuando salieron los peones. 
—¿Usted me está esperando, compadre? 
—Sí, compadre —dijo el coronel—. Pero si está muy ocupado puedo venir más tarde. 
Don Sabas no lo escuchó desde el otro lado de la puerta. 
—Vuelvo en seguida —dijo. 
Era un mediodía ardiente. La oficina resplandecía con la reverberación de la calle. Embotado por el calor, el coronel cerró los ojos involuntariamente y en seguida empezó a soñar con su mujer. La esposa de don Sabas entró de puntillas. 
—No despierte, compadre —dijo—. Voy a cerrar las persianas porque esta oficina es un infierno. 
El coronel la persiguió con una mirada completamente inconsciente. Ella habló en la penumbra cuando cerró la ventana. 
—¿Usted sueña con frecuencia? 
—A veces —respondió el coronel, avergonzado de haber dormido—. Casi siempre sueño que me enredo en telarañas. 
—Yo tengo pesadillas todas las noches —dijo la mujer—. Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños. 
Conectó el ventilador eléctrico. “La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama”, dijo. “Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto”. 
—La casa fue construida hace apenas dos años .—dijo el coronel. 
—Así es —dijo la mujer—. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan. 
El zumbido del ventilador eléctrico consolidó la penumbra. El coronel se sintió impaciente, atormentado por el sopor y por la bordoneante mujer que pasó directamente de los sueños al misterio de la reencarnación. Esperaba una pausa para despedirse cuando don Sabas entró a la oficina con su capataz. 
—Te he calentado la sopa cuatro veces —dijo la mujer. 
—Si quieres caliéntala diez veces —dijo don Sabas—. Pero ahora no me friegues la paciencia. 
Abrió la caja de caudales y entregó a su capataz un rollo de billetes junto con una serie de instrucciones. El capataz descorrió las persianas para contar el dinero. Don Sabas vio al coronel en el fondo de la oficina pero no reveló ninguna reacción. Siguió conversando con el capataz. El coronel se incorporó en el momento en que los dos hombres se disponían a abandonar de nuevo la oficina. Don Sabas se detuvo antes de abrir la puerta.
—¿Qué es lo que se le ofrece, compadre? 
El coronel comprobó que el capataz lo miraba. 
—Nada, compadre —dijo—. Que quisiera hablar con usted. 
—Lo que sea dígamelo en seguida —dijo don Sabas—. No puedo perder un minuto. 
Permaneció en suspenso con la mano apoyada en el pomo de la puerta. El coronel sintió pasar los cinco segundos más largos de su vida. Apretó los dientes. 
—Es para la cuestión del gallo — murmuró. 
Entonces don Sabas acabó de abrir la puerta. “La cuestión del gallo”, repitió sonriendo, y empujó al capataz hacia el corredor. “El mundo cayéndose y mi compadre pendiente de ese gallo”. Y luego, dirigiéndose al coronel: 
—Muy bien, compadre. Vuelvo en seguida. 
El coronel permaneció inmóvil en el centro de la oficina hasta cuando acabó de oír las pisadas de los dos hombres en el extremo del corredor. Después salió a caminar por el pueblo paralizado en la siesta dominical. No había nadie en la sastrería. El consultorio del médico estaba cerrado. Nadie vigilaba la mercancía expuesta en los almacenes de los sirios. El río era una lámina de acero. Un hombre dormía en el puerto sobre cuatro tambores de petróleo, el rostro protegido del sol por un sombrero. El coronel se dirigió a su casa con la certidumbre de ser la única cosa móvil en el pueblo. 
La mujer lo esperaba con un almuerzo completo. 
—Hice un fiado con la promesa de pagar mañana temprano —explicó. 
Durante el almuerzo el coronel le contó los incidentes de las tres últimas horas. Ella lo escuchó impaciente. 
—Lo que pasa es que a ti te falta carácter —dijo luego—. Te presentas como si fueras a pedir una limosna cuando debías llegar con la cabeza levantada y llamar aparte a mi compadre y decirle: “Compadre, he decidido venderle el gallo”. 
—Así la vida es un soplo —dijo el coronel. 
Ella asumió una actitud enérgica. 
Esa mañana había puesto la casa en orden y estaba vestida de una manera insólita, con los viejos zapatos de su marido, un delantal de hule y un trapo amarrado en la cabeza con dos nudos en las orejas. “No tienes el menor sentido de los negocios”, dijo. “Cuando se va a vender una cosa hay que poner la misma cara con que se va a comprar”. El coronel descubrió algo divertido en su figura. 
—Quédate así como estás —la interrumpió sonriendo—. Eres idéntica al hombrecito de la avena Quaker. 
Ella se quitó el trapo de la cabeza. 
—Te estoy hablando en serio —dijo—. Ahora mismo llevo el gallo a mi compadre y te apuesto lo que quieras que regreso dentro de media hora con los novecientos pesos. 
—Se te subieron los ceros a la cabeza —dijo el coronel—. Ya empiezas a jugar la plata del gallo. 
Le costó trabajo disuadiría. Ella habla dedicado la mañana a organizar mentalmente el programa de tres años sin la agonía de los viernes. Preparó la casa para recibir los novecientos pesos. Hizo una lista de las cosas esenciales de que carecian, sin olvidar un par de zapatos nuevos para el coronel. Destinó en el dormitorio un sitio para el espejo. La momentánea frustración de sus proyectos le produjo una confusa sensación de vergüenza y resentimiento. 
Hizo una corta siesta. Cuando se incorporó, el coronel estaba sentado en el patio. 
—Y ahora qué haces —preguntó ella. 
—Estoy pensando —dijo el coronel. 
—Entonces está resuelto el problema. Ya se podrá contar con esa plata dentro de cincuenta años. 
Pero en realidad el coronel había decidido vender el gallo esa misma tarde. Pensó en don Sabas, solo en su oficina, preparándose frente al ventilador eléctrico para la inyección diaria. Tenía previstas sus respuestas. 
—Lleva el gallo —le recomendó su mujer al salir—. La cara del santo hace el milagro. 
El coronel se opuso. Ella lo persiguió hasta la puerta de la calle con una desesperante ansiedad. 
—No importa que esté la tropa en su oficina —dijo—. Lo agarras por el brazo y no lo dejas moverse hasta que no te dé los novecientos pesos. 
—Van a creer que estamos preparando un asalto. 
Ella no le hizo caso. 
—Acuérdate que tú eres el dueño del gallo —insistió—. Acuérdate que eres tú quien va a hacerle el favor. 
—Bueno. 
Don Sabas estaba con el médico en el dormitorio. “Aprovéchelo ahora, compadre”, le dijo su esposa al coronel. “El doctor lo está preparando para viajar a la finca y no vuelve hasta el jueves”. El coronel se debatió entre dos fuerzas contrarias: a pesar de su determinación de vender el gallo quiso haber llegado una hora más tarde para no encontrar a don Sabas. 
—Puedo esperar —dijo. 
