martes, 29 de diciembre de 2015

Cuentos de escritoras argentinas

Cuentos de escritoras argentinas.
Compartimos los cuentos de Silvina Ocampo y de Liliana Heker. Realizado por Juana Neira Malo, en el programa “Sueños de Papel” de Radio Visión

Liliana Heker
                                                                                                                                                                                                                                                   Silvina Ocampo                                

                                                      





                                                                                                                                  

lunes, 28 de diciembre de 2015

"Diez pastillas de sabiduría - Cajita 26"

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.









domingo, 27 de diciembre de 2015

sábado, 26 de diciembre de 2015

Películas: "Cien Veces No Debo" de Alejandro Doria (1990)







Dirección: Alejandro Doria

Guión: Ricardo Talesnik y Alejandro Doria según la obra homónima de Ricardo Talesnik

INTÉRPRETES

Norma Aleandro
Luis Brandoni
Andrea Del Boca
Federico Luppi
Darío Grandinetti
Oscar Ferrigno (h)
Verónica Llinás
Clotilde Borel
María José Gabín
Laura Markert
Alejandra Flechner
Fernando Wajs
Juan Acosta
Iván Moschner
Claudio Torres

Sinopsis

Los problemas del personaje que encarna Andrea del Boca comienzan cuando sus padres se enteran de que ella está embarazada.



viernes, 25 de diciembre de 2015

El Cuervo, de Edgar Allan Poe

El Cuervo, de Edgar Allan Poe (narrado por El abuelo Kraken)



















                                                          BAJAR PDF

jueves, 24 de diciembre de 2015

"Diez pastillas de sabiduría - Cajita 25"

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.







miércoles, 23 de diciembre de 2015

Musica para desaparecer dentro: Kevin Kern

Pianista y compositor estadounidense, su verdadero nombre es Kevin Lark Gibbs. Nació en Detroit, un 22 de diciembre de 1958.
Ciego de nacimiento, fue todo un niño prodigio, a la edad de 18 meses fue descubierto por sus padres tocando "Noche de Paz" en el piano, a partir de ahí, con 4 años comienza a dar clases con un profesor particular y a los 8 comienza a componer sus propias obras.
Con 14 años funda un grupo musical al que llama "El clave bien temperado", con el cual hace su debut profesional.
 Su influencia musical más temprana fue la leyenda del jazz George Shearing, a quien conoció cuando era niño. Con George como mentor, Kevin desarrolló un amor temprano por la improvisación y un aprecio para el sonido hermoso que un piano podría producir
Además de la contribución de Shearing, recibió una amplia educación clásica, sobre todo gracias a sus estudios de música en la Universidad de Michigan, con el pianista Mischa Kottler.
 A partir de estas experiencias, Kevin desarrolla su marca de sonido, donde las melodías, exudan lirismo y sencillez y son capaces de atravesar el corazón del oyente.
En 1996 lanza su primer álbum, "In the Enchanted Garden", el cual se convierte en un gran éxito, apareciendo 26 semanas en las listas de éxitos.
Kevin ha desarrollado una propia y única voz musical, un estilo que es conocido como "sonido-pintura". Como él mismo dice: "Aunque mi visión carece de los detalles de otros, he aprendido a describir con mi música".
 La música de Kevin ha aparecido en el cine y televisión tanto en los EE.UU. como en el extranjero.
Además de las series de ficción coreanas, "Otoño en mi corazón" (Gaeul Donghwa), su música se ha escuchado como parte de los "Juegos Olímpicos del Verano 2000", "Live! Con Regis y Kathy Lee" (y Kelly, también!) , "Oprah", NPR, PBS, y en anuncios comerciales de Mitsubishi, Blue Shield de California, etc...
Kevin Kern es hoy día sinónimo de hermosa y relajante música. Sus grabaciones y conciertos lo han encumbrado como un talentoso compositor y un intérprete brillante.





Una cuna de cartón - Canción triste de Navidad, un relato de Antonio Blázquez Madrid

Una cuna de cartón - Canción triste de Navidad, un relato de Antonio Blázquez Madrid.

No apto para todos los corazones, este "Una cuna de cartón" de Antonio Blázquez Madrid nos trae todos los villancicos, las luces, la alegría... pero también la oscuridad. Sobre todo la oscuridad.







lunes, 21 de diciembre de 2015

"Nido de Avispas" de Agatha Christie

Relato corto incluido en el libro "PRIMEROS CASOS DE POIROT" de Agatha Christie.

