domingo, 31 de enero de 2016

"Pájaros en la boca" de Samanta Schweblin

Samantha Schweblin: (Buenos Aires – 1978), escritora argentina, es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA. Su libro de cuentos El núcleo del disturbio ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2001, y su cuento “Hacia la alegre civilización de la capital”, el primer premio en el Concurso Nacional Haroldo Conti. Participó en las antologías publicadas por la Editorial Siruela, “Cuentos Argentinos” (España 2004); la Editorial Norma, “La joven guardia” (Argentina 2005) y “Una terraza propia” (Argentina 2006); y varias antologías de Centros Culturales como el General San Martín y el Ricardo Rojas. Algunos de sus cuentos ya se encuentran traducidos al inglés, el francés, al alemán y el sueco. Su segundo libro de cuentos, Pájaros en la boca (2009), obtuvo el Premio Casa de las Américas 2008.



sábado, 30 de enero de 2016

Audiolibros: "La nariz y otros cuentos" de Nicolás Gogol

Nicolás Gogol es considerado como uno de los padres del realismo literario; pero en sus cuentos casi podría decirse que no solo hay realismo sino también una buena dosis de surrealismo; el mismo que se pondría de moda casi un siglo más tarde; por lo que el insigne escrito es igualmente un precursor. En sus cuentos se transmite el humor que domina sus grandes novelas tales como Las almas muertas pero dentro de una estructura satírica y de gran contenido. Laura García hace una lectura brillante de los cuentos del maestro ruso.




LA NARIZ - EL CAPOTE - EL CARRUAJE - UN LUGAR EMBRUJADO.



viernes, 29 de enero de 2016

"Un resplandor en la mejilla" de Roberto Bolaño

Poema, Un resplandor en la mejilla de Roberto Bolaño leído por Mun Raider.












UN RESPLANDOR EN LA MEJILLA

Y Utopía fue el veterinario,
el hombre feroz, la vieja en silla de ruedas cercada por sueños,
y los personajes de los sueños incompatibles se fueron masacrando
uno tras otro, hasta dejar un stock de pesadillas vacía.
Y Utopía fue un reflejo opaco en el interior de un vegetal.
Vitrinas, maniquís desnudos, ebrios tirándoles besos a las nubes.
Un laberinto de escaleras eléctricas por donde vagaban
unos niños extraviados que tenían e corazón maravilloso
hasta la náusea.

¿De todo eso que vi realmente? ¿Con qué ojos tremendos
contemplé el olor puro de aquella muchacha sencillamente
parada en la entrada de un circo? Sólo recuerdo
haber estado demasiado tiempo en un cuarto blanco leyendo novelas
policiales; casi toda mi vida mientras tú me mirabas desde
una ventana redonda, como de baño público, y
los adolescentes se reían como si acabaran de salir del desierto
con los bolsillos llenos de dinero gratis.

Dinero gratis, dinero gratis, amor gratis, un resplandor
inconcebible en la mejilla. Soñadores transformándose a sí mismos
pero incapaces de convencer a una muchacha de que la aman.
Nubes gratis y vacías, restaurantes gratis y vacíos,
automóviles fríos rumbo a las playas doradas del Pacífico,
visiones de Michelangelo para todos, ojos que se cierran
con la velocidad de la luz, y su armonía, estrépito de cisnes,
estrépito de humedad.

Comida gratis, bebida gratis, lluvias divertidas
e interminables como las novelas de Victor Hugo.
Hospitales gratis, desiertos gratis, animales gratis, deseos
de caminar sobre las manos, de ponerse una corona de espinas
eléctrica y luminosa.

Blue-jeans rayoneados de ternura, escenas de teatro
en la orilla del mar prolongadas hasta el infinito, tres años
de asco y amor, tres años de enfermedades infantiles
enmierdadas con precisión, y los duros arbolitos, pero
los duros arbolitos, mientras los duros arbolitos 
como lanzas florecían.

Y gemí, y dije ya no sé qué decir, la oficina está vacía,
los submarinos explotan como fetos en las fosas del Atlántico,
alguien me acaricia el pelo y dice que ya está igual de largo
que el suyo, y yo tuerzo el cuello como un solitario cigarrillo
aplastado en la noche enorme y la miro, esperando volver a sentir
en los párpados la tibia obsidiana de los sueños, cuando en
las mañanas nos abrazábamos sin querer despertar, perdidos
en las llanuras de escamas, mientras cae nieve y el frío sonríe
desde un cenicero absolutamente limpio, y no queremos despertar,
y no sabemos qué decir: los labios partidos,
la cara blanca del invierno manchada de lipstick.

La velocidad se detiene, mira hacia todas partes, enloquece
a las fechas. Un anarquistoide muerto bajo las ramas
plateadas de un sauce. Encima de él la primavera violeta. Fuera
de ese cuadro una muchacha sueña renacimientos atroces.