Pero la mujer insistió. Lo condujo al dormitorio donde estaba su marido sentado en la cama tronal, en calzoncillos, fijos en el médico los ojos sin color. El coronel esperó hasta cuando el médico calentó el tubo de vidrio con la orina del paciente, olfateó el vapor e hizo a don Sabas un signo aprobatorio. 
—Habrá que fusilarlo —dijo el médico dirigiéndose al coronel—. La diabetes es demasiado lenta para acabar con los ricos. 
“Ya usted ha hecho lo posible con sus malditas inyecciones de insulina”, dijo don Sabas, y dio un salto sobre sus nalgas fláccidas. “Pero yo soy un clavo duro de morder”. Y luego, hacia el coronel: 
—Adelante, compadre. Cuando salí a buscarlo esta tarde no encontré ni el sombrero. 
—No lo uso para no tener que quitármelo delante de nadie. 
Don Sabas empezó a vestirse. El médico se metió'en el bolsillo del saco un tubo de cristal con una muestra de sangre. Luego puso orden en el maletín. El coronel pensó que se disponía a despedirse. 
—Yo en su lugar le pasaría a mi compadre una cuenta de cien mil pesos, doctor —dijo—. Así no estará tan ocupado. 
—Ya le he propuesto el negocio, pero con un millón —dijo el médico—. La pobreza es el mejor remedio contra la diabetes. 
“Gracias por la receta”, dijo don Sabas tratando de meter su vientre voluminoso en los pantalones de montar. “Pero no la acepto para evitarle a usted la calamidad de ser rico”. El médico vio sus propios dientes reflejados en la cerradura niquelada del maletín. Miró su reloj sin manifestar impaciencia. En el momento de ponerse las botas don Sabas se dirigió al coronel intempestivamente. 
—Bueno, compadre, qué es lo que pasa con el gallo. 
El coronel se dio cuenta de que también el médico estaba pendiente de su respuesta. Apretó los dientes. 
—Nada, compadre —murmuró—. Que vengo a vendérselo. 
Don Sabas acabó de ponerse las botas. 
—Muy bien, compadre —dijo sin emoción—. Es la cosa más sensata que se le podía ocurrir. 
—Ya yo estoy muy viejo para estos enredos —se justificó el coronel frente a la expresión impenetrable del médico—. Si tuviera veinte años menos sería diferente. 
—Usted siempre tendrá veinte años menos —replicó el médico. 
El coronel recuperó el aliento. Esperó a que don Sabas dijera algo más, pero no lo hizo. Se puso una chaqueta de cuero con cerradura de cremallera y se preparó para salir del dormitorio. 
—Si quiere hablamos la semana entrante, compadre —dijo el coronel. 
—Eso le iba a decir —dijo don Sabas—. Tengo un cliente que quizá le dé cuatrocientos pesos. Pero tenemos que esperar hasta el jueves. 
—¿Cuánto? —preguntó el médico. 
—Cuatrocientos pesos. 
—Había oído decir que valía mucho más —dijo el médico. 
—Usted me había hablado de novecientos pesos —dijo el coronel, amparado en la perplejidad del doctor—. Es el mejor gallo de todo el Departamento. 
Don Sabas respondió al médico. 
“En otro tiempo cualquiera hubiera dado mil”, explicó. “Pero ahora nadie se atreve a soltar un buen gallo. Siempre hay el riesgo de salir muerto a tiros de la gallera”. Se volvió hacia el coronel con una desolación aplicada: 
—Eso fue lo que quise decirle, compadre. 
El coronel aprobó con la cabeza. 
—Bueno —dijo. 
Los siguió por el corredor., El médico quedó en la sala requerido por la mujer de don Sabas que le pidió un remedio “para esas cosas que de pronto le dan a uno y que no se sabe qué es”. El coronel lo esperó en la oficina. Don Sabas abrió la caja fuerte, se metió dinero en todos los bolsillos y extendió cuatro billetes al coronel. 
—Ahí tiene sesenta pesos, compadre —dijo—. Cuando se venda el gallo arreglaremos cuentas. 
El coronel acompañó al médico a través de los bazares del puerto que empezaban a revivir con el fresco de la tarde. Una barcaza cargada de caña de azúcar descendía por el hilo de la corriente. El coronel encontró en el médico un hermetismo insólito. 
—¿Y usted cómo está, doctor? 
El médico se encogió de hombros. 
—Regular —dijo—. Creo que estoy necesitando un médico. 
—Es el invierno —dijo el coronel—. A mí me descompone los intestinos. 
El médico lo examinó con una mirada absolutamente desprovista de interés profesional. Saludó sucesivamente a los sirios sentados a la puerta de sus almacenes. En la puerta del consultorio el coronel expuso su opinión sobre la venta del gallo. 
—No podía hacer otra cosa —le explicó—. Ese animal se alimenta de carne humana. 
—El único animal que se alimenta de carne humana es don Sabas —dijo el médico—. Estoy seguro de que revenderá el gallo por los novecientos pesos. 
—¿Usted cree? 
—Estoy seguro —dijo el médico—. Es un negocio tan redondo como su famoso pacto patriótico con el alcalde. 
El coronel se resistió a creerlo. “Mi compadre hizo ese pacto para salvar el pellejo”, dijo. “Por eso pudo quedarse en el pueblo”. 
“Y por eso pudo comprar a mitad de precio los bienes de sus propios copartidarios que el alcalde expulsaba del pueblo”, replicó el médico. Llamó a la puerta pues no encontró las llaves en los bolsillos. Luego se enfrentó a la incredulidad del coronel. 
—No sea ingenuo —dijo—. A don Sabas le interesa la plata mucho más que su propio pellejo. 
La esposa del coronel salió de compras esa noche. Él la acompañó hasta los almacenes de los sirios rumiando las revelaciones del médico. 
—Busca en seguida a los muchachos y diles que el gallo está vendido —le dijo ella—. No hay que dejarlos con la ilusión. 
—El gallo no estará vendido mientras no venga mi compadre Sabas —respondió el coronel. 
Encontró a Alvaro jugando ruleta en el salón de billares. El establecimiento hervía en la noche del domingo. El calor parecía a más intenso a causa de las vibraciones del radio a todo volumen. El coronel se entretuvo con los números de vivos colores pintados en un largo tapiz de hule negro e iluminados por una linterna de petróleo puesta sobre un cajón en el centro de la mesa. Alvaro se obstinó en perder en el veintitrés. Siguiendo el juego por encima de su hombro el coronel observó que el once salió cuatro veces en nueve vueltas. 
—Apuesta al once —murmuró al oído de Alvaro—. Es el que más sale. 
Alvaro examinó el tapiz. No apostó en la vuelta siguiente. Sacó dinero del bolsillo del pantalón, y con el dinero una hoja de papel. Se la dio al coronel por debajo de la mesa. 
—Es de Agustín —dijo. 
El coronel guardó en el bolsillo la hoja clandestina. Alvaro apostó fuerte al once. 
—Empieza por poco —dijo el coronel. 
“Puede ser una buena corazonada”, replicó Alvaro. Un grupo de jugadores vecinos retiró las apuestas de otros números y apostaron al once cuando ya había empezado a girar la enorme rueda de colores. El coronel se sintió oprimido. Por primera vez experimentó la fascinación, el sobresalto y la amargura del azar. 