SINOPSIS:

Sentado en la terraza del jardín de su casa una tarde de verano, John Harrison recibe la visita de su amigo Poirot. El detective le cuenta de está en la localidad para investigar un crimen que no se ha cometido aún. La conversación se centra entonces en torno a la mejor manera de destruir un nido de avispas situado en un árbol cercano. Un amigo de Harrison llamado Claude Langton se va a hacer cargo de la tarea usando petróleo rociado con un inyector de jardín, pero Poirot le dice que, curiosamente, unas horas antes había visto el libro de venenos de una farmacia local y, al leer la última entrada, vio que esta correspondía a una adquisición de cianuro potásico hecha por Langton, a pesar de que Langton le había dicho a Harrison que esas sustancias no deberían de usarse nunca. Poirot le pregunta su opinión sobre Langton, y entonces hablan del compromiso de Harrison con una chica llamada Molly Deane que había estado previamente prometida a Langton. Poirot queda en volver a las 9, hora a la que se supone llegará Langton para destruir el nido.




"OTRAS GEOGRAFÍAS" de G.Calcedo

Narración del relato corto escrito por Gonzalo Calcedo y extraído del libro homónimo perteneciente a la colección NOCHE DE RELATOS. Narrador: Joan Mora. Colaboración especial de la escritora Anabel Gil.








domingo, 20 de diciembre de 2015

"Diez pastillas de sabiduría - Cajita 24"

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.








sábado, 19 de diciembre de 2015

"ÉL" de Guy de Maupassant

Uno de los más populares relatos del maestro del género Guy de Maupassant. El protagonista de ésta historia se ve dominado por un miedo irracional provocado por su propia mente y que lo aboca a la locura.


Voz: Joan Mora










jueves, 17 de diciembre de 2015

"Diez pastillas de sabiduría - Cajita 23"

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.








Música para desaparecer dentro: Yiruma (Yiruma & Piano)

Yiruma es el nombre artístico de I Ru-ma (nacido el 15 de febrero de 1978), es un conocido pianista y compositor de renombre internacional procedentes de Corea del Sur. El nombre "Yiruma" significa "logro" en coreano.

La Música para piano de Yiruma es expresiva e introspectiva. Se presenta con frecuencia en conciertos con entradas agotadas en Asia, Europa y América del Norte. Colegio Su Alma Mater del Rey de Inglaterra le ayudó a ganar popularidad Europea y el reconocimiento. Varias de sus piezas más populares son: "River Flows in You", "Kiss the Rain" y "Tal vez". Su álbum más popular "First Love" fue lanzado en 2001.

Comenzó a tocar el piano a la edad de cinco años, y se trasladó a Londres cuando tenía 11 años, en 1988, para estudiar en la Escuela de Música de Purcell. Él poseía la doble nacionalidad de Corea del Sur e Inglaterra hasta 2006. En 2006, renunció a su ciudadanía del Reino Unido para servir en la Armada de Corea del Sur.

01. Wait There

02. Tears On Love

03. I

04. May Be

05. Love Me

06. River Flows In You

07. It’s Your Day

08. When The Love Falls

09. Passing By

10. Do You?

11. As You Wish

12. All Myself To You

13. Spring Rain

14. What Beautiful Stars

15. Chaconne

16. Indigo

17. Kiss The Rain






01. Destiny Of Love

02. Reminiscence Keep Us Together

03. Scenery From My Window

04. Nocturnal Rainbow

05. Because I Love You

06. Poem+

07. Wonder Boy

08. Fotografia

09. Elegy

10. One Day Diary

11. Lord… Hold My Hand

12. Joy

13. Loanna

14. Ribbonized

15. Sky

16. Journey

17. Hope


miércoles, 16 de diciembre de 2015

"OJOS AZULES" Arturo Pérez Reverte

OJOS AZULES Arturo Pérez Reverte AUDIORELATO. Por Joan Mora.