Y está bien, está bien, ya púdose prender la chimenea y cerrar
puertas y ventanas. Ningún brillo va reemplazar nada.
No habrán formas de arder que completen esta nube cargada de lluvia
No habrá viento contra este resplandor acuático. Ni callejones violetas
ni suaves caderas antiguas. Ese jaleo al subir las mil escaleras
del ojo abierto: automóviles llenos de Sol estacionados
en todas las esquinas de tus venas. Una sonrisa sin
contexto, una mano crispda fuera de la foto.



de "Entre la lluvia y el arco iris"
Antología

jueves, 28 de enero de 2016

“El azar”, de Roberto Bolaño

Alberto Chimal lee a Roberto Bolaño.  “El azar”, de Roberto Bolaño, uno de los “Dos cuentos católicos” publicados en Letras Libres en diciembre de 2002













El azar

 Le pregunté qué edad creía que yo tenía. Dijo que sesenta aunque sabía que yo no tenía esa edad. ¿Tan mal estoy?, le pregunté. Peor que mal, dijo. ¿Y tú te crees que estás mejor?, le dije. ¿Y si estás mejor por qué tiemblas? ¿Tienes frío? ¿Te has vuelto loco? ¿Y por qué me hablas sin que venga a cuento del comisario Damián Valle? ¿Él todavía es comisario? ¿Él no ha cambiado? Dijo que algo había cambiado, pero que seguía siendo un hijo de puta de mucho cuidado.
¿Todavía es comisario? Como si lo fuera, dijo. Si te quiere hacer daño te hará daño, esté jubilado o muriéndose en el hospital. ¿Y por qué tiemblas?, le dije después de pensar unos minutos. Tengo frío, mintió, y además me duelen los dientes. No me hables más de don Damián, le dije. ¿Es que yo soy amigo de ese madero? ¿Es que me junto con esbirros? No, dijo. Pues no me hables más de él.  Durante un rato estuvo meditando. No sé en qué meditaría. Luego me dio un mendrugo de pan. Estaba duro y le dije que si comía esos manjares no me extrañaba que le dolieran los dientes. En el manicomio comíamos mejor, le dije, y eso es mucho decir. Vete de aquí, Vicente, me dijo el viejo. ¿Sabe alguien que estás aquí? ¡Pues entonces, albricias! Ahueca antes de que se enteren. No saludes a nadie. No despegues la vista del suelo y vete lo antes posible.  Pero no me fui de inmediato. Me puse en cuclillas delante del viejo y traté de pensar en los buenos tiempos. Tenía la mente en blanco. Creí que algo se quemaba dentro de mi cabeza. El viejo, a mi lado, se arrebujó con una manta y movió las mandíbulas como si masticara, aunque no tenía nada en la boca. Recordé los años en el manicomio, las inyecciones, las sesiones de manguera, las cuerdas con que ataban a muchos por la noche. Vi otra vez aquellas camas tan curiosas que se ponían de pie mediante un ingenio de poleas. Sólo al cabo de cinco años me enteré para qué servían. Los internos las llamaban camas americanas. ¿Puede un ser humano acostumbrado a dormir en posición horizontal hacerlo en posición vertical? Puede. Al principio es difícil. Pero si lo atan bien, puede. Las camas americanas servían para eso, para que uno durmiera tanto en posición horizontal como en posición vertical. Y su función no era, como pensé cuando las vi por primera vez, castigar a los internos, sino evitar que estos murieran ahogados por sus propios vómitos. Por supuesto, había internos que hablaban con las camas americanas. Las trataban de usted. Les contaban cosas íntimas. También había internos que les temían. Algunos decían que tal cama le había guiñado un ojo. Otro que tal otra lo había violado. ¿Que una cama te dio por el culo? ¡Pues estás jodido, tío! Se decía que las camas americanas, de noche, recorrían muy erguidas los pasillos y se iban a conversar, todas juntas, al refectorio, y que hablaban en inglés, y que a estas reuniones iban todas, las vacías y las que no estaban vacías, y, por supuesto, quienes contaban estas historias eran los internos que por una u otra causa las noches de reunión permanecían atados a ellas.  Por lo demás, la vida en el manicomio era muy silenciosa. En algunas zonas vedadas se oían gritos. Pero nadie se acercaba a esas zonas ni abría la puerta ni aplicaba el ojo a la cerradura. La casa era silenciosa, el parque, que cuidaban dos jardineros que también estaban locos y que no podían salir, aunque estaban menos locos que los demás, era silencioso, la carretera que se veía a través de los pinos y los álamos era silenciosa, incluso nuestros pensamientos discurrían en medio de un silencio que asustaba.  La vida, según como se la mirara, era regalada. A veces nos mirábamos y nos sentíamos privilegiados. Somos locos, somos inocentes. Sólo la espera, cuando uno esperaba algo, enturbiaba esa sensación. La mayoría, sin embargo, mataba la espera enculando a los más débiles o dejándose encular. ¿Lo hice yo?, decíamos. ¿Verdaderamente lo hice yo? Y luego sonreíamos y pasábamos a otro asunto. Los doctores, los señores facultativos, no se enteraban de nada, y los enfermeros y auxiliares, mientras no les causáramos problemas a ellos, hacían la vista gorda. En más de una ocasión se nos fue la mano. ¡El hombre es un animal!  Eso pensaba a veces. En el centro de mi cerebro se materializaba eso. Sobre eso reflexionaba y reflexionaba hasta que la mente se quedaba en blanco. A veces, al principio, oía como cables entrelazados. Cables de electricidad o serpientes. Pero por lo general, más a medida que el tiempo me alejaba de aquellas escenas, la mente se quedaba en blanco: sin ruidos, sin imágenes, sin palabras, sin rompeolas de palabras.  