domingo, 31 de julio de 2016

Café del Sur: Memoria del Fuego

Un mapa sonoro de mitos y leyendas indígenas populares a tiempo de música. Un viaje imaginario inspirados en el célebre libro de Eduardo Galeano (Memoria del fuego) desde América Latina a la antigua Grecia, pasando por la Roma imperial, los filósofos orientales, los pensadores modernos para llegar a nuestros días. ¿Qué música escucharían Heráclito, Parménides, Platón, Lucrecio, Confucio, Schopenhauer, Carl Gustav Jung y Hermann Hesse si vivieran en nuestros días?



sábado, 30 de julio de 2016

"De barro estamos hechos" de Isabel Allende

Descubrieron la cabeza de la niña asomada en el lodazal, con los ojos abiertos, llamando sin voz. Tenía un nombre de Primera Comunión, Azucena. En aquel interminable cementerio, donde el olor de los muertos atraía a los buitres más remotos y donde los llantos de los huérfanos y los lamentos de los heridos llenaban el aire, esa muchacha obstinada en vivir se convirtió en el símbolo de la tragedia.






"Vidrios rotos" de Osvaldo Soriano

"Cuentos de los años felices"Esta colección de escritos de Osvaldo Soriano, periodista y fundador del diario Página/12, además de ser uno de los narradores emblemáticos del período posterior al último régimen de facto en la Argentina, está dividida en relatos que abordan su niñez, la historia nacional y el fútbol.
Cuentos de los años felices reúne los textos que aparecieron en ese diario durante el transcurso de la etapa democrática en las décadas de 1980 y 1990. En ese entonces acuñó una de las mejores frases sobre los años de plomo: 'Era mejor estar equivocado contra la dictadura que tener razón obedeciéndola'.
En el tramado de la memoria infantil, su padre, empleado público y antiperonista acérrimo, aparece corno el protagonista indiscutible en tiempos del retorno del líder al país. Mediante el humor y la nostalgia (dos de los aspectos distintivos de su literatura), el autor de No habrá más penas ni olvido convierte el recuerdo en ficción, y la ficción en testimonio de una época. Otros padres, en este caso de la patria, como San Martín, Belgrano y Moreno, se separan de la escala del mito de los manuales escolares y transitan la experiencia humana: en estos episodios los héroes son personas frágiles, vulnerables, terrenales. La épica del fútbol, en cambio, se conjuga con las pasiones: el primer gol, el primer amor, la fantasía de los juegos de infancia devuelta por la voz íntima y universal de un escritor que asoció en una serie perfecta la escritura con la política y la felicidad.





VIDRIOS ROTOS
Osvaldo Soriano



    La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.

Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Ponía­mos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostra­dor y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar.

Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.

Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demago­gia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: "¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. "Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe."

Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera."

Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían."

Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. "No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.

Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.

-No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.

Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.

-¿Trajiste la gomera? -me preguntó.

Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.

Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.

Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.

-Dale -me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.

"Ella" de Juan Carlos Onetti

El cuento “Ella” de Juan Carlos Onetti comienza describiendo la reacción de la oligarquía argentina frente a la muerte de Eva; el festejo con champán manifiesta la alegría de los opositores, quienes vaticinan “el principio del fin” del peronismo. Luego, el relato reconstruye los últimos momentos de vida de Eva y su posterior embalsamamiento con el cual se intensifica un proceso de santificación que había comenzado en vida. En este sentido, la ficción le permite acceder al lector a una versión de los hechos que confronta con la historia oficial, puesto que devela la puesta en marcha de un plan macabro pergeñado por “el mandatario mandante”, cuyo objetivo era perpetuar la relación que Eva había construido entre él y el pueblo, no ya bajo la figura de una líder política sino de una santa popular.

Es así como el cuento ofrece una “pequeña historia” que el narrador evalúa como “más próxima a la verdad que las escritas y publicadas con H mayúscula" (Onetti, 2006, s/d). En esta versión, Perón (a quien se alude con el pronombre personal “Él” en mayúscula) recibe con total frialdad la noticia del deceso de su mujer, agradece a los médicos los servicios prestados y ordena dar a conocer lo sucedido al pueblo. Mientras tanto, el embalsamador Catalán “llamado por Él desde hacía un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.” (Onetti, 2006, s/d) comenzaba con su trabajo. La reacción mesurada y racional de Perón frente a la muerte de su compañera permite pensar que era lo esperado para continuar con su plan: la preparación del cuerpo para borrar toda huella de corrupción y su posterior funeral. Todos estos, engranajes de una maquinaria de manipulación política que Perón había puesto en marcha mucho antes con el objetivo de conservar su poder.