Salió el cinco. 
—Lo siento —dijo el coronel avergonzado, y siguió con un irresistible sentimiento de culpa el rastrillo de madera que arrastró el dinero de Alvaro—. Esto me pasa por meterme en lo que no me importa. 
Alvaro sonrió sin mirarlo. 
—No se preocupe, coronel. Pruebe en el amor. 
De pronto se interrumpieron las trompetas del mambo. Los jugadores se dispersaron con las manos en alto. El coronel sintió a sus espaldas el crujido seco, articulado y frío de un fusil al ser montado. Comprendió que había caído fatalmente en una batida de la policía con la hoja clandestina en el bolsillo. Dio media vuelta sin levantar las manos. Y entonces vio de cerca, por la primera vez en su vida, al hombre que disparó contra su hijo. Estaba exactamente frente a él con el cañón del fusil apuntando contra su vientre. Era pequeño, aindiado, de piel curtida, y exhalaba un tufo infantil. El coronel apretó los dientes y apartó suavemente con la punta de los dedos el cañón del fusil. 
—Permiso —dijo. Se enfrentó a unos pequeños y redondos ojos de murciélago. En un instante se sintió tragado por esos ojos, triturado, digerido e inmediatamente expulsado. 
—Pase usted, coronel.


viernes, 30 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (5/7)








—Espérese y le presto un paraguas, compadre. 
Don Sabas abrió un armario empotrado en el muro de la oficina. Descubrió un interior confuso, con botas de montar apelotonadas, estribos y correas y un cubo de aluminio lleno de espuelas de caballero. Colgados en la parte superior, media docena de paraguas y una sombrilla de mujer. El coronel pensó en los destrozos de una catástrofe. 
“Gracias, compadre”, dijo acodado en la ventana. “Prefiero esperar a que escampe”. Don Sabas no cerró el armario. Se instaló en el escritorio dentro de la órbita del ventilador eléctrico. Luego extrajo de la gaveta una jeringuilla hipodérmica envuelta en algodones. El coronel contempló los almendros plomizos a través de la lluvia. Era una tarde desierta. 
—La lluvia es distinta desde esta ventana —dijo—. Es como si estuviera lloviendo en otro pueblo. 
—La lluvia es la lluvia desde cualquier parte —replicó don Sabas. Puso a hervir la jeringuilla sobre la cubierta de vidrio del escritorio—. Este es un pueblo de mierda. 
El coronel se encogió de hombros. Caminó hacia el interior de la oficina: un salón de baldosas verdes con muebles forrados en telas de colores vivos. Al fondo, amontonados en desorden, sacos de sal, pellejos de miel y sillas de montar. Don Sabas lo siguió con una mirada completamente vacía. 
—Yo en su lugar no pensaría lo mismo —dijo el coronel. 
Se sentó con las piernas cruzadas, fija la mirada tranquila en el hombre inclinado sobre el escritorio. Un hombre pequeño, voluminoso pero de carnes fláccidas, con una tristeza de sapo en los ojos. 
—Hágase ver del médico, compadre —dijo don Sabas—. Usted está un poco fúnebre desde el día del entierro. 
El coronel levantó la cabeza. 
—Estoy perfectamente bien —dijo. 
Don Sabas esperó a que hirviera la jeringuilla. “Si yo pudiera decir lo mismo”, se lamentó. “Dichoso usted que puede comerse un estribo de cobre”. Contempló el peludo envés de sus manos salpicadas de lunares pardos. Usaba una sortija de piedra negra sobre el anillo de matrimonio. 
—Asi es —admitió el coronel. 
Don Sabas llamó a su esposa a través de la puerta que comunicaba la oficina con el resto de la casa. Luego inició una adolorida explicación de su régimen alimenticio. Extrajo un frasquito del bolsillo de la camisa y puso sobre el escritorio una pastilla blanca del tamaño de un grano de habichuela. 
—Es un martirio andar con esto por todas partes —dijo—. Es como cargar la muerte en el bolsillo. 
El coronel se acercó al escritorio. Examinó la pastilla en la palma de la mano hasta cuando don Sabas lo invitó a saborearla. 
—Es para endulzar el café —le explicó—. Es azúcar, pero sin azúcar. 
—Por supuesto —dijo el coronel, la saliva impregnada de una dulzura triste—. Es algo así como repicar pero sin campanas. 
Don Sabas se acodó al escritorio con el rostro entre las manos después de que su mujer le aplicó la inyección. El coronel no supo qué hacer con su cuerpo. La mujer desconectó el ventilador eléctrico, lo puso sobre la caja blindada y luego se dirigió al armario. 
—El paraguas tiene algo que ver con la muerte —dijo. 
El coronel no le puso atención. Había salido de su casa a las cuatro con el propósito de esperar el correo, pero la lluvia lo obligó a refugiarse en la oficina de don Sabas. Aún llovía cuando pitaron las lanchas. 
“Todo el mundo dice que la muerte es una mujer”, siguió diciendo la mujer. Era corpulenta, más alta que su marido, y con una verruga pilosa en el labio superior. Su manera de hablar recordaba el zumbido del ventilador eléctrico. “Pero a mí no me parece que sea una mujer”, dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel: 
—Yo creo que es un animal con pezuñas. 
—Es posible —admitió el coronel—. A veces suceden cosas muy extrañas. 
Pensó en el administrador de correos saltando a la lancha con un impermeable de hule. Había transcurrido un mes desde cuando cambió de abogado. Tenía derecho a esperar una respuesta. La mujer de don Sabas siguió hablando de la muerte hasta cuando advirtió la expresión absorta del coronel. 
—Compadre —dijo—. Usted debe tener una preocupación. 
El coronel recuperó su cuerpo. 
—Así es comadre —mintió—. Estoy pensando que ya son las cinco y no se le ha puesto la inyección al gallo. 
Ella quedó perpleja. 
—Una inyección para un gallo como si fuera un ser humano —gritó—. Eso es un sacrilegio. 
Don Sabas no soportó más. Levantó el rostro congestionado. 
—Cierra la boca un minuto —ordenó a su mujer. Ella se llevó efectivamente las manos a la boca—. Tienes media hora de estar molestando a mi compadre con tus tonterías. 
—De ninguna manera —protestó el coronel. 
La mujer dio un portazo. Don Sabas se secó el cuello con un pañuelo impregnado de lavanda. El coronel se acercó a la ventana. Llovía implacablemente. Una gallina de largas patas amarillas atravesaba la plaza desierta. 
—¿Es cierto que están inyectando al gallo? 
—Es cierto —dijo el coronel—. Los entrenamientos empiezan la semana entrante. 
—Es una temeridad —dijo don Sabas—. Usted no está para esas cosas. 
—De acuerdo —dijo el coronel—. Pero ésa no es una razón para torcerle el pescuezo. 
“Es una temeridad idiota”, dijo don Sabas dirigiéndose a la ventana. El coronel percibió una respiración de fuelle. Los ojos de su compadre le producían piedad. 