De todas maneras yo nunca me he creído más listo que nadie. Nunca he expuesto mi inteligencia con soberbia. Si hubiera ido a la escuela ahora sería abogado o juez. ¡O inventor de una cama americana mejor que las camas americanas del manicomio! Tengo palabras, eso lo admito humildemente. No hago alarde de ello. Y así como tengo palabras tengo silencio. Soy silencioso como un gato, me lo dijo el viejo cuando él ya era viejo pero yo todavía era un chaval.  No nací aquí. Según el viejo nací en Zaragoza y mi madre, por necesidad, se vino a vivir a esta ciudad. A mí me da igual una ciudad que otra. Aquí, si no hubiera sido pobre, habría podido estudiar. ¡No importa! Aprendí a leer. ¡Suficiente! Más vale no hablar más del tema. También aquí hubiera podido casarme. Conocí a una chica que se llamaba, no me acuerdo, tenía un nombre como todas las mujeres y en algún momento hubiera podido casarme con ella. Luego conocí a otra chica, mayor que yo y, como yo, extranjera, del sur, de Andalucía o Murcia, una guarra que nunca estaba de buen humor. Con ella también hubiera podido formar una familia, tener un hogar, pero yo estaba destinado a otros fines y la guarra también.  La ciudad, a veces, me ahogaba. Demasiado pequeña. Me sentía como si estuviera encerrado en un crucigrama.  Por aquella época empecé, sin más dilaciones, a pedir en las puertas de las iglesias. Llegaba a las diez de la mañana y me instalaba en las escalinatas de la catedral o subía a la iglesia de San Jeremías, en la calle José Antonio, o a la iglesia de Santa Bárbara, que era mi iglesia favorita, en la calle Salamanca, y a veces, incluso, cuando me instalaba en las escalinatas de la iglesia de Santa Bárbara, antes de iniciar mi jornada de trabajo, entraba a misa de diez y oraba con todas mis fuerzas, que era como reírse en silencio, reír, reír, feliz de la vida, y a más oraba más me reía, que era la forma en que mi naturaleza se dejaba penetrar por lo divino, y esa risa no era una falta de respeto ni era la risa de un descreído, sino todo lo contrario, era la risa atronadora de una oveja trémula ante su Creador.  Después me confesaba, contaba mis desdichas y mis vicisitudes, y luego comulgaba y finalmente, antes de volver a la escalinata, me detenía unos segundos ante la imagen de Santa Bárbara. ¿Por qué siempre estaba acompañada por un pavo real y por una torre? Un pavo real y una torre. ¿Qué significaba?  Una tarde se lo pregunté al cura. ¿Cómo es que te interesan estas cosas?, me preguntó a su vez. No lo sé padre, por curiosidad, le respondí. ¿Sabes que la curiosidad es una mala costumbre?, dijo. Lo sé, padre, pero mi curiosidad es sana, yo siempre le rezo a Santa Bárbara. Haces bien, hijo, dijo el cura, Santa Bárbara tiene buena mano con los pobres, tú sigue rezándole. Pero lo que yo quiero es saber lo del pavo real y la torre, dije yo. El pavo real, dijo el cura, es símbolo de inmortalidad. La torre tiene tres ventanas, ¿lo has notado? Pues las ventanas están puestas en la torre para representar las palabras de la santa, que dijo que la luz entró en ella o iluminó su casa por las ventanas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Lo entiendes?  No tengo estudios, padre, pero tengo juicio y sé discernir, le respondí.  Después me iba a ocupar mi lugar, el lugar que me pertenecía, y pedía hasta que la iglesia cerraba las puertas. En la palma de la mano siempre me dejaba una moneda. Las otras, en el bolsillo. Y aguantaba el hambre aunque viera a otros comer pan o trozos de salchichón y queso. Yo pensaba. Pensaba y estudiaba sin moverme de las escalinatas.  Así supe que el padre de Santa Bárbara, un señor poderoso llamado Dióscuro, la hizo encerrar en una torre, es decir la encarceló, debido a los pretendientes que la acosaban. Y supe que Santa Bárbara antes de entrar en la torre se bautizó a sí misma con las aguas de un estanque o de un regadío o de una pileta donde los campesinos almacenaban el agua de la lluvia. Y supe que escapó de la torre, la torre de las tres ventanas por donde entró la luz, pero fue detenida y llevada ante el juez. Y el juez la condenó a muerte.  Todo lo que enseñan los curas está frío. Es sopa fría. Infusión fría. Mantas que no calientan durante el crudo invierno.  Vete de aquí, Vicente, me dijo el viejo sin dejar de mover los carrillos. Como si comiera pipas. Consíguete una ropa que te haga invisible y lárgate antes de que se entere el comisario.  Metí la mano en el bolsillo y, sin sacarla, conté mis monedas. Había empezado a nevar. Le dije adiós al viejo y salí a la calle.  Caminé sin rumbo. Sin un plan preconcebido. Desde la calle Corona observé la iglesia de Santa Bárbara. Recé un poco. Santa Bárbara, apiádate de mí, dije. Tenía el brazo izquierdo dormido. Tenía hambre. Tenía ganas de morirme. Pero no para siempre. Tal vez sólo tenía ganas de dormir. Me castañeteaban los dientes. Santa Bárbara, ten piedad de tu servidor. Cuando la decapitaron, quiero decir cuando le cortaron la cabeza a Santa Bárbara, cayó un rayo del cielo que fulminó a sus verdugos. ¿También al juez que la condenó? ¿También a su padre que la encerró? Cayó un rayo y antes se oyó el estampido de un trueno. O al revés. Auténtico. Dios mío, Dios mío, Dios mío.  