La noche del 30 de junio de 1520, último día de los conquistadores en Tenochtitlán, es conocida como "la noche triste". Los aztecas saborean su próxima venganza mientras los españoles se aprestan a huir entre la lluvia, dejando atrás la promesa del oro por el que cruzaron el océano. Todos, menos uno. Un soldado de ojos azules que no está dispuesto a soltar un saco lleno del preciado metal.



martes, 15 de diciembre de 2015

Frank Sinatra 100th

Francis Albert Sinatra, más conocido como Frank Sinatra (Hoboken, 12 de diciembre de 1915 - Los Ángeles, 14 de mayo de 1998), fue un cantante y actor estadounidense. Apodado «La Voz», fue una de las figuras más importantes de la música popular del siglo XX y dejó, a través de sus discos y actuaciones en directo, un legado canónico en lo que respecta a la interpretación vocal masculina de esa música. Su popularidad llegó a ser inmensa y prácticamente constante a lo largo de toda su vida, aunque fueron especialmente exitosos los años cuarenta y cincuenta, siendo esta última década, con su producción discográfica para la compañía Capitol, la considerada como su etapa de mayor calidad como cantante.

Su repertorio se basó en la obra de los más importantes compositores populares estadounidenses, como Jimmy Van Heusen, Cole Porter, Sammy Cahn o George Gershwin, y su estilo sintetizó, ya en sus orígenes, quince años de influencias mutuas entre la música de inspiración jazzística y la música pop que empezaba a difundirse a través de la radio. Sinatra construyó su estilo sobre la base de una comprensión natural de la música popular, tal como la habían entendido Bing Crosby, Fred Astaire, Benny Goodman y Louis Armstrong, explotando la idea de que esta, en todas sus vertientes, debería ser una extensión de la conversación.

Técnicamente, se caracterizó por su cuidada precisión en el fraseo y su dominio del control de la respiración; el rango de su voz estaba próximo al de bajo-barítono. En cuanto a su categoría artística, esta radica en su capacidad interpretativa para transmitir las emociones y sentimientos implícitos en las letras de las canciones.



"El Extraño" - H.P lovecraft

El extraño (o El intruso en algunas traducciones) es un cuento breve escrito entre marzo y agosto de 1921 por el autor estadounidense H. P. Lovecraft. Su título original es "The Outsider" y fue publicado por primera vez en abril de 1926 en la revista norteamericana de ciencia-ficción, fantasía y terror Weird Tales. El relato combina elementos de los géneros del horror, la fantasía y la ficción gótica, y es uno de los cuentos más populares de Lovecraft, gozando de una gran cantidad de reediciones hasta la actualidad.

El extraño narra la historia de un misterioso ser que se ha criado en un castillo, totalmente alejado del mundo y del resto de los seres humanos, cuya existencia conoce sólo a través del conocimiento que ha adquirido de los libros presentes en el lugar. Un día, decide emprender un viaje hacia lo desconocido para intentar comprender más sobre sí mismo y sobre el mundo que lo rodea. Luego de deambular por una serie de lugares y estructuras hasta el momento totalmente desconocidas para él, el misterioso extraño llega a un lugar en el cual descubre una importante revelación sobre su existencia.




lunes, 14 de diciembre de 2015

"Historia para un tal Gaído" "Fermín" y "Conejo" de Abelardo Castillo

Escuchamos cuentos de Abelardo Castillo: Historia para un tal Gaido, Fermín y Conejo. Programa N° 15 de Lectura Libre.













Historia para un tal Gaido

Su historia es asi: para él, para Martin Gaido, todo comienza una noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios, frente al basural. La misma noche que Juan -su hermano- entró como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a decir ¨me la dieron, Martín¨, y fue lo último que dijo. Esa noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas, precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a un muerto y preguntó. Sólo se oyó el silencio, o tal vez el sonido lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.
Más tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional (todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro, a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron que esa noche su hermano atropelló a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos lleno de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más todavía.
Como digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangoza de algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si hubiera estado en ese baile sólo unos minutos, para justificar con su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que sólo conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes. Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza, quienes, al enterarse de que Martín sólo había venido para llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con miedo.
Después pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la puerta por la que ha de aparecer un hombre.
-Ginebra -ha dicho Martín.
En cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.
Entonces sucedió.
Sí, fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y llevárselo a los labios. No puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él hubriese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego Martín debió sospechar que su promesa -buscar, dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto -podía ser mucho más, o mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.
Martín alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta. Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.
Por reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un puño al que le había crecido repentinamente un revolver; tenía que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido (sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación, comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal, rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.
Gaido, sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio. Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o un sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro canallesco -convencional, envejecido y canallesco -supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.
El final de la historia no es fácil de contar.
Es probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo. Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá, inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel -un rechinar apenas perceptible -, esperando oír luego los pasos de Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido, oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.