—Siga mi consejo, compadre —dijo don Sabas—. Venda ese gallo antes que sea demasiado tarde. 
—Nunca es demasiado tarde para nada —dijo el coronel. 
—No sea irrazonable —insistió don Sabas—. Es un negocio de dos filos. Por un lado se quita de encima ese dolor de cabeza y por el otro se mete novecientos pesos en el bolsillo. 
—Novecientos pesos —exclamó el coronel. 
—Novecientos pesos. 
El coronel concibió la cifra. 
—¿Usted cree que darán ese dineral por el gallo? 
—No es que lo crea —respondió don Sabas—. Es que estoy absolutamente seguro. 
Era la cifra más alta que el coronel había tenido en su cabeza después de que restituyó los fondos de la revolución. Cuando salió de la oficina de don Sabas sentía una fuerte torcedura en las tripas, pero tenía conciencia de que esta vez no era a causa del tiempo. En la oficina de correos se dirigió directamente al administrador: 
—Estoy esperando una carta urgente —dijo—. Es por avión. 
El administrador buscó en las casillas clasificadas. Cuando acabó de leer repuso las cartas en la letra correspondiente pero no dijo nada. Se sacudió la palma de las manos y dirigió al coronel una mirada significativa. 
—Tenía que llegarme hoy con seguridad —dijo el coronel. 
El administrador se encogió de hombros. 
—Lo único que llega con seguridad es la muerte, coronel. 
Su esposa lo recibió con un plato de mazamorra de maíz. Él la comió en silencio con largas pausas para pensar entre cada cucharada. Sentada frente a él la mujer advirtió que algo había cambiado en la casa. 
—Qué te pasa —preguntó. 
—Estoy pensando en el empleado de quien depende la pensión —mintió el coronel—. Dentro de cincuenta años nosotros estaremos tranquilos bajo tierra mientras ese pobre hombre agonizará todos los viernes esperando su jubilación. 
“Mal síntoma”, dijo la mujer. “Eso quiere decir que ya empiezas a resignarte”. Siguió con su mazamorra. Pero un momento después se dio cuenta de que su marido continuaba ausente. 
—Ahora lo que debes hacer es aprovechar la mazamorra. 
—Está muy buena —dijo el coronel—. ¿De dónde salió? 
—Del gallo —respondió la mujer—. Los muchachos le han traído tanto maíz, que decidió compartirlo con nosotros. Así es la vida. 
—Así es —suspiró el coronel—. La vida es la cosa mejor que se ha inventado. 
Miró al gallo amarrado en el soporte de la hornilla y esta vez le pareció un animal diferente. También la mujer lo miró. 
—Esta tarde tuve que sacar a los niños con un palo —dijo—. Trajeron una gallina vieja para enrazarla con el gallo. 
—No es la primera vez —dijo el coronel—. Es lo mismo que hacían en los pueblos con el coronel Aureliano Buendía. Le llevaban muchachitas para enrazar. 
Ella celebró la ocurrencia. El gallo produjo un sonido gutural que llegó hasta el corredor como una sorda conversación humana. “A veces pienso que ese animal va a hablar”, dijo la mujer. El coronel volvió a mirarlo. 
—Es un gallo contante y sonante —dijo. Hizo cálculos mientras sorbía una cucharada de mazamorra—. Nos dará para comer tres años. 
—La ilusión no se come —dijo ella. 
—No se come, pero alimenta —replico el coronel—. Es algo así como las pastillas milagrosas de mi compadre Sabas. 
Durmió mal esa noche tratando de borrar cifras en su cabeza. Al día siguiente al almuerzo la mujer sirvió dos platos de mazamorra y consumió el suyo con la cabeza baja, sin pronunciar una palabra. El coronel se sintió contagiado de un humor sombrío. 
—Qué te pasa. 
—Nada —dijo la mujer. 
Él tuvo la impresión de que esta vez le había correspondido a ella el turno de mentir. Trató de consolarla. Pero la mujer insistió. 
—No es nada raro —dijo—. Estoy pensando que el muerto va a tener dos meses y todavía no he dado el pésame. 
Así que fue a darlo esa noche. El coronel la acompañó a la casa del muerto y luego se dirigió al salón de cine atraído por la música de los altavoces. Sentado a la puerta de su despacho el padre Angel vigilaba el ingreso para saber quiénes asistían al espectáculo a pesar de sus doce advertencias. Los chorros de luz, la música estridente y los gritos de los niiíos oponían una resistencia física en el sector. Uno de los niños amenazó al coronel con una escopeta de palo. 
—Qué hay del gallo, coronel —dijo con voz autoritaria. 
El coronel levantó las manos. 
—Ahí está el gallo. 
Un cartel a cuatro tintas ocupaba enteramente la fachada del salón: “Virgen de medianoche”. Era una mujer en traje de baile con una pierna descubierta hasta el muslo. El coronel siguió vagando por los alrededores hasta cuando estallaron truenos y relámpagos remotos. Entonces volvió por su mujer. 
No estaba en la casa del muerto. Tampoco en la suya. El coronel calculó que faltaba muy poco para el toque de queda, pero el reloj estaba parado. Esperó, sintiendo avanzar la tempestad hacia el pueblo. Se disponía a salir de nuevo cuando su mujer entró a la casa. 
Llevó el gallo al dormitorio. Ella se cambió la ropa y fue a tomar agua en la sala en el momento en que el coronel terminaba de dar cuerda al reloj y esperaba el toque de queda para poner la hora. 
—¿Dónde estabas? —preguntó el coronel. 
“Por ahí”, respondió la mujer. Puso el vaso en el tinajero sin mirar a su marido y volvió al dormitorio. “Nadie creía que fuera a llover tan temprano”. El coronel no hizo ningún comentario. Cuando sonó el toque de queda puso el reloj en las once, cerró el vidrio y colocó la silla en su puesto. 
Encontró a su mujer rezando el rosario. 
—No me has contestado una pregunta —dijo el coronel. 
—Cuál. 
—¿Dónde estabas? 
—Me quedé hablando por ahí —dijo ella—. Hacía tanto tiempo que no salía a la calle. 
El coronel colgó la hamaca. Cerró la casa y fumigó la habitación. Luego puso la lámpara en el suelo y se acostó. 
—Te comprendo —dijo tristemente—. Lo peor de la mala situación es que lo obliga a uno a decir mentiras. 
Ella exhaló un largo suspiro. 
—Estaba donde el padre Angel —dijo—. Fui a solicitarle un préstamo sobre los anillos de matrimonio. 
—¿Y qué te dijo? 
—Que es pecado negociar con las cosas sagradas. 
Siguió hablando desde el mosquitero. “Hace dos días traté de vender el reloj”, dijo. “A nadie le interesa porque están vendiendo a plazos unos relojes modernos con números luminosos. Se puede ver la hora en la oscuridad”. El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor. 
—Tampoco quieren el cuadro —dijo ella—. Casi todo el mundo tiene el mismo. Estuve hasta donde los turcos. 
El coronel se encontró amargo. 