No me acerqué más. Me contenté con ver la iglesia desde lejos y luego eché a caminar hasta un bar donde en mis tiempos se comía barato. No lo encontré. Entré en una panadería y compré una barra de pan. Después salté una tapia y me lo comí a salvo de miradas indiscretas. Sé que está prohibido saltar tapias y comer en jardines abandonados o en casas derruidas, por la propia seguridad del infractor. Te puede caer una viga encima, me dijo el comisario Damián Valle. Además, es propiedad privada. Está hecho mierda, criadero de arañas y ratas, pero sigue siendo, hasta el fin de los días, propiedad privada. Y te puede caer una viga encima de la cabeza y destrozarte ese cráneo privilegiado, me dijo el comisario Damián Valle.  Después de comer salté la tapia y estuve otra vez en la calle. De pronto, me sentí triste. No sé si era la nieve o qué. Comer, últimamente, me produce desconsuelo. Cuando como no estoy triste, pero después de comer, sentado sobre un ladrillo, mirando caer los copos de nieve sobre el jardín abandonado, no sé. Desconsuelo y congoja. Así que me palmeé las piernas y eché a andar. Las calles empezaron a vaciarse. Durante un rato estuve mirando aparadores. Pero era mentira. Lo que hacía era buscar mi imagen en las vitrinas, en los ventanales. Después se acabaron los ventanales y sólo había escaleras. Agaché la cabeza y subí. Luego una calle. Luego la parroquia de la Concepción. Luego la iglesia de San Bernardo. Luego las murallas y más allá la fortaleza. No se veía ni un alma. Estaba en el cerro del Moro. Recordé las palabras del viejo: vete, vete, que no te pillen otra vez, desgraciado. Todo el mal que hice. Santa Bárbara, apiádate de mí, apiádate de tu pobre hijo. Recordé que por aquellas callejuelas vivía una mujer. Decidí visitarla, pedirle un plato de sopa, un suéter viejo que ya no quisiera, algo de dinero para comprar un billete de tren. ¿Dónde vivía esta mujer? Me metí en callejas cada vez más estrechas. Vi un portalón y golpeé. No abrió nadie. Empujé el portalón y accedí a un patio. A alguien se le había olvidado recoger la colada y ahora la nieve caía sobre la ropa de colores amarillentos. Me abrí paso por entre camisas y calzoncillos y llegué a una puerta con una aldaba de bronce que parecía un puño. Acaricié la aldaba pero no llamé. Empujé la puerta. Afuera empezaba a oscurecer a toda prisa. Tenía la mente en blanco. Los copos de nieve chisporroteaban. Avancé. No recordaba ese pasillo, no recordaba el nombre de la mujer, era una guarra, buena persona, injusta aunque le dolía, no recordaba esa oscuridad, esa torre sin ventanas. Pero entonces vi una puerta y me colé sigilosamente. Era una especie de almacén de granos, con sacos apilados hasta el techo. En un rincón había una cama. Tendido en la cama vi a un niño. Estaba desnudo y tiritaba. Saqué mi navaja del bolsillo. Sentado a una mesa vi a un fraile. La capucha le velaba el rostro, que tenía inclinado, absorto en la lectura de un misal. ¿Por qué el niño estaba desnudo? ¿Es que no había en aquella habitación ni una manta? ¿Por qué el fraile leía su misal en vez de arrodillarse y pedir perdón? Todo se tuerce en algún momento. El fraile me miró, dijo algo, le respondí. No se me acerque, dije. Después le clavé la navaja. Los dos nos quejamos hasta que él se quedó quieto. Pero yo tenía que asegurarme y se la volví a clavar. Después maté al niño. ¡Rápido, por Dios! Después me senté en la cama y tirité durante un rato. Basta. Era necesario irse. Tenía la ropa manchada de sangre. Busqué en los bolsillos del fraile y encontré dinero. En la mesa había unos boniatos. Me comí uno. Bueno y dulce. Abrí, mientras me comía el boniato, un armario. Sacos de cebolla y patatas. Pero colgando en el perchero había un hábito limpio. Me desnudé. Qué frío hacía. Después de revisar cada bolsillo, para no dejar pruebas incriminatorias, puse mi ropa en un saco, incluidos los zapatos y me até el saco a la cintura. Jódete, Damián Valle. En ese momento me di cuenta de que estaba dejando marcadas mis pisadas por toda la habitación. Tenía las plantas llenas de sangre. Durante un rato, sin dejar de moverme, las observé con atención. Me entraron ganas de reír. Eran huellas bailadoras. Huellas de San Vito. Huellas que no iban a ninguna parte. Pero yo sabía adónde ir.  Todo estaba oscuro, menos la nieve. Empecé a bajar del cerro del Moro.  Iba descalzo y hacía frío. Mis pies se enterraban en la nieve y a cada paso que daba la sangre se iba despegando de mi piel. Al cabo de unos metros me di cuenta de que alguien me seguía. ¿Un policía? No me importó. Ellos gobernaban la tierra, pero yo sabía en ese momento, mientras caminaba por la nieve luminosa, que el jefe era yo. Dejé atrás el cerro del Moro, en el plan la nieve era aún más alta, crucé un puente, vi de reojo, con la cabeza gacha, la sombra de una estatua ecuestre. Mi perseguidor era un adolescente gordo y feo. ¿Quién era yo? Eso no importaba nada.  Me despedí de todo lo que iba viendo. Era emocionante. Aceleré el paso para entrar en calor. Crucé el puente y fue como si cruzara el túnel del tiempo.  Hubiera podido matar al chaval, obligarlo a seguirme hasta un callejón y allí pincharlo hasta que la palmara. ¿Pero para qué? Seguramente era el hijo de una puta del cerro del Moro y jamás diría nada.  En los lavabos de la estación limpié mis viejos zapatos, les eché agua, borré las manchas de sangre. Tenía los pies dormidos. Despertad. Después compré un billete en el siguiente tren. En cualquiera, sin importarme su destino.