Por su parte, el pueblo peronista al enterarse de la muerte de Eva y de que su cuerpo sería velado públicamente, acudió de manera masiva a despedir sus restos en medio de un ritual popular:

el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miserias, de ranchos de lata … encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida …. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos, que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta. (Onetti, 2006, s/d).

Esta descripción que Onetti hace del funeral de Eva exhibe la beatificación pagana que el pueblo hace del cuerpo, una reacción en cierta forma esperada por Perón quien, como afirma Alejandro Susti González, al preservar el cadáver crea “una analogía entre la vida del personaje y la de los santos y mártires cristianos: subraya el triunfo sobre la muerte y la corrupción y prepara los restos del personaje para la nueva vida” (Susti Gonzáles, 2007, p139).



viernes, 29 de julio de 2016

"Los testigos" de Julio Cortázar

Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.





Los testigos
Julio Cortázar


Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.

Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera- a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante descubrimiento.

Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.

Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, "scotchtape" y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del "habitat" de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.

Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.

Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.

Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.

Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.

-Es inútil, pibe -me dijo al fin-. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí...

-¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?

-Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.

-¡Te digo que vuela así! -grité, sobresaltando a varios parroquianos.

-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto -dijo Polanco-. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.

jueves, 28 de julio de 2016

"La puerta condenada" de Julio Cortázar

En el cuento  se narra la historia de un hombre llamado Petrone que viaja a Montevideo por cuestiones de negocio. En aquella ciudad se aloja en una de las habitaciones del Hotel Cervantes. Después de un día agotador el actor intenta descansar en aquella habitación pero no puede hacerlo a causa del llanto de un niño que proviene de la habitación del lado traspasando la puerta condenada. 
El Hotel Cervantes es un lugar que existe en realidad. Tal vez sea esta una estrategia de verosimilización utilizada por el enunciador para hacer creíble lo que sucede en el cuento. Éste hotel, construido en el año 1927, se ganó un lugar en la literatura rioplatense. No sólo es el escenario del cuento de Cortázar, sino que también Bioy Casares escenifica en el Cervantes, por aquellos mismos años, su cuento Un viaje o el mago inmortal. Ambos escritores narran una historia similar, un hombre que se aloja en el hotel y no puede dormir por los ruidos que oye del cuarto vecino. Podemos decir, que tanta “casualidad” termina siendo un hecho extraño al igual que los sucesos narrados en uno y otro cuento.



martes, 26 de julio de 2016

"El tren" de Santiago Dabove

Santiago Dabove (Morón, provincia de Buenos Aires, 1889 - 1951). Escritor y diletante argentino, oriundo de Morón, célebre por su amistad con Macedonio Fernández, Jorge Guillermo y Jorge Luis Borges. Su libro póstumo La muerte y su traje (1961), fue prologado por Borges. En 2004 se reeditó con el prólogo original, un segundo prólogo del escritor y poeta Horacio Salas e ilustraciones del sobrino nieto del autor.

El episodio El experimento del filme Tres historias fantásticas dirigido en 1964 por Marcos Madanes se basa en el cuento homónimo de Dabove.





"Otro cuento ruso" de Roberto Bolaño

"Llamadas telefónicas" es el primer libro de cuentos del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003), publicado por primera vez en noviembre de 1997 por la Editorial Anagrama en las colecciones Narrativas hispánicas y Compactos, en la ciudad de Barcelona, España.1

Este fue el primer libro de Bolaño en ser publicado sin necesidad de probar suerte enviándolo a diversas editoriales, puesto que la publicación previa de Estrella distante, también en Anagrama, dio comienzo a una estrecha relación laboral y de amistad entre él y Jorge Herralde, propietario de la editorial.4

Llamadas telefónicas posteriormente fue lanzado por la misma editorial junto con sus libros de cuentos Putas asesinas y El gaucho insufrible en un único libro llamado Cuentos.