—De manera que ahora todo el mundo sabe que nos estamos muriendo de hambre. 
—Estoy cansada —dijo la mujer—. Los hombres no se dan cuenta de los problemas de la casa. Varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla. 
El coronel se sintió ofendido. 
—Eso es una verdadera humillación —dijo. 
La mujer abandonó el mosquitero y se dirigió a la hamaca. “Estoy dispuesta a acabar con los remilgos y las contemplaciones en esta casa”, dijo. Su voz empezó a oscurecerse de cólera. “Estoy hasta la coronilla de resignación y dignidad”. 
El coronel no movió un músculo. 
—Veinte años esperando los pajaritos de colores que te prometieron después de cada elección y de todo eso nos queda un hijo muerto —prosiguió ella—. Nada más que un hijo muerto. 
El coronel estaba acostumbrado a esa clase de recriminaciones. 
—Cumplimos con nuestro deber —dijo. 
—Y ellos cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el senado durante veinte años —replicó la mujer—. Ahí tienes a mi compadre Sabas con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo. 
—Pero se está muriendo de diabetes —dijo el coronel. 
—Y tú te estás muriendo de hambre —dijo la mujer—. Para que te convenzas que la dignidad no se come. 
La interrumpió el relámpago. El trueno se despedazó en la calle, entró al dormitorio y pasó rodando por debajo de la cama como un tropel de piedras. La mujer saltó hacia el mosquitero en busca del rosario. 
El coronel sonrió. 
—Esto te pasa por no frenar la lengua —dijo—. Siempre te he dicho que Dios es mi copartidario. 
Pero en realidad se sentía amargado. Un momento después apagó la lámpara y se hundió a pensar en una oscuridad cuarteada por los relámpagos. Se acordó de Macondo. El coronel esperó diez años a que se cumplieran las promesas de Neerlandia. En el sopor de la siesta vio llegar un tren amarillo y polvoriento con hombres y mujeres y animales asfixiándose de calor, amontonados hasta en el techo de los vagones. Era la fiebre del banano. En veinticuatro horas transformaron el pueblo. “Me voy”, dijo entonces el coronel. “El olor del banano me descompone los intestinos”. Y abandonó a Macondo en el tren de regreso, el miércoles veintisiete de junio de mil novecientos seis a las dos y dieciocho minutos de la tarde. Necesitó medio siglo para darse cuenta de que no había tenido un minuto de sosiego después de la rendición de Neerlandia. 
Abrió los ojos. 
—Entonces no hay que pensarlo más —dijo. 
—Qué. 
—La cuestión del gallo —dijo el coronel—. Mañana mismo se lo vendo a mi compadre Sabas por novecientos pesos.


jueves, 29 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (4/7)







Llevó a la mesita de la sala un bloc de papel rayado, la pluma, el tintero y una hoja de papel secante, y dejó abierta la puerta del cuarto por si tenía que con sultar con su mujer. Ella rezó el rosario. 
—¿A cómo estamos hoy? 
—27 de octubre. 
Escribió con una compostura aplicada, puesta la mano con la pluma en la hoja de papel secante, recta la columna vertebral para favorecer la respiración, como le enseñaron en la escuela. El calor se hizo insoportable en la sala cerrada. Una gota de sudor cayó en la carta. El coronel la recogió en el papel secante. Después trató de raspar las palabras disueltas, pero hizo un borrón. 
No se desesperó. Escribió una llamada y anotó al margen: “derechos adquiridos”. Luego leyó todo el párrafo. 
—¿Qué día me incluyeron en el escalafón? 
La mujer no interrumpió la oración para pensar. 
—12 de agosto de 1949. 
Un momento después empezó a llover. El coronel llenó una hoja de garabatos grandes, un poco infantiles, los mismos que le enseñaron en la escuela pública de Manaure. Luego una segunda hoja hasta la mitad, y firmó. 
Leyó la carta a su mujer. Ella aprobó cada frase con la cabeza. Cuando terminó la lectura el coronel cerró el sobre y apagó la lámpara. 
—Puedes decirle a alguien que te la saque a máquina. 
—No —respondió el coronel—. Ya estoy cansado de andar pidiendo favores. 
Durante media hora sintió la lluvia contra las palmas del techo. El pueblo se hundió en el diluvio. Después del toque de queda empezó la gota en algún lugar de la casa. 
—Esto se ha debido hacer desde hace mucho tiempo —dijo la mujer—. Siempre es mejor entenderse directamente. 
—Nunca es demasiado tarde —dijo el coronel, pendiente de la gotera—. Pueda ser que todo esté resuelto cuando se cumpla la hipoteca de la casa. 
—Faltan dos años —dijo la mujer. 
Él encendió la lámpara para localizar la gotera en la sala. Puso debajo el tarro del gallo y regresó al dormitorio perseguido por el ruido metálico del agua en la lata vacía. 
—Es posible que por el interés de ganarse la plata lo resuelvan antes de enero —dijo, y se convenció a sí mismo—. Para entonces Agustín habrá cumplido su año y podremos ir al cine. 
Ella rió en voz baja. “Ya ni siquiera me acuerdo de los monicongos”, dijo. El coronel trató de verla a través del mosquitero. 
—¿Cuándo fuiste al cine por última vez? 
—En 1931 —dijo ella—. Daban “La voluntad del muerto”. 
—¿Hubo puños? 
—No se supo nunca. El aguacero se desgajó cuando el fantasma trataba de robarle el collar a la muchacha. 
Los durmió el rumor de la lluvia. El coronel sintió un ligero malestar en los intestinos. Pero no se alarmó. Estaba a punto de sobrevivir a un nuevo octubre. Se envolvió en una manta de lana y por un momento percibió la pedregosa respiración de la mujer —remota— navegando en otro sueño. Entonces habló, perfectamente consciente. 
La mujer despertó. 
—¿Con quién hablas? 
—Con nadie —dijo el coronel—. Estaba pensando que en la reunión de Macondo tuvimos razón cuando le dijimos al coronel Aureliano Buendía que no se rindiera. Eso fue lo que echó a perder el mundo. 
Llovió toda la semana. El dos de noviembre —contra la voluntad del coronel—, la mujer llevó flores a la tumba de Agustín. Volvió del cementerio con una nueva crisis. Fue una semana dura. Más dura que las cuatro semanas de octubre a las cuales el coronel no creyó sobrevivir. El médico estuvo a ver a la enferma y salió de la pieza gritando: “Con un asma como ésa yo estaría preparado para enterrar a todo el pueblo”. Pero habló a solas con el coronel y prescribió un régimen especial. 
También el coronel sufrió una recaída. Agonizó muchas horas en el excusado, sudando hielo, sintiendo que se pudría y se caía a pedazos la flora de sus vísceras. “Es el invierno”, se repitió sin desesperarse. “Todo será distinto cuando acabe de llover”. Y lo creyó realmente, seguro de estar vivo en el momento en que llegara la carta. 
A él le correspondió esta vez remendar la economía doméstica. Tuvo que apretar los dientes muchas veces para solicitar crédito en las tiendas vecinas. “Es hasta la semana entrante”, decía sin estar seguro él mismo de que era cierto. “Es una platita que ha debido llegarme desde el viernes”. Cuando surgió de la crisis la mujer lo reconoció con estupor. 
—Estás en el hueso pelado —dijo. 
—Me estoy cuidando para venderme —dijo el coronel—. Ya estoy encargado por una fábrica de clarinetes. 
Pero en realidad estaba apenas sostenido por la esperanza de la carta. Agotado, los huesos molidos por la vigilia, no pudo ocuparse al mismo tiempo de sus necesidades y del gallo. En la segunda quincena de noviembre creyó que el animal se moriría después de dos días sin maíz. Entonces se acordó de un puñado de habichuelas que había colgado en julio sobre la hornilla. Abrió las vainas y puso al gallo un tarro de semillas secas. 
—Ven acá —dijo. 
—Un momento —respondió el coronel, observando la reacción del gallo—. A buena hambre no hay mal pan. 
Encontró a su esposa tratando de incorporarse de la cama. El cuerpo estragado exhalaba un baho de hierbas medicinales. Ella pronunció las palabras, una a una, con una precisión calculada: 
—Sales inmediatamente de ese gallo. 
El coronel había previsto aquel momento. Lo esperaba desde la tarde en que acribillaron a su hijo y él decidió conservar el gallo. Había tenido tiempo de pensar. 
—Ya no vale la pena —dijo—. Dentro de tres meses será la pelea y entonces podremos venderlo a mejor precio. 
—No es cuestión de plata —dijo la mujer—. Cuando vengan los muchachos, les dices que se lo lleven y hagan con él lo que les dé la gana. 
—Es por Agustín —dijo el coronel con un argumento previsto—. Imagínate la cara con que hubiera venido a comunicarnos la victoria del gallo. 
La mujer pensó efectivamente en su hijo. 
“Esos malditos gallos fueron su perdición”, gritó. “Si el tres de enero se hubiera quedado en la casa no lo hubiera sorprendido la mala hora”. Dirigió hacia la puerta un índice escuálido y exclamó: 
—Me parece que lo estuviera viendo cuando salió con el gallo debajo del brazo. Le advertí que no fuera a buscar una mala hora en la gallera y él me mostró los dientes y me dijo: “Cállate, que esta tarde nos vamos a podrir de plata”. 
Cayó extenuada. El coronel la empujo suavemente hacia la almohada. Sus ojos tropezaron con otros exactamente iguales a los suyos. “Trata de no moverte”, dijo, sintiendo los silbidos dentro de sus propios pulmones. La mujer cayó en un sopor momentáneo. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos su respiración parecía más reposada. 
—Es por la situación en que estamos —dijo—. Es pecado quitarnos el pan de la boca para echárselo a un gallo. 
El coronel le secó la frente con la sábana. 
—Nadie se muere en tres meses. 
—Y mientras tanto — qué comemos —preguntó la mujer. 
—No sé —dijo el coronel—. Pero si nos fuéramos a morir de hambre ya nos hubiéramos muerto. 
El gallo estaba perfectamente vivo frente al tarro vacío. Cuando vio al coronel emitió un monólogo gutural, casi humano, y echó la cabeza hacia atrás. Él le hizo una sonrisa de complicidad: 
—La vida es dura, camarada. 
Salió a la calle. Vagó por el pueblo en siesta, sin pensar en nada, ni siquiera tratando de convencerse de que su problema no tenía solución. Anduvo por las calles olvidadas hasta cuando se encontró agotado. Entonces volvió a casa. La mujer lo sintió entrar y lo llamó al cuarto. 
—¿Qué? 
Ella respondió sin mirarlo. 
—Que podemos vender el reloj. 
El coronel había pensado en eso. “Estoy segura de que Alvaro te da cuarenta pesos en seguida”, dijo la mujer. “Fíjate la facilidad con que compró la máquina de coser”. 
Se refería al sastre para quien trabajó Agustín. 
—Se le puede hablar por la mañana —admitió el coronel. 
—Nada de hablar por la mañana —precisó ella—. Le llevas ahora mismo el reloj, se lo pones en la mesa y le dices: “Alvaro, aquí le traigo este reloj para que me lo compre”. Él entenderá en seguida. 
El coronel se sintió desgraciado. 
—Es como andar cargando el santo sepulcro —protestó—. Si me ven por la calle con semejante escaparate me sacan en una canción de Rafael Escalona. 
Pero también esta vez la mujer lo convenció. Ella misma descolgó el reloj, lo envolvió en periódicos y se lo puso entre las manos. “Aquí no vuelves sin los cuarenta pesos”, dijo. El coronel se dirigió a la sastrería con el envoltorio bajo el brazo. Encontró a los compañeros de Agustín sentados a la puerta. 
Uno de ellos le ofreció un asiento. Al coronel se le embrollaban las ideas. “Gracias”, dijo. “Voy de paso”. Alvaro salió de la sastrería. En un alambre tendido entre dos horcones del corredor colgó una pieza de dril mojada. Era un muchacho de formas duras, angulosas, y ojos alucinados. También él lo invitó a sentarse. El coronel se sintió reconfortado. Recostó el taburete contra el marco de la puerta y se sentó a esperar a que Alvaro quedara solo para proponerle el negocio. De pronto se dio cuenta de que estaba rodeado de rostros herméticos. 
—No interrumpo —dijo. 
Ellos protestaron. Uno se inclinó hacia él. Dijo, con una voz apenas perceptible: 
—Escribió Agustín. 
El coronel observó la calle desierta. 
—¿Qué dice? 
—Lo mismo de siempre. 
Le dieron la hoja clandestina. El coronel la guardó en el bolsillo del pantalón. Luego permaneció en silencio tamborileando sobre el envoltorio hasta cuando se dio cuenta de que alguien lo había advertido. Quedó en suspenso. 
—¿Qué lleva ahí, coronel? 
El coronel eludió los penetrantes ojos verdes de Germán. 
—Nada —mintió—. Que le llevo el reloj al alemán para que me lo componga. 
“No sea bobo, coronel”, dijo Germán, tratando de apoderarse del envoltorio. “Espérese y lo examino”. 
Él resistió. No dijo nada pero sus párpados se volvieron cárdenos. Los otros insistieron. 
—Déjelo, coronel. Él sabe de mecánica. 
—Es que no quiero molestarle. 
—Qué molestarle ni qué molestarle —discutió Germán. Cogió el reloj—. El alemán le arranca diez pesos y se lo deja lo mismo. 
Entró a la sastrería con el reloj. Alvaro cosía a máquina. En el fondo, bajo una guitarra colgada de un clavo, una muchacha pegaba botones. Había un letrero clavado sobre la guitarra: “Prohibido hablar de política”. El coronel sintió que le sobraba el cuerpo. Apoyó los pies en el travesaño del taburete. 
—Mierda, coronel. 
Se sobresaltó. “Sin malas palabras”, dijo. 
Alfonso se ajustó los anteojos a la nariz para examinar mejor los botines del coronel. 
—Es por los zapatos —dijo—. Está usted estrenando unos zapatos del carajo. 