miércoles, 27 de enero de 2016

"El niño que robó una librería" de Leonardo Navarro:

"El niño que robó una librería" de Leonardo Navarro:















 


Locución: Manuel López Castilleja

El día había llegado. Era el «día secreto», como le decía el pequeño Timothy. Y Timothy sabía que había llegado. En un sillón de madera de una sala muy particular, había un niño sentado; con ansias de hacer algo o mejor dicho… de oír algo. Ya ustedes se imaginarán quién es el niño.
Timothy esperaba impacientemente sentado en el sillón —por primera vez en mucho tiempo— que su madre lo dejara salir al parque de la plaza, que estaba en el centro del pueblo de donde vivía. Timothy en realidad no iba al parque, él sólo se quedaba en su «lugar secreto».
Timothy recordaba todo lo que había pensado los días pasados; todo lo que había ideado, el plan que había imaginado y que sólo podía llevarse a cabo muy cuidadosamente cuando llegara el momento, cuando llegara «el día secreto».
Un plan que involucraba también su «lugar secreto»: una librería muy vieja.
La librería no tenía nada en especial, era muy pequeña y estaba a punto de quebrar: pero era la única librería del pueblo. Arriba tenía una especie de tabla de madera roja desvencijada que rezaba: LIBRERÍA. Sólo eso, sin nombre, a la gente no le importaba, ¡y tampoco al dueño! La entrada era muy pequeña, y la vidriera también, sin embargo, se podían ver los libros en exhibición desde afuera.
Para Timothy era como el mejor lugar del mundo, un poco extraño para un pequeño de su edad. Timothy aseguraría que un lugar como ese no tenía igual. Lo designó como su «lugar secreto» porque en el pueblo a nadie de su edad —y de ninguna edad, al decir verdad— le gustaba leer y de sólo recordar lo que le había pasado cuando lo vieron leyendo un libro de niños —el primer y único libro que ha leído—, se ponía medio tristón.
Sólo hacía una cosa en su «lugar secreto»: pararse detrás de la vitrina y contemplar los libros que nunca podía adquirir, y de poder adquirir, nunca leer, por muchas razones que atormentaban su cabeza.
—¡TÚ SABES QUE ES VERDAD, IRIS! —dijo Jonathan.
Jonathan era el padrastro de Timothy, el papá real del pequeño había abandonado a su mamá y a él hacía ya varios años. Como de la nada, su madre se había enamorado de nuevo, pero Timothy pensaba que no era amor verdadero, y que sólo eran pareja por necesidad. ¡Y quién se lo imaginaría! A Timothy no le agradaba para nada Jonathan. Era una de esas personas que nunca quería conocer, por su mal carácter y por su poca comprensión con los pequeños. ¡Una combinación terrible!
—¡¿CÓMO PUEDES DECIR ESO ACERCA DEL PEQUEÑO!? —dijo Iris, secándose una lágrima que se derramaba por la mejilla.
Iris. La frágil Iris. Timothy sabía que la fragilidad de él era como la de su madre. «¡Tú me pegaste eso!», le había dicho una vez a su madre. El pequeño veía a su madre como un ser protector, que nunca lo abandonaría. Pero con la llegada de Jonathan, ella se había vuelto más distante. La perdía, ¡sí que la estaba perdiendo! Pero ella era la que le había enseñado el don de leer, algo que siempre tendría en su corazón.
Iris se volvió con Timothy más serena, y le dijo:
—Timothy, ya son las tres. Puedes ir al parque. Recuerda volver temprano, no te quedes jugando con tus amigos…
Amigos. A Timothy esa palabra lo turbaba. Era mejor que le dijeras «busca un cuchillo, y córtate un dedo», que «ve a jugar con tus amigos». Los niños nunca tuvieron agrado por Timothy, ¡debió ser por los deportes! Sí, seguro fue por eso, a Timothy no le gustaban los deportes, le gustaba más leer cualquier cosa.
A Timothy si que le gustaba leer. Pero en este punto es donde todo el mundo se pregunta, ¿cómo el pequeño Timothy alcanzó a leer algo en medio de su caótica vida? Pues, fue algo inoportuno. Timothy había salido como de costumbre a la plaza, ¡ni siquiera conocía la librería!,cuando al llegar, un libro tirado en el suelo lo sorprendió. Fue como un regalo del cielo, dejado por los ángeles. Al abrir aquel libro, que contaba la historia de un niño como él, y que peleaba con sus peores pesadillas, fue cuando se dio cuenta de que era algo maravilloso. Hasta que los niños del pueblo, lo vieron, leyendo el libro. Los niños —que ninguno sabía leer—, se burlaron de él hasta no decir más.
«Mira qué hace, y que leyendo un libro de niñitas. ¡Y no sabe ni patear un balón!», había dicho uno, y otro que le había dicho a sus amigos: «Este niño está loco, salgamos corriendo», fueron los comentarios que más le dolieron al indefenso Timothy. Antes de escapar llorando, había pateado el libro —que ni siquiera había terminado de leer—, y se preguntó que dónde podría encontrar más. Y como un milagro, divisó a lo lejos: «su lugar secreto», Timothy recordaba.
Timothy se levantó del sillón con un salto, caminó hacia la puerta y antes de salir soltó un suspiro y dijo:
—Ellos no son mis amigos.
—¿Pero qué dices?
Timothy hizo como si no hubiera escuchado nada, y mientras se alejaba oyó que su mamá y Jonathan habían reanudado la discusión que tenían.
Desde que Timothy había conocido a Jonathan, Iris y él siempre discutían, se porfiaban de simplezas —tonterías para Timothy— el uno con el otro. Nunca terminaban bien. Al principio Timothy salía corriendo a encerrarse en su cuarto, pero después cuando fue creciendo, le dejó de importar. Timothy se había acostumbrado, pero no era suficiente: Timothy necesitaba el silencio. Ya era hora de que tuviera su privacidad para hacer algo que hizo sólo una vez, y le encantó.
«Siempre es así —pensó Timothy con resentimiento—, gritos por todas partes. Un escándalo todo el tiempo. ¡Pero por qué! ¿Y de qué más estaban discutiendo? De mí, como si yo fuese el problema»
Sólo bajó la cabeza y empezó a caminar por la carretera inclinada que daba hacia el centro del pueblo. Cuando volvió a levantar la cabeza Timothy se dio cuenta del cielo nublado que predecía una llovizna fuerte. Timothy no quería que se arruinase el plan por el tiempo.
Mientras seguía bajando la dañada carretera inclinada repasaba el plan. Lo tenía pensado desde hace días, pero era muy cobarde, no se atrevía. Hasta ese día, «el día secreto», que ya no le quedaba tiempo. Cuando él buscaba formas de conseguir lo que quería, siempre inventaba planes locos, pues Timothy tenía imaginación. Pero claro, ¡éste plan era el más loco!, su mente era tan… ¿infantil?
Timothy llegó a la plaza, y se acomodó la parca porque una fuerte brisa lo azotaba.
La plaza era como la de cualquier otro pueblo olvidado. Las bancas estaban hechas de cemento y estaban quebradas; muy pocas papeleras, pero sin embargo sin un papel en el suelo; gente extraña viéndote y un parque de colores llamativos fantasma salido de una película de terror.