Fermín

Fermín no era mejor que nadie, al contrario, tal vez fuera peor que muchos. No necesitaba estar muy borracho para romperle las costillas a su mujer, y prefería ir a gastarse la plata al quilombo en vez de comprarle alpargatas al chico. Era sucio, pendenciero y analfabeto. Opinaba que no se precisa ir al colegio para aprender a juntar fruta.
Sí, indudablemente Fermín no era una excepción en los montes del francés. Según contaban los juntadores, debía una muer¬te. Había sido en Santa Lucía, en un baile. Al otro le decían el chileno. Fermín, en pedo, le manoseó la mujer, y el chileno cuando quiso echar mano ya tenía medio metro de tripa por el piso. Claro que ésa no era la única historia fea que corría por los montes, varios había con asuntos parecidos. Por eso, cuando para las elecciones vi¬no ese político y gritó ustedes los trabajadores son la esperanza de la patria porque en ustedes todo es puro, auténtico, porque ustedes todavía no están corrompidos, Fermín no pudo reprimir una sonrisita maliciosa. Y no sólo a él le dio risa.
–Ni en las casas me piropean tanto –comentó bajito.
Y era cierto. En su casa también sospechaban que Fermín no era, del todo, un varón ejemplar. Borracho putañero, eso sí le decían. El día menos pensado me lo agarro a mi hijo y no nos ves más el pelo. Eso sí le decían. Eso sí que sonaba auténtico. Pero la Paula no era capaz de irse, por qué se iba a ir, si el Fermín la que¬ría. Además, unos cuantos garrotazos por el lomo y la mujer se calma. Desde que había hablado el político, sin embargo, Fermín no les pegaba, ni a la Paula ni al malandrín de su hijo. Al fin de cuentas, cosas que dijo el hombre no daban risa, sobre todo cuan¬do Cardozo el más chico medio lo provocó y él, de ahí nomás de la tribuna, vea, le dijo, eso no es ser guapo, amigo, seguro que si el francés los grita no hacen la pata ancha. Y que la hombría se les despertaba en casa, con la mujer. Esa parte le había gustado, porque no era del discurso; le había gustado que dijera pata ancha. Y además tenía razón. Claro que en todo no tenía razón. A veces es un desahogo dar vuelta la mesa de una patada, o reventar un plato contra la pared.
El siete y medio también es un desahogo. Porque a Fermín, como a cualquiera, le gustaba el siete y medio. De noche, en el al¬macén del zarateño se armaban lindas tenidas. El tallador era un chinón, clinudo, que imitaba los modales de los compadres puebleros, rápido para la baraja casi tanto como para el chumbo. Una sola vez lo habían visto actuar; el finado Ortega le gritó aquella noche: “¡Dame mi plata! Yo sé que estás acomodado con el francés pero, lo que es a mí, no me volvés a robar.” Y no volvió a robarle. El otro lo mató ahí nomás, en defensa propia: Ortega tenía el cuchillo en la mano cuando se refaló junto a la mesa. El comisario de San Pedro tomó cartas en el asunto, se lo vio conversando con el francés: a partir de esa noche quedó prohibido entrar en la trastienda del boliche, con cuchillo.
El político también habló de eso. Según dijo, venía a tener razón el finado Ortega. Claro que el político era del pueblo (veinte kilómetros hasta el monte más cercano) y que en el pueblo uno podía divertirse de otra manera; dos cines, dicen que había.
Sea como sea, de una semana atrás que Fermín andaba pensativo. Y esa tarde, al cobrar, se quedó un rato con la plata en la mano, mirándola. ¿Venís a lo del zarateño?, oyó a la pasada y no supo qué contestar, se le atragantó una especie de gruñido. En el almacén de Ramos Generales había visto un vestido colorado, a lunares grandes. Lindo.
–A que se lo llevo a la Paula –decidió de golpe.