—Pero se puede decir sin malas palabras —dijo el coronel, y mostró las suelas de sus botines de charol—. Estos monstruos tienen cuarenta años y es la primera vez que oyen una mala palabra. 
“Ya está”, gritó Germán adentro al tiempo con la campana del reloj. En la casa vecina una mujer golpeó la pared divisoria; gritó: 
—Dejen esa guitarra que todavía Agustín no tiene un año. 
Estalló una carcajada. 
—Es un reloj. 
Germán salió con el envoltorio. 
—No era nada —dijo—. Si quiere lo acompaño a la casa para ponerlo a nivel. 
El coronel rehusó el ofrecimiento. 
—¿Cuánto te debo? 
—No se preocupe, coronel —respondió Germán ocupando su sitio en el grupo—. En enero paga el gallo. 
El coronel encontró entonces una ocasión perseguida. 
—Te propongo una cosa —dijo. 
—¿Qué? 
—Te regalo el gallo —examinó los rostros en contorno—. Les regalo el gallo a todos ustedes. 
Germán lo miró perplejo. 
“Ya yo estoy muy viejo para eso”, siguió diciendo el coronel. Imprimió a su voz una severidad convincente. “Es demasiada responsabilidad para mí. Desde hace días tengo la impresión de que ese animal sé está muriendo”. 
—No se preocupe, coronel —dijo Alfonso—. Lo que pasa es que en esta época el gallo está emplumando. Tiene fiebre en los cañones. 
—El mes entrante estará bien —confirmó Germán. 
—De todos modos no lo quiero —dijo el coronel. 
Germán lo penetró con sus pupilas. 
—Dese cuenta de las cosas, coronel —insistió—. Lo importante es que sea usted quien ponga en la gallera el gallo de Agustín. 
El coronel lo pensó. “Me doy cuenta”, dijo. “Por eso lo he tenido hasta ahora”. Apretó los dientes y se sintió con fuerzas para avanzar: 
—Lo malo es que todavía faltan tres meses. 
Germán fue quien comprendió. 
—Si no es nada más que por eso no hay problema —dijo. 
Y propuso su fórmula. Los otros aceptaron. Al anochecer, cuando entró a la casa con el envoltorio bajo el brazo, su mujer sufrió una desilusión. 
—Nada —preguntó. 
—Nada —respondió el coronel—. Pero ahora no importa. Los muchachos se encargarán de alimentar al gallo.


miércoles, 28 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (3/7)









“Este es el milagro de la multiplicación de los panes”, repitió el coronel cada vez que se sentaron a la mesa en el curso de la semana siguiente. Con su asombrosa habilidad para componer, zurcir y remendar, ella parecía haber descubierto la clave para sostener la economía doméstica en el vacío. Octubre prolongó la tregua. La humedad fue sustituida por el sopor. Reconfortada por el sol de cobre la mujer destinó tres tardes a su laborioso peinado. “Ahora empieza la misa cantada”, dijo el coronel la tarde en que ella desenredó las largas hebras azules con un peine de dientes separados. La segunda tarde, sentada en el patio con una sábana blanca en el regazo, utilizó un peine más fino para sacar los piojos que habían proliferado durante la crisis. Por último se lavó la cabeza con agua de alhucema, esperó a que secara, y se enrolló el cabello en la nuca en dos vueltas sostenidas con una peineta. El coronel esperó. De noche, desvelado en la hamaca, sufrió muchas horas por la suerte del gallo. Pero el miércoles lo pesaron y estaba en forma. 
Esa misma tarde, cuando los compañeros de Agustín abandonaron la casa haciendo cuentas alegres sobre la victoria del gallo, también el coronel se sintió en forma. La mujer le cortó el cabello. “Me has quitado veinte años de encima”, dijo él, examinándose la cabeza con las manos. La mujer pensó que su marido tenía razón. 
—Cuando estoy bien soy capaz de resucitar un muerto —dijo. 
Pero su convicción duró muy pocas horas. Ya no quedaba en la casa nada que vender, salvo el reloj y el cuadro. El jueves en la noche, en el último extremo de los recursos, la mujer manifestó su inquietud ante la situación. 
—No te preocupes —la consoló el coronel—. Mañana viene el correo. 
Al día siguiente esperó las lanchas frente al consultorio del médico. 
—El avión es una cosa maravillosa —dijo el coronel, los ojos apoyados en el saco del correo—. Dicen que puede llegar a Europa en una noche. 
“Así es”, dijo el médico, abanicándose con una revista ilustrada. El coronel descubrió al administrador postal en un grupo que esperaba el final de la maniobra para saltar a la lancha. Saltó el primero. Recibió del capitán un sobre lacrado. Después subió al techo. El saco del correo estaba amarrado entre dos tambores de petróleo. 
—Pero no deja de tener sus peligros —dijo el coronel. Perdió de vista al administrador, pero lo recobró entre los frascos de colores del carrito de refrescos—. La humanidad no progresa de balde. 
—En la actualidad es más seguro que una lancha —dijo el médico—. A veinte mil pies de altura se vuela por encima de las tempestades. 
—Veinte mil pies —repitió el coronel, perplejo, sin concebir la noción de la cifra. 
El médico se interesó. Estiró la revista con las dos manos hasta lograr una inmovilidad absoluta. 
—Hay una estabilidad perfecta —dijo. 
Pero el coronel estaba pendiente del administrador. Lo vio consumir un refresco de espuma rosada sosteniendo el vaso con la mano izquierda. Sostenía con la derecha el saco del correo. 
—Además, en el mar hay barcos anclados en permanente contacto con los aviones nocturnos —siguió diciendo el médico—. Con tantas precauciones es más seguro que una lancha. 
El coronel lo miró. 
—Por supuesto —dijo—. Debe ser como las alfombras. 
El administrador se dirigió directamente hacia ellos. El coronel retrocedió impulsado por una ansiedad irresistible tratando de descifrar el nombre escrito en el sobre lacrado. El administrador abrió el saco. Entregó al médico el paquete de los periódicos. Luego desgarró el sobre de la correspondencia privada, verificó la exactitud de la remesa y leyó en las cartas los nombres de los destinatarios. El médico abrió los periódicos. 
—Todavía el problema de Suez —dijo, leyendo los titulares destacados—. El occidente pierde terreno. 
El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su estómago. “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, dijo. “Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”. 
—Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver —dijo el médico, riendo sobre el periódico—. No entienden el problema. 
El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador. 
—¿Nada para el coronel? 
El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza: 
—El coronel no tiene quien le escriba. 
Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Se sentía defraudado. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba. 
—Nada —preguntó. 
—Nada —respondió el coronel. 
El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años”. El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos. 
—Hay que esperar el turno —dijo—. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés. 
—Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería —replicó la mujer. 
El coronel leyó, como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de veterano. Diecinueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley, se inició un proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para hacerse incluir en el escalafón. Ésa fue la última carta que recibió el coronel. 
Terminó después del toque de queda. Cuando iba a apagar la lámpara cayó en la cuenta de que su mujer estaba despierta. 