Mientras Timothy atravesaba la plaza para llegar a su «lugar secreto», se iba preparando para lo que le venía. ¡Ya estaba cerca!
La librería estaba igual como la había dejado Timothy: ¡pues abierta! A él le gustaba pensar de ese modo, le gustaba pensar que era dueño de la librería.
Timothy notó que Charles —el dueño de la librería— estaba sumido en la lectura de un libro muy extenso. ¿Cuántas páginas? ¡Como 1000! Timothy sabía todo, le había preguntado hacía tres días a Charles, cuando lo pilló fuera de su librería, que cuál sería su próxima lectura y que si era larga, ¡todo en nombre del plan! «Se llama Los pilares de la tierra, de Ken Follet, ¡tiene como 1000 páginas!», le había dichoCharles. ¡Como 1000! Eran muchas para Timothy, incluso para Charles. Así que Timothy sabía que estaría concentrado para cuando llegase el «día secreto».
«Lo sabía, tenía razón», se apremió Timothy.
Timothy entró, y a pesar de que nunca había entrado, la conocía mejor que todos los demás. El pequeño empezó a rondar las pequeñas estanterías y el dueño de la librería sólo le echó una ojeada.
«Éste es el momento.»
Cuando Charles se paró de su silla bruscamente, dejando caer el pesado libro al suelo, ya era más que tarde. Timothy ya se estaba colocando un libro bajo la parca al salir por la puerta. Charles no dudó ni un segundo al llamar a la policía. Cuando salió, miró en busca de algún policía.
—¡Policía! —exclamó Charles a uno que vio— El muchacho, el de la parca verde, me ha robado un libro, tiene que pagar. ¡Agárrelo! ¡Este pueblo es muy pequeño, no puede escapar!
El policía —que casualmente iba pasando por allí— escuchó todo el escándalo y se puso en búsqueda del niño —Para sorpresa del policía, el muchacho de la parca verde estaba sentado en una banca de la plaza, expectante —¡Oye muchacho! ¡El que está sentado en la banca!
Timothy lo miró nervioso.
—¿S… sí?
—¿Has robado algo?
Timothy miró hacia el suelo empedrado.
—Vamos, no digas mentiras… —dijo Gail, el policía del pueblo. El único.
—Sí, aquí está… —dijo Timothy, sacando de su parca un libro de guerras históricas.
—Oye muchacho, ¿por qué lo has hecho? ¿Cuántos años tienes? ¿Diez?
—Sí, tengo diez… —Timothy iba agregar algo más, pero se calló. No quería arruinar el plan.
El policía pensó un momento. ¿Guerras históricas un niño de diez años?, algo inusual. Y dijo:
—¿Cuál es tu nombre, muchacho?
—Timothy Holt —respondió el pequeño.
—Un libro de guerras históricas…, ¿por qué lo has robado?
—Es que…, lo necesitaba para la escuela.
—¿Y no tienes dinero?
«Si lo tuviera, ¡no lo habría robado!», pensó Timothy.
—Está bien, yo lo pagaré. Ahora devuélvalo…
—Esto no puede quedar así. Creo que ahora hablaremos con tus padres sobre tu castigo, ¿te parece bien?
—¡NO!
Los ojos de Timothy se ensancharon. ¿Qué era lo que le había dicho su mamá? ¿Dónde están las opciones que te daba el policía? Actoseguido, el policía dijo:
—Está bien, pequeño. ¿Qué tal si haces trabajo comunitario o pruebas un tiempo a solas en la celda del pueblo para meditar lo que has hecho?
Timothy se calmó. ¡Allí estaban las opciones! Su mamá le había dicho las dos opciones para redimirte en el pueblo. Trabajo comunitario, o en la celda un tiempo. La justicia no era tan moderna allí. ¡Ni las personas! Apenas la gente robaba algo. O mataba algo.
—Tomaré la opción dos, creo que meditaré mis acciones… —dijo Timothy, como tenía previsto.
—Buena elección… —respondió Gail—, ahora acompáñame.
Gail y Timothy llegaron a la celda del pueblo, estaba dentro del cuartel. Era una celda muy pequeña, era de dos metros por dos metros y sólo tenía un colchón mullido en el suelo.
El policía sacó de su bolsillo un llavero con sólo dos llaves y luego introdujo una llave en la cerradura y no funcionó. Volvió a intentar con la otra. La puerta se abrió y Timothy entró y se sentó en el colchón.
—Dejaré la puerta abierta, sólo estarás un poco menos que una hora aquí… —le dijo el policía al pequeño—, reflexiona lo que has hecho, ¡y que nunca se te ocurra volverlo a hacer! Yo estaré haciendo guardia… y hmm… sí, eso es todo.
Timothy en su cara dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
La sonrisa dejó al policía extrañado, con una interrogante en su cabeza, que no pensaba resolver.
Habían pasado sólo veinte minutos cuando el policía volvió a la celda, Timothy se esforzaba por esconder algo debajo del colchón. El policía vio el forcejeo extraño y ya sospechaba que algo andaba mal.
—Oye, ¿qué haces? —Dijo Gail, acercándose más a la celda.
—N… nada.
El policía vio un libro por detrás de la espalda de Timothy.
—¡Pero qué estás haciendo! ¡Has robado otro libro en el momento que salí! ¿Cómo es posible?
—¡NO!
—¡Y te atreves a negarlo! ¡Pero si he visto un libro por detrás de tu espalda!
El plan iba saliendo bien. Pero ya estaba arruinado. Tuvo que confesarlo.
—Sí, pero no lo robé el momento que usted salió. Lo robé junto con el otro. ¡Robe dos libros al mismo tiempo!
—¡Tonterías…, éstos muchachos infantiles de ahora! ¡Dame ese libro! —Le dijo a Timothy, arrancándole el libro de sus manos—. ¿Pero qué es esto? ¿Infantil? Ya se me hacía extraño que estuvieras feliz en esta celda… Te habías salido con la tuya, pero no conmigo. ¡Soy más listo! ¡Creíste que me engañarías!
Timothy empezó a llorar, no quería otro regaño más. Su plan estaba estropeado, oh…, su plan.
—¡No lo quise engañar! —Llegó a decir Timothy entre sus sollozos.
Las lagrimas de Timothy aguaron a Gail.
—¿Qué? ¿Qué has dicho?
—Yo no lo quise engañar… —dijo Timothy, secándose las lagrimas.
—¿Y qué querías? —Preguntó Gail, muy extrañado.
—Un momento de paz, tranquilidad —dijo Timothy, calmándose.
—¿Para qué?
—Para leer el libro que nunca terminé. El que me alejó de la triste realidad que vivo, sólo necesitaba paz… esa paz que es tan difícil de encontrar en donde vivo, ¡siempre hay discusiones! ¡Timothy esto, Timothy aquello! ¡YA PARENLO!
Timothy se tapó los oídos.
Gail quedó estupefacto. Nunca había escuchado semejante tipo de declaración, y menos proviniendo de alguien que se veía tan frágil como ese niño.
—Pero… —Gail no encontraba las palabras.
—Yo sólo quise terminarlo, sin que nadie me viera, sin que nadie se burlara. Sin que nadie me molestara… —le dijo al policía con un tono cada vez más apagado.
—¿Lo has terminado?
—No…
La tormenta seguía afuera. Y era lo único que se escuchaba. El cuartel estaba en silencio.
—Pues…, termínalo —dijo Gail.
Timothy levantó la cabeza y sus ojos miraron con angelical gracia al policía.
—No sé qué…
—No digas nada —el policía le dedicó un gesto de disculpas.
Timothy se quedó mirando a Gail por unos segundos más y bajó la mirada. Se quedó pensativo. Luego mostró una sonrisa.
El libro lo agarró, y lo continuó leyendo.
Timothy lo terminó en muy poco tiempo, pero su satisfacción y alegría duró para siempre: pues el plan, ¡su querido plan!, había resultado.