Y entró, y salió con el paquete bajo el brazo, y no compró alpargatas para el chico de casualidad. Iba a pedirlas pero le dio risa. Cha, qué bárbaro, se escuchó decir.
–Ni sé el número –dijo.
Cha que bárbaro, realmente. Ahora, en el camino hacia su casa, arrastrando el paso, mirándose fascinado el dedo que asomaba abajo, en la punta de la zapatilla, Fermín pensaba.
–¿Andas enfermo, Fermín?
–Eh, no. ¿Por?
–Digo. Por el tranco –el otro lo miraba, con intención–. Y como te volvías tan temprano.
Era cierto, gran siete. Desde el otro sábado que le debía un trago al Ramón. Entonces lo convidó al boliche. Y Ramón dijo que sí, después dijo:
–¿Y ese paquete?
–El qué. –Fermín se encogió de hombros y sacó el labio inferior hacia afuera, medio sonriendo. –Nada.
Lo del zarateño estaba lindo. Al fin de cuentas la Paula no lo esperaba hasta mucho más tarde y no era cosa de darle un susto, y una ginebra no le hace mal a nadie, ¿no?
Iban tres vueltas. Entonces Fermín se dio cuenta de que, de este modo, seguía debiendo una copa.
–Ginebra, zarateño, pa mí y pal hombre. Con el dedo índice tocó al hombre en el pecho y, echándose hacia adelante, agregó:
–Porque yo soy de ley, amigo.
La ginebra es áspera. Por eso, después del cuarto trago, la voz de Ramón era un poco más solemne que de costumbre:
–Yo también soy de ley, Fermín… ¡A ver, patrón!: dos ginebras.
–Ta bien, hermano; los dos somos de ley. Pero, la próxima, yo pago, y quedamos hechos.
–Ta bien.
Fermín tenía los ojos clavados en la cortina de la trastienda; vio en seguida cuando los hermanos Peralta salieron del interior. Eso significaba: dos sitios.
–¿Probamos?
–Probemos…
–Al siete y medio, pago.
La mano del tallador, morena y flaca, con una uña agresiva¬mente larga en el meñique, levantó de la mesa los mugrientos pesos que se apelotonaban junto a los naipes.
Se le achicaron, amarillos, los ojitos a Fermín. Ya hacía rato que el aire estaba caliente bajo la lámpara, espeso de humo y de ginebra. Fermín agachó la cabeza. Después, mirando al morocho por entre las cejas, preguntó, pausadamente:
–¿Qué era lo que decía Ortega? En la mesa hubo como un sacudón.
El chinón, despacito, se abrió la camisa hasta la altura del cinto. Luego, también despacito, comenzó a pasarse un pañuelo por el pecho sudoroso. Junto al ombligo, ingenuamente asomaba la culata del Smith & Wesson.
–¿Andas con ganas de ir a preguntárselo?
El morocho era filoso. Fermín sintió que la cara le ardía como si le hubieran pegado un tajo. Miró alrededor. Los hombres –Ramón también– rehuyeron sus ojos. A todos los había cacheteado la fanfarronada del moreno.
–Ta bien –murmuró Fermín–. Ta bien, me vuelvo a casa. Vos, Ramón, ¿venís? No, mejor quédate. Todavía no te robaron todo.
Dio la espalda a la mesa y, arreglándose el pantalón a dos manos, encaró la cortina. Lo paró en seco la voz del morocho:
–¡Che!
Fermín se dio vuelta como tiro, buscando en la cintura el cuchillo que no tenía. Al otro le había aparecido el revólver en la mano. Sonrió:
–Te olvidas de algo –dijo, señalando con el caño hacia un rincón. Fermín se agachó a recoger el paquete de la Paula.
Me han basureao gran puta el político de mierda ese tenía razón somos guapos en las casas nos roban la plata y tamos contentos. Fermín estaba parado en la puerta del prostíbulo.
Llamó de nuevo.
–Che, ¿te crees que nosotras no dormimos? –la voz opaca de doña María precedió a su rostro que, hinchado, asomó detrás de la puerta a medio abrir:
–¿A quién buscas?
–A la pueblera.
–No se puede, ya no atiende. Está acostada.
–Mejor si está acostada…
La mujer frunció la boca, dubitativa; luego, repentinamente desconfiada, preguntó:
–¿Traes plata?
–No.
–¡Ah, no m’hijito! A esta hora y con libreta, no. Fermín puso el pie antes de que la puerta se cerrara:

–Oí… Traigo esto. Si te va apretao, lo cambias mañana. Y le alcanzó el paquete.



Conejo

Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6

No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y en tonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteo jos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, míren lo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los gran des también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tran quilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos aden tro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un ju guete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la ma ñana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en se guida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas pa labras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen jun tos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro ha cer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la ba sura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que vi niera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de rega lo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuen ta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para ha blar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.

Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, por que yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me an toja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es na da linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ga nar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escu pa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la ba rriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…

domingo, 13 de diciembre de 2015

"El cohete" de Ray Bradbury (Locución: Manuel López Castilleja)

Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.













 


Fiorello Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.

Ahora, esta noche, de pie y semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces viajes a Marte, Saturno y Venus!

-Bueno, bueno, Bodoni.

Bodoni dio un salto.

En un cajón, junto a la orilla del silencioso río, estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la medianoche tranquila.

-Oh, eres tú, Bramante.

-¿Sales todas las noches, Bodoni?

-Sólo a tomar aire.

-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca he estado todavía en uno.

-Yo haré un viaje uno de estos días.

-No seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la gente rica. -El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort y novedades para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.

-Quizá mis hijos -dijo Bodoni.

-¡Ni siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y cohetes!

Bodoni titubeó.

-Bramante, he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos. Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso. Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!

Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.

-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio, casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?

-No, no.

-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida. No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje. No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así, contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y tu chatarra, no hacia las estrellas...

-Pero...

-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás, sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla. Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.

El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el agua.

-Buenas noches -dijo Bodoni.

-Que duermas bien -dijo el otro.

Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche. Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían burlados.

-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.

-Tengo la garganta reseca -dijo Bodoni.

Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de seis dedos.

-¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.

-Remontó así, ¡chiii! -silbó Antonello.

-¡Niños! -gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos.

Los niños lo miraron. Bodoni nunca gritaba.

-Escuchen todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte.

Los niños se pusieron a gritar.

-¿Me entienden? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?

-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.

-Tú -dijo María.

-Tú -dijo Bodoni.

Todos callaron. Los niños pensaron un poco.

-Que vaya Lorenzo... es el mayor.

-Que vaya Mirianne... es una chica.

-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.

-Tonterías. No mejor que tú -objetó Bodoni.

Todos temblaban.

-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más corta gana. -Abrió su puño-. Elijan.

Solemnemente todos fueron sacando su pajita.

-Larga.

-Larga.

Otro.

-Larga.

Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.

Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía el corazón.

-Vamos -murmuró-. María.

María tiró de la pajita.

-Corta -dijo.

-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad triste-. Mamá va a Marte.

Bodoni trató de sonreír.

-Te felicito. Mañana compraré tu pasaje.

-Espera, Fiorello...

-Puedes salir la semana próxima... -murmuró Bodoni.

María miró los ojos tristes de los niños, y las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le devolvió la pajita a su marido.

-No puedo ir a Marte.

-¿Por qué no?

-Pronto llegará otro bebé.

-¿Cómo?

María no miraba a Bodoni.

-No me conviene viajar en este estado.

Bodoni la tomó por el codo.

-¿Es cierto eso?

-Elijan otra vez.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.

-No me acordé.

-María, María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia los niños-. Empecemos de nuevo.

Paolo sacó en seguida la pajita corta.

-¡Voy a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!

Los chicos dieron un paso atrás.

-Magnífico, Paolo.

Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos y hermanas.

-Puedo ir, ¿no es cierto? -preguntó con un tono inseguro.

-Sí.

-¿Y me querrán cuando regrese?

-Naturalmente.

Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y la dejó caer, sacudiendo la cabeza.

-Me había olvidado. Empiezan las clases. No puedo ir. Elijan otra vez.

Pero nadie quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.

-Nadie irá -dijo Lorenzo.

-Será lo mejor -dijo María.

-Bramante tenía razón -dijo Bodoni

Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago, como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala.

A la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias.

-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.

-¿De qué se trata, señor Mathews? -preguntó Bodoni distraídamente.

-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?

-¡Sí, sí!

Bodoni tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.

-Claro que es sólo un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil...

Bodoni dejó caer la mano.

-No tengo dinero.

-Le siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí favorecerte. Bueno...

-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.

-Comprendo.

-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se rompió la semana pasada.

-Sí, ya sé.

Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.

-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el cohete.

-Pero si no puedes fundirlo ahora...

-Lo compro.

-Bueno, si tú lo dices... ¿Esta noche?

-Esta noche estaría muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta noche.

Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el metal contándole sus anhelos.

Miró fijamente el cohete.

-Eres todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas, y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.

El cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el bolsillo del chaleco.

-Hasta podría dormir aquí esta noche -murmuró Bodoni, excitado.

Se sentó en el asiento del piloto.

Movió una palanca.

Bodoni zumbó con los labios apretados, cerrando los ojos.