«Otro cuento ruso»
Un sorche sevillano de la División Azul es enviado como apoyo de la SS a Rusia, donde los nazi son derrotados, y el español se salva por un juego de palabras. La historia llega a oídos de Amalfitano. Cuento dedicado a Anselmo Sanjuán.



lunes, 25 de julio de 2016

"Retrato de familia" de Hector Tizón

Retrato de familia, de Hector Tizón

A partir de hoy viviré definitivamente en paz.  Hace más de veinte años que mi padre ha muerto y hasta ayer su memoria había sido ominosamente imborrable para mí. Pero ahora sé la verdad, aunque no explícita, acaso como todas las verdades.
De mis cinco hermanos, ya también todos muertos, soy el menor ... 




jueves, 21 de julio de 2016

"Tres mujeres" de Héctor Tizón

Tres mujeres distantes en el tiempo pero superpuestas entre sí que seguramente no pensaron en público (por mandato de la época) pero amaron intensamente a escondidas.

Tres historias, una y la misma (Ana Tosi)












miércoles, 20 de julio de 2016

"Cabecita negra" de Germán Rozenmacher

Cabecita negra es un término utilizado en la Argentina para denominar, despectivamente, a un sector de la población asociado a personas de pelo oscuro y piel de tonalidad intermedia, pertenecientes a la clase trabajadora. En general es utilizado por las clases media y altas de Buenos Aires.

En 1961 el escritor argentino Germán Rozenmacher (1936-1971) escribió un cuento titulado precisamente "Cabecita negra". El protagonista del cuento es el Señor Lanari, un comerciante de Buenos Aires que posee una ferretería, hijo de inmigrantes. El Señor Lanari sufre de insomnio y decide salir a la calle a las tres de la mañana...

Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida,...


Inmediatamente después un policía se acerca y pretende detener al Señor Lanari por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante. ­Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente. Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde.

A partir de ese momento el Señor Lanari se sentirá invadido por los dos cabecitas negras, y el cuento relatará su experiencia como si se tratara de una pesadilla en la noche.

Rozenmacher fue un escritor cuya obra está muy marcada por los fenómenos de discriminación y la interacción de grupos con distintos orígenes nacionales y sociales en la Argentina de los años '50 y '60.





martes, 19 de julio de 2016

"He visto morir" de Roberto Arlt

El texto de Roberto Arlt  narra el fusilamiento del militante anarquista italiano Severino Di Giovanni  durante la dictadura de Uriburu el 1º de febrero de 1931 que presenció como cronista.  “Viva la anarquía” gritó Di Giovanni antes de que lo acribillaran de ocho balazos.












He visto Morir…


Por Roberto Arlt


Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.
La letanía.
Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”
Habla el Reo.
-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

"Macramé" de Nélida Cañas

Escritora argentina, nacida en la Provincia de Córdoba.




domingo, 17 de julio de 2016

"La señora muerta" de David Viñas

David Viñas (Buenos Aires, 28 de julio de 1927 – Buenos Aires, 10 de marzo de 2011) fue un escritor e historiador argentino.
Fue catedrático de Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires).

Miembro fundador de la revista Contorno, en 1953, junto a su hermano Ismael Viñas. Fue presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires.

Su primera novela fue Cayó sobre su rostro (1955). Su temática histórico-social se hizo ver en su densa Los dueños de la tierra (1958), que arranca en 1892 y prosigue en la pampa del siglo XX. A ella las siguieron Dar la cara (1962), larga novela bonaerense, donde habla de la agresión y las humillaciones, En la semana trágica (1966), y Hombres de a caballo (1967), que fue premiada por un jurado formado por Julio Cortázar, José Lezama Lima, Juan Marsé, Leopoldo Marechal y Mario Monteforte. Le siguieron entre otras Cosas concretas (1969), una obra abierta, como las anteriores pero con un gran fresco social, que preludia la futura violencia oligárquica, y Cuerpo a cuerpo (1979).

Durante la última dictadura militar argentina, desde 1976, estuvo exiliado en distintos países de América y Europa: básicamente en España y México. Nacido en 1927, fue de la generación de Haroldo Conti, Rodolfo Walsh (ambos desaparecidos) o Antonio di Benedetto (exiliado como él).

Desde 1984 volvió a vivir en Buenos Aires, y ocupó la cátedra de literatura argentina en su Universidad. En 1991, rechazó la Beca Guggenheim, como un "homenaje a sus hijos". Sus dos hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura militar en los años setenta del pasado siglo XX.

Dirigió el Instituto de Literatura Argentina (UBA).




"La señora muerta"

David Viñas


—No me gusta el olor de la goma mojada — fue lo primero que dijo esa mujer.

Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como lo había estado observando hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a medias contra la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. “Levante”, se dijo. “Levante seguro”, y le sonrió:

—No es goma lo que se está quemando.

—Ah, ¿no? —esa mujer lo miraba con desconfianza— ¿Qué es entonces?

—Inmundicias —murmuró Moure con malestar.

—¿Y de quién?

—De todos… de todos los de la cola. Hace dos días que vienen haciendo lo mismo.

Desde atrás, los que estaban en medio de la penumbra que flotaba sobre la calle, los empujaron para que avanzaran: ella se dio vuelta, apenas molesta de que la tocaran o de que le arrugaran el vestido, murmuró Ya va, ya me di cuenta, qué tanto, y avanzó unos pasos ceremoniosamente. Se había apoyado contra la chapa de un hotel y se miraba en el reflejo: era un enorme cuadrado de bronce y Moure advirtió que se palpaba los labios.

—¿Le duelen? —se le acercó.

—No. Estoy despeinada.

Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la reflejase deformada, con una boca más ancha y unos ojos estirados.

—Usted no tiene esa boca— señaló Moure.

Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si estuviera en un parque de diversiones, con la desconfianza de un chico o de un provinciano:

—Sí, tengo una boca de muñeco —se juzgó con un aire despreciativo.

—No, no…— protestó Moure.

—Pero me gusta tener una boca así.

Unos metros más adelante se fue levantando un murmullo que aumentó la densidad y se prolongó un rato, como un moscardoneo. “No me puede fallar”, se propuso Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con una pañoleta se le arrodilló delante, agachada la frente y parecía rezongar con una confusa irritación mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de nuevo, la mujer se fue arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear eso que decía, sin dejar de frotarse las manos.

—Rezan, ¿no?

—Sí —dijo Moure.

—Ah…—ella se persignó y lo hizo con torpeza, velozmente; parecía alarmada y miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el ruido de un avión y tratara de localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se veía nada. Después se tranquilizó, lo miró a Moure, se sonrió a medias, agradecida de algo y apoyó la cabeza contra la chapa del hotel.

—¿Está cansada? —la sostuvo Moure mientras se repetía “No me falla; no me puede fallar”. Al fin de cuentas, él había ido a la cola para eso.

Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería decir ni que sí ni que no, solamente que no estaba segura.

—¿Quiere irse?

—Cuando me sienta bien cansada.

Moure le oprimió el brazo:

—Pero mire que tenemos para rato.

Ella frunció las cejas:

—¿Lo dice en serio?

—Yo siempre hablo en serio.

—¿Y cuánto dice que falta?

Moure miró hacia delante y calculó dos cuadras, tres, una mancha larga que se estremecía en medio de la penumbra, los de atrás que volvieron a empujar con una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que seguía murmurando algo que no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado con una olla humeante que brilló bajo el farol:

—Unas tres horas —dijo.

—¿Tanto?

Moure presintió que a ella no le interesaba mucho

—Y, hay mucha gente —reflexionó.

—A la gente le gusta.

—¿Estar en la cola?

—Sí —dijo ella con desgano. Le gusta esperar algo, cualquier cosa…

La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse con lo que rezaba, cabeceaba y fruncía la frente. “Esta noche no puede fallarme”, seguía pensando Moure. Y toda esa fila avanzaba muy lentamente, mucho más despacio que en una procesión. Moure calculó: allá adelante estarían por cruzar un puente, se le habrían roto las ruedas a un carro o el caballo se habría muerto en medio de la calle. Algo así pasaría. “Seguro”. Y había tan poca luz con esos trapos negros que envolvían los faroles y todo era tan borroso.

—¿Me permite? —ella se le apoyó bruscamente en un brazo, se descalzó, primero un pie, después el otro, y se los sobó con unos quejiditos de satisfacción. Pero cuando estaba en eso, volvieron a empujarla para que avanzase y ella repitió Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo. Me van a pisar, tengo los pies desnudos… La mujer de la pañoleta levantó un momento la cabeza, verificó quién había dicho eso y siguió con su rezo.

—¿Un poco de sopa? —ofreció Moure.