martes, 26 de enero de 2016

lunes, 25 de enero de 2016

"La gran fábrica de las palabras" de Agnès de Lestrade

La gran fábrica de las palabras de Agnès de Lestrade

Locución: Manuel López Castilleja


Existe un país en donde la gente casi no habla; es el país de la gran fábrica de las palabras. En ese extraño país hay que comprar y tragar las palabras para poder pronunciarlas. La gran fábrica de las palabras trabaja día y noche. Las palabras que salen de sus máquinas son tan variadas como el lenguaje mismo.
Hay palabras que valen más que otras; la gente no las pronuncia a menudo, a no ser que sean ricos. En el país de la gran fábrica hablar cuesta caro.
Los que no tienen dinero a veces hurgan en la basura, pero las palabras que se tiran no suelen ser muy interesantes. Hay un montón de tonterías y disparates.



"Las hadas" de Charles Perrault

Cuento "Las hadas" de Charles Perrault, leido por Manuel Rodríguez.













viernes, 22 de enero de 2016

"Juan Darién" de Horacio Quiroga

Cuento "Juan Darién" de Horacio Quiroga, leido por Manuel Rodríguez.













Música para desaparecer dentro: Rondo Veneziano (Fantasia Veneciana)

Rondò Veneziano es una orquesta de cámara italiana, especializada en música barroca, tocando instrumentos originales, con la incorporación de una sección rítmica estilo rock de sintetizadores, guitarra bajo y batería, dirigido por el Maestro Gian Piero Reverberi, quien también es el compositor principal de toda la piezas originales de Rondo Veneziano. 

La adición inusual de instrumentos modernos, más adecuados para el jazz, combinados con arreglos de Reverberi y composiciones originales, han dado lugar a nuevas versiones pródigiosas de obras clásicas en los últimos años. Por regla general, en sus giras de conciertos, los músicos, mayormente mujeres, se suman al efecto barroco en general con el uso de atuendos y peinados de la época barroca.