El zumbido se hizo más intenso, más intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados, con el corazón furioso.

-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!-. ¡La Luna! -exclamó con los ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! -La silenciosa precipitación en una luz volcánica-. Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!

Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto. Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad.

Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.

El depósito de chatarra estaba todavía allí.

Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó las palancas.

-¡Despega, maldito!

La nave guardó silencio.

-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.

Afuera, en el aire de la noche, tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper, destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no quería obedecerle.

-¡Ya te enseñaré! -gritó.

Pero sus manos no se movieron.

El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento y gritó:

-¡María, María, prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!

-¡Oh!

-¡Ah!

-¡No puedo creerlo!

Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro. Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar.

María miró a su marido.

-¿Qué has hecho? -le dijo-. ¿Has gastado en esto nuestro dinero? No volará nunca.

-Volará -dijo Bodoni, mirando el cohete.

-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú millones?

-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora vuelvan a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digan a nadie, ¿eh? Es un secreto.

Los chicos, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las ventanas de la casa.

María no se había movido.

-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro dinero gastado en... en esta cosa. Cuando necesitabas tanto esa maquinaria.

-Ya verás -dijo Bodoni.

María se alejó en silencio.

-Que Dios me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar.

Hacia la medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni, sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie viese su trabajo.

Al alba entró en la cocina.

-María -dijo-, ya puedo desayunar.

La mujer no le respondió.

A la caída de la tarde Bodoni llamó a los niños.

-¡Estamos listos! ¡Vamos!

La casa estaba en silencio.

-Los he encerrado en el desván -dijo María.

-¿Qué quieres decir? -le preguntó Bodoni.

-Te matarás en ese cohete -dijo la mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares? ¡Uno que no sirve!

-Escúchame, María.

-Estallará en pedazos. Además, no eres piloto.

-No importa, sé manejar este cohete. Lo he preparado muy bien.

-Te has vuelto loco -dijo María.

-¿Dónde está la llave del desván?

-La tengo aquí.

Bodoni extendió la mano.

-Dámela.

María se la dio.

-Los matarás.

-No, no.

-Sí, los matarás. Lo sé.

-¿No vienes conmigo?

-Me quedaré aquí.

-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Sigan a su padre.

-¡Adiós, adiós, mamá!

María se quedó mirándolos desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:

-Niños, vamos a faltar una semana. Ustedes tienen que volver al colegio, y yo a mi trabajo -tomó las manos de todos los chicos, una a una-. Escuchen. Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Ustedes no podrán repetir el viaje. Abran bien los ojos.

-Sí, papá.

-Escuchen con atención. Huelan los olores del cohete. Sientan. Recuerden. Así, al volver, podrán hablar de esto durante todas sus vidas.

-Sí, papá.

La nave estaba en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas momias, en las hamacas de caucho.

-¿Listos? -les preguntó.

-¡Listos! -respondieron los niños.

-¡Allá vamos!

Bodoni movió diez llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y bailaron en sus hamacas.

-¡Ahí viene la Luna!

La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas, espiaron por las ventanillas.

-¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!

El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los capullos de sus hamacas de goma.

-Bueno -murmuró Bodoni, solo.

Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.

Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?

No. Bodoni sonrió.

Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.

Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños, prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña.

María lo miraba desde la ventana de la cocina.

Bodoni la saludó con un ademán, y sonrió.

No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve saludo, quizá. Una débil sonrisa.

Salía el sol.

Bodoni entró rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se rezó a sí mismo. "Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas de colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el sueño. Haz que el tiempo pase sin un error."

Bodoni despertó.

El rojo Marte flotaba cerca del cohete.

-¡Papá!

Los niños trataban de salir de las hamacas.

Bodoni miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla. Bodoni se sintió feliz.

En el crepúsculo del séptimo día el cohete dejó de temblar.

-Estamos en casa -dijo Bodoni.

Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les brillaban las caras.

-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la cocina.

-¡Mamá, mamá, tendrías que haber venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!

-Sí -dijo María.

A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.

-Queremos darte las gracias, papá.

-No es nada.

-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.

Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.

-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.

-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.

-¿Por qué?

-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo. -Acostada de espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue un viaje muy hermoso?

-Sí.

-Quizás -dijo María-, quizás alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto, ¿no es cierto?

-Un viaje corto, quizá.

-Gracias -dijo María-. Buenas noches.

-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni.