martes, 30 de agosto de 2016

"Epifanía" de Héctor Tizón

"Epifanía" de Héctor Tizón relatado por Inés Corton.

















Epifanía


Héctor Tizón


Algunas veces, antes de que anocheciera, se podían distinguir en el pálido horizonte unos trazos difuminados semejantes a nubes. Pero ya nadie recordaba la lluvia. La aridez sólo era morigerada por la humedad que en los amaneceres destilaba el rocío de las escasas plantas.

Para los de aquí, descendientes de adoradores del sol, el sol es el infierno, que seca la piel antes de que la muerte llegue; estos hombres ya ni siquiera saben defenderse porque han perdido el concepto del mal.

Hacía mucho tiempo que no nacía una mujer en estos pagos, y por falta de hembras los varones mozos debían exiliarse; ya sólo quedaban los ancianos; las mujeres, multíparas, morían, y a los jóvenes se los llevaba el camino.

El día en que las dos comadronas anunciaron la inminencia del nacimiento fue, para todos, de fiesta. Por la forma esférica y no ovoidal del abdomen, por el rumor silencioso como de vientos profundos que las viejas oían al poner sus orejas sobre el vientre grávido, y por la entrañable suavidad y tibieza de la piel, estuvieron seguras las parteras del inminente advenimiento.

El hecho se expandió por las comarcas: ahora, otra vez, iba a nacer una hembra; y esto era como una esperanza y como una flor.

Con el anuncio se preparó el ágape, que sería una comida fraternal y primitiva: cordero asado con hierbas amargas, y maíz; y música de viento.

El pueblo no era grande, apenas siete casas, con sus corrales circulares de piedra seca.

Se obstinaba la gente en construir sus casas en esta paramera, sólo apta para senderos de cabras, cuando a lo sumo podría ser habitada por el viento polvoroso.

Un cuento inmemorial pretende que aquí, o muy cerca de aquí, alguna vez existió un lago; nadie lo cree pero nadie lo niega, y todos los pequeños pueblos de esta región lo reclaman para sí. Algunos hasta han creído ver los rastros o vestigios de ruinas, de cobijos de pescadores que echaban sus redes a la luz de la luna.

Los pequeños pueblos no son más de tres, separados entre sí por leguas tan yermas como las del país de Caín, a quien el Señor había condenado a vagar por el desierto. De allí salieron dos hombres, impulsados por el rumor del nacimiento, y estos dos se hallaron en un cruce de senderos con otro más, y los tres juntos emprendieron el camino. Casi no hablaron entre ellos, puesto que lo que pudieron haberse dicho ya cada quien lo sabía.

Los tres viajeros pasaron la noche a la intemperie y durmieron encogidos junto al fuego que se extinguió al amanecer. Sólo dos tenían cada cual una alforja; uno de ellos llevaba un pequeño pellón, y el otro una ollita del tamaño de una mano, con su tapadera; el tercero era tan pobre que no llevaba nada.

Al amanecer del quinto día avistaron una delgada columna de humo que se mantenía erguida porque a esa hora el viento se recata. Apuraron el paso, pero el sol les ganó en llegar. No tuvieron que hacer ninguna pregunta y, enseguida, los tres estuvieron junto al jergón donde yacía la criatura recién nacida, que acababa de morir.

Tampoco en el camino de regreso hablaron entre ellos, tampoco ahora tenían nada que decirse. Quizá porque todos sabían que vivir ahí era como una extravagante vanagloria.

lunes, 29 de agosto de 2016

"Jim" de Roberto Bolaño

Roberto Bolaño (Santiago, 28 de abril de 1953 – Barcelona, 15 de julio de 20031 ) fue un escritor y poeta chileno, cuya novela Los detectives salvajes ganó los premios Herralde 1998 y Rómulo Gallegos 1999.














Jim


Autor: Roberto Bolaño

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

sábado, 27 de agosto de 2016

"La gata" de Héctor Tizón

Cuento "La Gata" de Héctor Tizón leído por Jaime Torres.

Héctor Tizón 
“Prólogo” a Obras escogidas

«He nacido en una región situada en el confín norte de la Argentina, pero en el sur remoto del mundo. 

Mis primeros maestros iniciales, los que me enseñaron lo esencial de la vida, fueron analfabetos, y yo mismo no concurrí a una escuela ni aprendí a leer sino a los nueve años, pero sus enseñanzas fueron inolvidables para mí y, cuando después las contrasté con la sabiduría que el mundo de la lógica y de la enciclopedia había acumulado, no las hallé menoscabadas, ni primitivas, ni ingenuas. Aquel conocimiento supuestamente preilustrado lo volví a encontrar en su esencia en Spinoza, Schopenhauer, en los poemas de Lao Tsé y en las parábolas de Jesús...
http://audioteca.cultura.gob.ar/web/playcuento.php?id=12#


viernes, 26 de agosto de 2016

"Manos y planetas" de Juan José Saer

Ricardo Piglia, considerado por muchos como el sumo sacerdote de la literatura contemporánea en español, en momento puso la figura del escritor en su justo lugar cuando dijo: "...decir que Juan José Saer es el mejor escritor argentino actual es una manera de desmerecer su obra. Sería preciso decir, para ser más exactos, que Saer es uno de los mejores escritores actuales en cualquier lengua y que su obra –como la de T. Bernhard o la de Samuel Beckett– está situada del otro lado de las fronteras, en esa tierra de nadie que es el lugar mismo de la literatura..." 

"El hacha pequeña de los indios" de Abelardo Castillo

Sobre el cuento:

Ernest Hemingway escribió:

“Si un escritor de prosa sabe bastante de lo que está escribiendo, puede omitir cosas que conoce, y el lector, si el escritor escribe con la suficiente sinceridad, tendrá un sentimiento de esas cosas tan fuerte como si el escritor las hubiese expresado. La dignidad de movimiento de un iceberg se debe a que solo una octava parte de él aparece sobre el agua.”

“Yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca y eso solo fortalece el témpano de uno.”

Es precisamente esto lo que hace Abelardo Castillo en su cuento El hacha pequeña de los indios, el juego con la puntita visible del iceberg o el dato escondido como lo llama Vargas Llosa.



jueves, 25 de agosto de 2016

Audiolibro: "El crimen del piso tercero" de George Simenon

A diferencia de muchos autores de hoy, quienes intentan construir una intriga lo más compleja posible -como en un juego de ajedrez- Simenon propone una intriga simple, con un argumento y personajes definidos, y un héroe dotado de humanidad, obligado a ir al borde de sí mismo, de su lógica.

El mensaje de Simenon es complejo y ambiguo: ni culpables ni inocentes absolutos, sólo culpabilidades que se engendran y se destruyen en cadena. Las novelas del escritor sumergen al lector en un mundo rico de formas, colores, olores, ruidos, sabores y sensaciones táctiles; al que se entra desde la primera frase...






sábado, 20 de agosto de 2016

"La historia del espejo" de Spencer Holst

La historia del espejo
por Spencer Holst*

Había una vez un poeta que quería convertir su talento en dinero.

Era un buen poeta.

Estaba dedicado a su profesión, al perfeccionamiento de su arte, con todo su ser.

Era culto o, por lo menos, había leído mucho; y tenía una aguda imaginación y podía ser elocuente —cuando escribía—, pero no sabía hablarle a la gente; era tímido y siempre tenía el sentimiento de que la gente relacionaba sus palabras con algo que él no entendía.






Como era un verdadero poeta, esto quiere decir, por supuesto, que trabajaba en menesteres humildes: lavaplatos, oficinista, mensajero.

No existe manera de que un auténtico poeta se gane la vida con su obra.

Un día miró en torno suyo, y vio a todos estos retardados, estas personas vulgares, criminales, inmorales, estúpidas, todos estos idiotas, ¡todos los cuales pueden ganarse la vida!

Y se imaginó que debía de haber algún modo de que una persona con su inteligencia se imaginara cómo no tener que trabajar en estos trabajos ridículos.

Así que le pidió prestada una malla negra a un bailarín amigo, y consiguió una pesada pieza de género que se puso en la cabeza como una capucha de monje, y consiguió un trozo de cristal ovalado, apenas algo mayor que una cara, y lo puso frente a su propia cara, bajo la capucha, pero no era un cristal común, era el llamado “en una dirección”; esto es, la clase de cristal que cuando uno mira a través de él de un lado, es claro, transparente, pero cuando se mira del otro lado es un espejo; puso este cristal ante su cara de modo que él podía mirar a través de él, pero cualquiera que lo mirase sólo veía su propio reflejo.

Fue a un club nocturno del Greenwich Village y consiguió trabajo como oráculo.

De adivino.

Tenía una mesita en el club nocturno y se sentaba allí, y la gente venía y le hacía preguntas de las que uno hace a un oráculo, acerca del futuro, y él decía simplemente lo primero que se le pasaba por la cabeza. Inventaba disparates, hablaba en jerigonza, citaba fragmentos de otros poetas, y tenía una aguda imaginación de modo que inventaba pequeñas fantasías, cuentos, y a la gente parecía gustarle.

Descubrió que cuando tenía puesto su espejo, perdía la timidez.

Podía hablar con la gente con facilidad.

Algunas personas hasta lo tomaban en serio, pero él tan sólo se reía de ellos y nunca pretendió ser otra cosa que un animador.

Después de un tiempo se encontró con que estaba ganando bien en el club nocturno.

Había una chica, una bailarina de striptease que también trabajaba en el club nocturno.

Trabajaba con luz negra.

Con luz ultravioleta.

Pero únicamente su traje era luminoso, ella no, y como no había otra luz, a medida que interpretaba su baile y una a una sus ropas caían, ella desaparecía.

Únicamente sus ropas era luminosas, de modo que cuando caía el último corpiño o la última bombacha, ella era invisible y el escenario quedaba regado con luminosos montones de ropa.

Ese era su número.

Ambos se enamoraron.

Pero cuando el poeta no tiene puesto su espejo, vuelve a ser el tímido de antes. No sabe cómo abordar a la chica, y no sabe que ella también está interesada en él.

Una noche (a mitad de semana, no hay mucho público) él ve a la chica que camina por la vacía pista de baile en su dirección, y ella tiene algo escondido a sus espaldas, de manera que él no puede ver de qué se trata.

Así es que ella se sienta a su mesa y…

¡Aquí está!

Y él tiene puesto su traje y su espejo, así que súbitamente puede hablar.

Está a punto de expresarse, de expresar su amor cuando la chica le dice: “¡Mire! Yo no quiero que me adivine nada, no quiero saber nada sobre mí misma. ¡Quiero saber algo de usted!”

Y en este momento, sacó de atrás de su espalda un espejo ovalado de su mena de tocador, apenas algo mayor que una cara, y lo puso frente a la cara-espejo de él, y le dijo: “¿Qué ves?”

Perdóname, lector, pero por un instante debo hacer una digresión para explicarte lo que él vería.

Sabes que cuando te paras entre dos espejos, o cuando te sientas en el sillón del peluquero, parece haber un corredor entre los espejos; pero si alguna vez te detienes a observar verás que, aunque quizá puedas ver seis o siete niveles, nunca puedes ver el final del corredor; siempre tu propio primer reflejo se interpone en el camino, y si intentas hacerte a un costado, todo el corredor desaparece por un costado del marco del espejo.

Pero en este caso, él miraría a través del vidrio y vería un espejo, pero el espejo sólo “vería”, por así decirlo, un espejo, que a su vez vería un espejo, y etcétera.

No habría nada entre los dos espejos para obstaculizar la visión, de modo que él podría ver el corredor estirándose en línea recta hasta el infinito.

Así que, para recapitular la situación: la chica de la cual está enamorado se sienta frente a él, y él tiene puesto su espejo, de modo que puede hablar, y está a punto de expresar su amor cuando la bailarina de striptease le pregunta: “¿Qué ve?” Y en ese momento la chica desaparece, el club nocturno desaparece, y el hombre ve un corredor hasta el infinito.