The Very Best Of Rondo Veneziano

Duration: 71:10


01. La Serenissima (Theme From 'Venice Peril') (2:19)
02. Cosi Fan Tutte (4:11)
03. Magica Melodia (3:27)
04. Fantasia Veneziana (3:32)
05. San Marco (3:24)
06. Pastorale (5:09)
07. Festa Mediterranea (2:32)
08. Divertissement (3:21)
09. Visioni Di Venezia (4:01)
10. Prestige (3:25)
11. Misteriosa Venezia (3:07)
12. Perle D'Oriente (2:47)
13. verno (3:17)
14. Casanova (3:10)
15. Splendore Di Venezia (2:40)
16. Pulcella (4:03)
17. Reverie (3:09)
18. Miature (3:06)
19. Carrousel (3:34)



jueves, 21 de enero de 2016

Película: "Deadline" de Sean McConville (2009)





Título original
Deadline

Año
2009

Duración
89 min.

País
Estados Unidos 

Director
Sean McConville

Guión
Sean McConville

Música
Carlos José Alvarez

Fotografía
Ross Richardson

Reparto

Brittany Murphy, Thora Birch, Tammy Blanchard, Marc Blucas, Claudia Troll, Michael Piscitelli

Productora
Coproducción EEUU-Malasia; Enso Entertainment / KRU Studio / Films In Motion

Género
Terror. Thriller. Drama | Sobrenatural. Casas encantadas. Fantasmas

Sinopsis

Alice, una escritora que ha pasado por un problema psicológico, se retira a una casa victoriana para recuperarse y centrarse en el guión que tiene que entregar dentro de poco. Al poco de su llegada, ruidos extraños y misteriosos sucesos hacen que su imaginación se dispare y trate de averiguar qué es lo que hay detrás de todo esto. Asustada pero intrigada, Alice reúne el valor suficiente para adentrarse en el frio y sórdido ático donde encuentra una caja de zapatos con unas cintas. El oscuro secreto de esas cintas revelará el sombrío pasado de Alice. (FILMAFFINITY)



miércoles, 20 de enero de 2016

"Silencio" de Edgard Allan Poe

Escúchame, dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.















'Dieciséis últimas pastillas de sabiduría - Cajita 31 (y última)'

Extracto de dieciséis últimos cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.







lunes, 18 de enero de 2016

FRAGMENTOS DE PEDRO PÁRAMO EN LA VOZ DE JUAN RULFO

FRAGMENTOS DE PEDRO PÁRAMO EN LA VOZ DE JUAN RULFO
Juan Rulfo nació en Jalisco (México) en 1918. Al comenzar sus estudios primarios murió su padre, y sin haber dejado la niñez, perdió también a su madre, y estuvo en un orfanato de Guadalajara.

En 1934 se radica en México, y comienza a escribir sus trabajos literarios y a colaborar en la revista "América".

En 1953 publicó "El llano en llamas" (al que pertenece el cuento "Nos han dado la tierra") y en 1955 apareció "Pedro Páramo". De esta última obra dijo Jorge Luis Borges: "Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura", y que fuera traducido a varios idiomas: alemán, sueco, inglés, francés, italiano, polaco, noruego, finlandés.

Juan Rulfo fue uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, que pertenecieron al movimiento literario denominado "realismo mágico", y en sus obras se presenta una combinación de realidad y fantasía, cuya acción se desarrolla en escenarios americanos, y sus personajes representan y reflejan el tipismo del lugar, con sus grandes problemáticas socio-culturales entretejidas con el mundo fantástico.

Muchos de sus textos han sido base de producciones cinematográficas.

A partir de 1946 se dedicó también a la labor fotográfica, en la que realizó notables composiciones.

En 1947 se casó con Clara Aparicio, con la que tuvo cuatro hijos.

Fue un incansable viajero y participó de varios Congresos y encuentros internacionales, y obtuvo Premios como el Premio Nacional de Literatura en México en 1970 y el Premio Príncipe de Asturias en España en 1983. 



sábado, 16 de enero de 2016

'Diez pastillas de sabiduría - Cajita 30'

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.







viernes, 15 de enero de 2016

jueves, 14 de enero de 2016

"El día en que un lector se me murió de muerte natural" por Hernán Casciari

¿Cómo cambia la relación entre el lector y el escritor en la era digital? Voy a responder esa pregunta con una historia real que me pasó el 2004.»




Conferencia en el Centro Cultural Kirchner. Miércoles 14 de octubre, 2015





"El almohadón de plumas" de Horacio Quiroga

"El almohadón de plumas" no tiene fantasmas ni aparecidos, tan sólo el frío del mármol y el silencio. Y una vida que se va poco a poco...









martes, 12 de enero de 2016

Jugar con una Tango... de Eduardo Sacheri

JUGAR CON UNA TANGO ES ALGO MUCHO MÁS DIFÍCIL DE LO QUE A PRIMERA VISTA SE PODRÍA SUPONER - Eduardo Sacheri.

Fragmento de "Todo con Afecto", Alejandro Apo.







lunes, 11 de enero de 2016

'Diez pastillas de sabiduría - Cajita 29'

Extracto de diez cuentos del libro póstumo de Anthony de Mello, "Un minuto para el absurdo".
Lectura: Manuel Rodríguez.









domingo, 10 de enero de 2016

AUDIOLIBROS: "Expreso de medianoche" de Billy Hayes – William Hoffer

Una historia real de suspenso y terror sobre el increíble coraje de un hombre en su lucha por sobrevivir.
En el aeropuerto de Yesilkoy, en Estambul, Billy Hayes es detenido por tráfico de droga. A partir de ese momento, comienza para él una experiencia larga y aterradora en las cárceles turcas; una serie de horrores, tormentos y oscuridad que durarán más años de lo que cualquier persona es capaz de soportar y que esta novela –contada por el propio protagonista de los hechos– relata con un suspense sobrecogedor.
Expreso de medianoche se convirtió en best seller en Europa y Estados Unidos y dio lugar, en 1978, a la estupenda película homónima dirigida por Alan Parker, con guión de Oliver Stone y protagonizada por Brad Davis.