—No —ella todavía estaba con los pies desnudos y pugnaba por mantener el equilibrio y calzarse— Me aburre la sopa.

—¿Ni un poco?

—No.

Moure señaló:

—Pero mire que le están ofreciendo…

Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que recogerla, tenía una cara adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló a esa mujer, intentó sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un parpadeo, entonces la miró humildemente pero ella había hundido las manos en los bolsillos y sacudía los hombros:

—Me aburre la sopa —repetía— De chica, me la hacían tragar: de arvejas, de sémola, de verduras… Era un asco.

Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas veces antes de encenderlo. “Papa comida”, se felicitó. Estaban muy cerca de uno de esos montones de basura que habían quemado y que soltaban un calor denso, incómodo y un poco tembloroso; algunas personas salían de la fila, se acercaban, la cara y el pecho se les enrojecían y se quedaban un rato frotándose las manos como si estuvieran redondeando algo entre las palmas, un poco de harina o de barro. Después volvían a la fila y les susurraban a los dos que tenían al lado Vayan, vayan; no les dicen nada. Moure la codeó a esa mujer y señaló: otro se despegaba de la fila con una carrerita parecida, casi avergonzado, casi alegre.

—¿Fuma? —preguntó Moure.

Ella miró a los costados, atentamente, después un poco a la mujer que seguía arrodillada y rezongando:

—¿Aquí? … —y no sacó las manos de los bolsillos.

Moure encendió el cigarrillo y largó unas bocanadas para que ella oliera: eso era bueno, caliente y llenaba la boca y el pecho. “Esto marcha solo”, se alegró. Ella le miraba la mano, sin indiferencia y de vez en cuando le espiaba los labios y la nariz se le hinchaba como si le costara respirar o como si todavía le molestara ese olor que había creído era de goma quemada.

—¿A usted le gustaba? —dijo de pronto.

Moure se sobresaltó para largó una lenta bocanada:

—¿Quién?

—La señora… ¿Quién va a ser sinó?

Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo acható y arrancó una hebra con la misma cautela con que se hubiera cortado una cutícula; después levantó la vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría unos veinticinco, no mucho más. “Si me la pierdo soy un …” Pero no se la iba a perder. Los de atrás empujaban, ésos no respetaban nada, no se dio por enterado y siguió mirándola: el cuello, ese pecho tan abierto, el vientre y la deseó bastante. Por fin dijo:

—Era joven…

—¿Usted cree que la podremos ver?

—Y, no sé. Habrá que esperar.

—Dicen que está muy linda.

—¿Sí?

—La embalsamaron. Por eso.

Había quedado un espacio entre ellos dos y la mujer arrodillada.

—Hay que correrse— dijo ella como si tratara de algo inevitable.

—Sí —advirtió Moure— Sí.

Y se quedaron mirando vagamente hacia delante: la mujer de la pañoleta se puso de pie y estuvo un buen rato observándose y tocándose las rodillas, un chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha blanca sobre su mano y ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, esta vez ofreciendo café, sin saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y Moure le escrutó la cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo. Nada más, dijo ella sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió que era de piel el sacón que tenía porque lo rozaba contra el dorso de la mano y pensó que le hubiera gustado acariciarlo con los dedos, con el pulgar sobre todo, pero no se animó.

—¿Vio? —era ella que señalaba con el mentón desganadamente.

Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que orinaba al borde de la vereda y se sintió irritado, justamente irritado, porque ése podría haber ido a otro lugar o se hubiese aguantado o, en último caso, no se hubiera puesto en la fila, entre tantas mujeres, porque esas cosas siempre pasan y uno debe saber lo que se puede aguantar.

—Está mal, ¿no? —murmuró.

Pero ella se había apoyado contra una vidriera y bostezaba, olvidaba de sus pies y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias veces, porque no fue un solo bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro que la obligaron a fruncir la nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del pañuelo.

—¿Tiene sueño?

Ella negó sin dejar de bostezar:

—Hambre tengo.

—¿Quiere…?

—Sí.

Y fue ella quien lo tomó del brazo y la que dijo que subieran a un auto y fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo único que exigió y no perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o alguna ventaja. Se arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún asombro las piernas de los que iban en las plataformas de los tranvías iluminados, a uno que llevaba sandalias, a los que la miraban largamente sin atreverse a sonreírse pero con muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se detenía en cualquier bocacalle. Cuando un marinero se inclinó un poco para verla mejor, ella golpeó con la mano en el vidrio. A ése lo espanté suspiró. Y usaba un perfume de malva, un perfume de vieja o de casa con pisos de madera. ¿Y cuánto querés? y Lo que vos quieras y el auto siguió corriendo. Moure se sintió agradecido, entusiasmado y le pasó el brazo sobre los hombros. Cerca, ¿no?, volvió a preguntar ella y Moure sacudió con la cabeza. Esa cola, la gente que esperaba con tanta indiferencia, amontonados, pasivos, la calle en tinieblas, él había esperado demasiado. Era lento y lo sabía, pero tampoco se podía atropellar. Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen solas. Cuanto más se piensa, sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera vez y Moure advirtió que el chofer esperaba una nueva orden mirando el espejito, apenas dijo A otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de toparse con una puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente, cálidamente en entrar de una vez y quedar a solas como dos chicos que se esconden dentro de un ropero para que el mundo de los adultos tan ordenado y con tanta gente que mira se desvanezca. Moure se empezó a irritar. No hay lugar —informaba el chofer— ¿Los llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando vueltas por unas suaves calles arboladas y ella empezó a reírse porque sentía las manos de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como si fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo o una baranda o la propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para secarse o para no caerse. Por favor… por favor, repetía Moure y le estrujaba la carne. También estaba la mirada del chofer, que delante de esos portones cerrados soltaba el volante como para dar explicaciones porque él no tenía nada que ver con todo esto. ¿Los llevo a otro? Sí. Pronto… Pero, pronto por favor. Y toparon con otro portón, una gran tabla pintada de gris cerrada con un candado, y la risa de esa mujer aumentó mientras Moure pensaba que lo que a ella le correspondía era quedarse en silencio, tomarlo de la mano y tranquilizarlo o pasarle los dedos por las sienes para que se le desarrugara la frente, pero las mujeres se ponen nerviosas y no sirven para nada y por eso son mujeres. El coche había parado por cuarta vez o sexta y el chofer repetía ese mismo ademán prescindencia.

—¿Todo está cerrado? —gritó Moure.

Los ojos del chofer apenas temblaron en ese espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda.

—¡No te rías más, mujer! —la sacudió Moure.

Y ella sólo negó con la cabeza, sin hablar pero con más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose la boca con una mano.

—¿No se puede ir a otra parte? —Moure se había tomado del respaldo del chofer.

—Y, no se…

—¿Nada hay?

—Más lejos…

—¿Dónde?

—En la provincia.

—¿Seguro?

—No; seguro, no.

—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.

—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador— Es por la señora.

—¿Por la muerte de…? —necesitó Moure que lo precisaran.

—Sí, sí.

—¡Es demasiado por la yegua ésa!

Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.

—Ah, no… Eso sí que no. —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta— Eso sí que no se lo permito… —Y se bajó.

"El parecido" de Juan José Saer

JUAN JOSÉ SAER (Serodino, Santa Fe, 1937-París, 2005). Publicó:Glosa, El arte de narrar (poemas), Nadie nada nunca, La grande.

















El Parecido
Juan José Saer



Un amigo mío escritor que descubrió que la mujer lo engañaba con un empleado de banco cuando lo más común es que las mujeres de los empleados de banco sueñen que engañan a sus maridos con escritores, se fue un día de su casa y después de vagabundear un tiempo por la cordillera, trabajando en un diario de Mendoza, Los Andes, creo, y viviendo a costillas de un bodeguero que protegía a los poetas y a los pintores, desapareció por completo, sin que yo o algún otro de sus amigos tuviese la más mínima idea de dónde podía estar, hasta que una mañana de marzo en que tuve que levantarme temprano para ir a la ciudad (yo vivo en las afueras, en Colastiné Norte), cuando abrí la puerta de calle, me encontré de golpe con un hombre de a caballo que me dijo que había pasado por la estafeta y que como había dicho que venía en dirección de mi casa le dieron para que la trajera una carta que amarilleaba en la estafeta desde hacía más de dos meses: era correo aéreo, porque el sobre, de papel fino, estaba bordeado de franjas coloradas y azules, y cuando lo abrí, comprobé que traía una postal -la reproducción de un cuadro de Hans Memling, el retrato de Sibylla Sambetha- al dorso de la cual mi amigo, desde Brujas, Bélgica, me mandaba decir que estaba lo más bien, que había rejuvenecido diez años, y que vivía con una japonesa chiquitita que no hablaba nunca y que había aprendido a cebarle mate.

La gente que no vive en la zona puede imaginarse el calor que hace todavía en marzo, así que al sol de las ocho el rocío desde hacía horas ya no estaba en las hojas y la luz me calentaba la cabeza mientras esperaba el colectivo, al costado del camino, mirando el retrato de Sibylla Sambetha, tan familiar para mí, aunque era la primera vez que lo veía, que la cara de la que me hacía acordar, aún cuando yo no supiese exactamente de quién era, crecía en mí desde la amplia y rígida mancha de rosa marmóreo, extendida todavía más porque los cabellos tensos desaparecían hacia atrás recogidos en un rodete cónico cubierto por un tul que caía en pliegues geométricos hacia los hombros, y porque el vestido de un color que llamaré petróleo se abría alrededor del cuello en un escote circular. Tenía la revelación de ese recuerdo, la identidad de ese rostro, en la punta de la lengua, por decirlo de algún modo, y con todas mis fuerzas trataba de saber por fin de quién era, trataba de conseguir que por fin el recuerdo avanzara desde las bambalinas negras hacia el círculo errático de luz en el gran escenario de la mente, que dejara de ser recuerdo que no tenía de qué acordarse y se convirtiera en una imagen palpable y actual. Estaba todavía en eso cuando llegó el colectivo, semivacío, lento, plateado, solitario en la cinta azul del asfalto, brillando al sol y lleno de ruidos de metal y motores. Saqué el boleto y me iba a sentar cuando de golpe vi a Sibylla, sola y plácida, mirándome con sus ojitos pensativos desde el último asiento. La luz oblicua y porosa del sol le daba en la cara en la que el rosa marmóreo se había convertido en un resplandor dorado. Toda la piel estaba salpicada de pecas y de granitos, algunos coronados por un puntito blanco de pus. Pero la frente amplia era la misma y el cuello se elevaba también, libre, desde el escote redondo de un vestido de algodón estampado en grandes flores verdes y coloradas. Yo la había visto muchas veces -la cara estragada, el pelo oscuro y tenso recogido hacia atrás, la mirada más plácida y pensativa que una mano golpeando a la otra con un ramo de glicinas mojadas-, sentada en un banquito de madera, mirando el río desde la puerta del rancho de su padre, un pescador que yo iba a ver de tanto en tanto para encargarle un amarillo o una yunta de patos salvajes. Estuve a punto de mostrarle el retrato pero soy un hombre tímido, casi débil de carácter, y después de todo ¿qué importaba?

He visto gemelos muy parecidos entre sí, pero nunca tan parecidos como Sibylla Sambetha y la chica de la costa. Y sin embargo, ¿puede haber dos personas más diferentes? Nada me hizo pensar que eran tan diferentes como el hecho de verlas tan parecidas. Durante muchos días ese parecido me inquietó y me hizo sentir, por contraste, la realidad de lo diverso más que la de lo semejante, porque la realidad de lo diverso revela la realidad de lo único, de la que Marx se burló, y, melancólicamente, pensé mucho en la infinidad de las piedras y de los árboles, de las caras, de los pájaros, de los excrementos, de las raíces, cada uno irrepetible y solitario, único; experimenté el lugar común de las impresiones, la de las infinitas olas del mar y la de la arena innumerable, la del pasado, el presente y el porvenir que fluyen, según cómo se los mire, en distintas direcciones y se entrechocan entre sí formando nudos y colisiones que creemos inteligibles, y de golpe (era mediodía y yo estaba echado desnudo, al sol, para que la luz me socarrara, los ojos cerrados y los poros abriéndose lentamente con un estridor secreto), eufórico, deseé por un momento ser una clase especial de cantor, el cantor del mundo visible, el cantor de todas las cosas, considerándolas una por una, el cantor de las dos Sibyllas, para darle a cada cosa su lugar con una voz ecuánime que las iguale y las recupere, para mostrar en el centro del día un mundo completo en el que estén presentes todos los paraísos y todas las hojas de todos los paraísos y todas las nervaduras de todas las hojas de todos los paraísos, para que el mundo entero se contemple a sí mismo en cada parte y en el honor de la luz y nada quede anónimo.