—¿Tienes todavía aquel recorte? 
La mujer pensó. 
—Sí. Debe estar con los otros papeles. 
Salió del mosquitero y extrajo del armario un cofre de madera con un paquete de cartas ordenadas por las fechas y aseguradas con una cinta elástica. Localizó un anuncio de una agencia de abogados que se comprometía a una gestión activa de las pensiones de guerra. 
—Desde que estoy con el tema de que cambies de abogado ya hubiéramos tenido tiempo hasta de gastarnos la plata —dijo la mujer, entregando a su marido el recorte del periódico—. Nada sacamos con que nos la metan en el cajón como a los indios. 
El coronel leyó el recorte fechado dos años antes. Lo guardó en el bolsillo de la camisa colgada detrás de la puerta. 
—Lo malo es que para el cambio de abogado necesito dinero. 
—Nada de eso —decidió la mujer Se les escribe diciendo que descuenten lo que sea de la misma pensión cuando la cobren. Es la única manera de que se interesen en el asunto. 
Así que el sábado en la tarde el coronel fue a visitar a su abogado. Lo encontró tendido a la bartola en una hamaca. Era un negro monumental sin nada más que los dos colmillos en la mandíbula superior. Metió los pies en unas pantuflas con suelas de madera y abrió la ventana del despacho sobre una polvorienta pianola con papeles embutidos en los espacios de los rollos: recortes del “Diario Oficial” pegados con goma en viejos cuadernos de contabilidad y una colección salteada de los boletines de la contraloría. La pianola sin teclas servía al mismo tiempo de escritorio. El coronel expuso su inquietud antes de revelar el propósito de su visita. 
“Yo le advertí que la cosa no era de un día para el otro”, dijo el abogado en una pausa del coronel. Estaba aplastado por el calor. Forzó hacia atrás los resortes de la silla y se abanicó con un cartón de propaganda. 
—Mis agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesperarse. 
—Es lo mismo desde hace quince años —replicó el coronel—. Esto empieza a parecerse al cuento del gallo capón. 
El abogado hizo una descripción muy gráfica de los vericuetos administrativos. La silla era demasiado estrecha para sus nalgas otoñales. “Hace quince años era más fácil”, dijo. “Entonces existía la asociación municipal de veteranos compuesta por elementos de los dos partidos”. Se llenó los pulmones de un aire abrasante y pronunció la sentencia como si acabara de inventarla. 
—La unión hace la fuerza. 
—En este caso no la hizo —dijo el coronel, por primera vez dándose cuenta de su soledad—. Todos mis compañeros se murieron esperando el correo. 
El abogado no se alteró. 
—La ley fue promulgada demasiado tarde —dijo—. No todos tuvieron la suerte de usted que fue coronel a los veinte años. Además no se incluyó una partida especial, de manera que el gobierno ha tenido que hacer remiendes en el presupuesto. 
Siempre la misma historia. Cada vez que el coronel la escuchaba padecía un sordo resentimiento. “Esto no es una limosna”, dijo. “No se trata de hacernos un favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la república”. El abogado se abrió de brazos. 
—Así es, coronel —dijo—. La integridad humana no tiene límites. 
También esa historia la conocía el coronel. Había empezado a escucharla al día siguiente del tratado de Neerlandia cuando el gobierno prometió auxilios de viajes e indemnizaciones a doscientos oficiales de la revolución. Acampado en torno a la gigantesca ceiba de Neerlandia un batallón revolucionario compuesto en gran parte por adolescentes fugados de la escuela, esperó durante tres meses. Luego regresaron a sus casas por sus propios medios y allí siguieron esperando. Casi sesenta años después todavía el coronel esperaba. Excitado por los recuerdos asumió una actitud trascendental. Apoyó en el hueso del muslo la mano derecha —puros huesos cosidos con fibras nerviosas— y murmuró: 
—Pues yo he decidido tomar una determinación. 
El abogado quedó en suspenso. 
—¿Es decir? 
—Cambio de abogado. 
Una pata seguida de varios patitos amarillos entró al despacho. El abogado se incorporó para hacerla salir. “Como usted diga, coronel”, dijo, espantando los animales. “Será como usted diga. Si yo pudiera hacer milagros no estaria viviendo en este corral”. Puso una verja de madera en la puerta del patio y regresó a la silla. 
—Mi hijo trabajó toda su vida —dijo el coronel—. Mi casa está hipotecada. La ley de jubilaciones ha sido una pensión vitalicia para los abogados. 
—Para mí no —protestó el abogado—. Hasta el último centavo se ha gastado en diligencias. 
El coronel sufrió con la idea de haber sido injusto. 
—Eso es lo que quise decir —corrigió. Se secó la frente con la manga de la camisa—. Con este calor se oxidan las tuercas de la cabeza. 
Un momento después el abogado revolvió el despacho en busca del poder. El sol avanzó hacia el centro de la escueta habitación construida con tablas sin cepillar. Después de buscar inútilmente por todas partes, el abogado se puso a gatas, bufando, y cogió un rollo de papeles bajo la pianola. 
—Aqui está. 
Entregó al coronel una hoja de papel sellado. “Tengo que escribirles a mis agentes para que anulen las copias”, concluyó. El coronel sacudió el polvo y se guardó la hoja en el bolsillo de la camisa. 
—Rómpala usted mismo —dijo el abogado. 
“No”, respondió el coronel. “Son veinte años de recuerdos”. Y esperó a que el abogado siguiera buscando. Pero no lo hizo. Fue hasta la hamaca a secarse el sudor. Desde allí miró al coronel a través de una atmósfera reverberante. 
—También necesito los documentos —dijo el coronel. 
—Cuáles. 
—La justificación. 
El abogado se abrió de brazos. 
—Eso sí que será imposible, coronel. 
El coronel se alarmó. Como tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil en dos baúles amarrados al lomo de una mula. Llegó al campamento de Neerlandia arrastrando la mula muerta de hambre media hora antes de que se firmara el tratado. El coronel Aureliano Buendía —intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico— extendió el recibo de los fondos e incluyó dos baúles en el inventario de la rendición. 
—Son documentos de un valor incalculable —dijo el coronel—. Hay un recibo escrito de su puño y letra del coronel Aureliano Buendía. 
—De acuerdo —dijo el abogado—. Pero esos documentos han pasado por miles y miles de manos en miles y miles de oficinas hasta llegar a quién sabe qué departamentos del ministerio de guerra. 
—Unos documentos de esa índole no pueden pasar inadvertidas para ningún funcionario —dijo el coronel. 
—Pero en los últimos quince aiios han cambiado muchas veces los funcionarios —precisó el abogado—. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces. 
—Pero nadie pudo llevarse los documentos para su casa —dijo el coronel—. Cada nuevo funcionario debió encontrarlos en su sitio. 
El abogado se desesperó. 
—Además, si esos papeles salen ahra del ministerio tendrán que someterse a un nuevo turno para el escalafón. 
—No importa —dijo el coronel. 
—Será cuestión de siglos. 
—No importa. El que espera lo mucho espera lo poco.