No dice nada.

La chica saca su espejo y le dice: “Diga algo”

Pero el hombre no dice una palabra.

Ella le tira de la manga y le dice: “No se quede sentado ahí, diga algo…”

Pero él no se mueve.

Y durante diecisiete años no se ha movido.

Todavía está sentado, exactamente en la misma posición, un catatónico en un hospicio… lo alimentan por un tubo, y es incontinente, y ha perdido por completo el contacto con el mundo exterior.

Pero los médicos y las enfermeras pueden discernir —a través de cambios en su expresión facial, y a través de las palabras que masculla inaudiblemente, de modo que nunca pueden saber bien qué está diciendo—, pueden discernir que en su mente lleva una vida muy activa, y que tiene experiencias en un mundo de sueños…

Y en este mundo de sus sueños, en la vida que vive adentro de su cabeza, todo el resto de la gente usa espejos sobre sus caras, y él es el único que no lo tiene.

A causa de esto se siente en gran medida como un extraño, y trata de averiguar, pregunta a la gente: ¿por qué él no tiene un espejo sobre su cara como los demás?

Pero la gente, o bien le da respuestas falsas y trata de burlarse de él, o bien pretende que no sabe de qué está hablando.

Y a causa de esto, él no consigue sino trabajos humildes, como lavaplatos, oficinista o mensajero.

Como este “entero mundo” es, después de todo, tan sólo su imaginación, como es tan sólo su sueño… bueno… puede pasar cualquier cosa.

Por ejemplo: después de haber trabajado toda la semana en alguna espantosa ocupación, agarra su cheque con todo el sueldo y se va a la guarida de los drogadictos.

(No se trata de una droga verdadera, por supuesto, sino de lo que él se imagina que es una guarida de drogadictos, porque sea como fuere que uno pueda imaginar una guarida de drogadictos en un sueño… así es realmente.)

Pero la otra gente en la guarida de los drogadictos, cuando se ponían high, ¡oh!, bailaban, y cantaban, y se reían, y se divertían muchísimo; pero él no, se limitaba a encontrar una silla cómoda y a sentarse.

Y con el paso de los años, se adaptó a su mundo. En realidad, se arrancó de la conciencia, a la fuerza; este conocimiento que tiene de que es realmente distinto de los demás, que no tiene un espejo sobre su cara. Cuando alguien alude a este hecho, él hace como que no oye, o hace como si estuvieran hablando de otra cosa. Y a medida que pasan los años, empieza a pensar en sí como “normal”.

Saben, todos son un poco neuróticos, todos tienen problemas. Pero él terminó por pensar de sí mismo como si fuera otro ser humano común… aunque… hay veces en que sospecha, hay veces en que piensa que es un poco peculiar que una persona vaya y se gaste todo el cheque del sueldo en la guarida de los drogadictos, quiero decir… solamente para sentarse allí.

Pero hay otra manera en que podría terminar esta historia, por ejemplo: él conoce una chica, y la chica tampoco tiene un espejo sobre su cara, y por supuesto, se reconocen el uno al otro inmediatamente, esto es, que ninguno de ellos tiene un espejo sobre la cara.

Y ella le dice (ella ha estado en “este mundo” más tiempo que él) que él no tiene que trabajar en esos menesteres horribles, y que le puede enseñar cómo desenvolverse…

“Ven a mi casa”, le dice ella. (La relación entre ambos es, desde el principio, más la de hermano y hermana que una de tipo sexual.)

Y así, salen caminando de la ciudad hasta el borde del mar y caminan por la playa quizá cerca de una milla, hasta un lugar muy aislado donde no hay gente; hay un palmar muy agradable, y en el centro del palmar hay una pequeña carpa.

“¡Mira! —dice ella—. Yo vivo aquí. No tengo que pagar alquiler. Voy a nadar todas las mañanas. Es saludable vivir al sol. Es maravilloso”.

“Bueno, sí —dice el hombre—. Es estupendo… pero, ¿cómo haces para comer?”

“Estoy a punto de preparar el almuerzo en este momento. ¿Por qué no te quedas a almorzar conmigo?”

Y entonces ella extiende una manta sobre la arena, y saca dos platos de latón y va hasta el borde del mar, y él la observa allí, juntando cosas de la superficie y poniéndolas en los platos.

Ella vuelve y pone los platos sobre la manta y los dos se sientan con las piernas cruzadas sobre la arena, y ella empieza a comer.

Él mira su plato y ahí, en el centro, hay un montoncito de guijarros, menudos guijarros vueltos redondos y suaves por el mar.

Él levantó un guijarro y lo examinó: realmente, no era más que una piedra.

Se puso uno de ellos en la boca, e hizo una pequeña mueca, lo tragó… y lo deglutió.

Ella observó: “Es un poco difícil al principio, pero uno se acostumbra después de un tiempo”.

Habría otra forma de terminar esta historia, pero ese final es pornográfico y yo no escribo esa clase de cosas.

La pornografía no tiene ningún lugar de ninguna clase en la literatura.



* Texto extraído de El idioma de los gatos

Ilustración: Louise Bourgeois

viernes, 19 de agosto de 2016

"Si me necesitas llámame" de Raymond Carver

Tess Gallagher, la viuda de Raymond Carver, jura que es lo último que quedaba: un puñado de cinco cuentos inéditos, escritos entre fines de los ‘70 y principios de los ‘80 por el autor de Catedral, que quedaron traspapelados en el ático de la última casa que habitaron. Y que son el plato fuerte de Call If You Need Me, el excelente volumen de miscelánea recién aparecido en Inglaterra, que completa la edición de las obras de Carver.










Raymond Carver(1939-1988)


Si me necesitas, llámame(“Call If You Need Me”)


Originalmente publicado en Granta, n.° 68 (invierno de 1999): 9-21;
Call If You Need Me (2000);
Collected Stories (2009)


      Los dos habíamos estado involucrados con otras personas esa primavera, pero cuando llegó junio y terminaron las clases decidimos poner en alquiler nuestra casa en Palo Alto y trasladarnos a la costa más al norte de California. Nuestro hijo, Richard, pasaría el verano en casa de la madre de Nancy, en Pasco, Washington, donde podría trabajar y ahorrar algo de dinero para la universidad. Ella estaba al tanto de la situación en casa y ya estaba buscándole un empleo por la temporada. Había hablado con un granjero que aceptó tomar a Richard para que juntara heno y arreglara alambrados. Un trabajo duro, pero Richard estaba conforme. Lo llevé a la terminal el día después de su graduación y me senté con él hasta que anunciaron su ómnibus. Su madre ya lo había despedido llorando y le había dado una larga carta que él debía entregar a la abuela en cuanto llegara. Prefirió quedarse terminando las valijas y esperando a la pareja que alquilaría nuestra casa. Yo compré el pasaje de Richard, se lo di y me senté a su lado en uno de los bancos de la terminal. En el viaje hasta allá habíamos hablado un poco de la situación. 
       —¿Van a divorciarse? —había preguntado él. 
       —No, si podemos evitarlo —le contesté. Era un sábado por la mañana y había poco tránsito—. Ninguno de los dos quiere llegar a eso. Por eso nos vamos; por eso no queremos ver a nadie durante el verano. Y por eso te enviamos con la abuela. Para no mencionar el hecho de que volverás con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos y tratar de solucionar las cosas. 
       —¿Aún amas a mamá? Ella dice que te sigue queriendo. 
       —Por supuesto que la amo. Deberías saberlo a esta altura. Sólo que hemos tenido nuestra cuota de problemas, y necesitamos un poco de tiempo juntos, a solas. No te preocupes. Disfruta el verano y trabaja y ahorra un poco de dinero. Considéralo unas vacaciones de nosotros. Y trata de pescar. Hay muy buena pesca por allá. 
       —Y esquí acuático. Quiero aprender. 
       —Nunca hice esquí acuático. Haz un poco de eso también. Hazlo por mí. 
       Cuando anunciaron su ómnibus lo abracé y volví a decirle: 
       —No te preocupes. ¿Dónde está tu pasaje? 
       Él se palmeó el bolsillo de su campera. Lo acompañé hasta la fila frente al ómnibus, volví a abrazarlo y le di un beso en la mejilla. Adiós, papá, dijo él y me dio la espalda para que no viera sus lágrimas. 
       Al volver a casa, nuestras valijas y cajas estaban junto a la puerta. Nancy estaba en la cocina tomando café con los inquilinos, una joven pareja de estudiantes de posgrado de matemática, a quienes había visto por primera vez en mi vida pocos días antes, pero igual les di la mano a ambos y acepté una taza de café de Nancy mientras ella terminaba con la lista de indicaciones de lo que ellos debían hacer en la casa en nuestra ausencia y adónde debían enviarnos el correo. Su cara estaba tensa. La luz del sol avanzaba sobre la mesa a medida que pasaban los minutos. Finalmente todo pareció quedar en orden, y los dejé en la cocina para dedicarme a cargar nuestro equipaje en el coche. La casa a la que íbamos estaba completamente amueblada, hasta los utensilios de cocina, así que no necesitábamos llevar más que lo esencial. 
       Había hecho los quinientos kilómetros desde Palo Alto hasta Eureka tres semanas antes, y alquilado entonces la casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con la que estaba saliendo. Nos quedamos en un motel a las puertas del pueblo durante tres noches, mientras recorría inmobiliarias y revisaba los clasificados. Ella me vio firmar el cheque por los tres meses de alquiler. Más tarde, en el motel, tirada en la cama con la mano en la frente, me dijo: “Envidio a tu esposa. Cuando hablan de la otra mujer, siempre dicen que es la esposa quien tiene los privilegios y el poder real, pero nunca me lo creí ni me importó. Ahora, en cambio, entiendo qué quieren decir. Y envidio a Nancy. Envidio la vida que tendrá a tu lado. Ojalá fuera yo la que va a estar contigo en esa casa todo el verano. Cómo me gustaría. Me siento tan gastada”. Yo me limité a acariciarle el pelo. 
      Nancy era alta, de pelo y ojos castaños, de piernas largas y espíritu generoso. Pero últimamente venía baja de espíritu y de generosidad. El hombre con el que estaba viéndose era colega mío, un divorciado de eterno traje con chaleco y pelo canoso, que bebía demasiado y a quien a veces le temblaban un poco las manos durante sus clases, según me contaron algunos de mis alumnos. Él y Nancy habían iniciado su romance en una fiesta, poco después de que ella descubriera mi infidelidad. Suena aburrido y cursi; es aburrido y cursi, pero así fue toda aquella primavera, nos consumió las energías y la concentración al punto de excluir todo lo demás. hasta que, en algún momento de abril, comenzamos a hacer planes para alquilar la casa e irnos todo el verano, los dos solos, a tratar de reparar lo que hubiera para reparar, si es que había algo. Los dos nos habíamos comprometido a no llamar, ni escribir, ni intentar el menor contacto con nuestros amantes. Hicimos los arreglos para Richard, encontramos los inquilinos para nuestra casa y yo miré en un mapa y enfilé hacia el norte desde San Francisco hasta Eureka, donde una inmobiliaria me encontró una casa amueblada en alquiler por el verano para una respetable pareja de mediana edad. Creo que incluso usé la expresión “segunda luna de miel”, Dios me perdone, mientras Susan fumaba y leía folletos turísticos en el auto estacionado fuera de la inmobiliaria. 
       Terminé de cargar las cosas en el coche y esperé que Nancy se despidiera por última vez en el porche. Yo saludé desde mi asiento y los inquilinos me devolvieron el saludo. Nancy se sentó y cerró su puerta. “Vamos”, dijo y yo arranqué. Al entrar en la autopista vimos un coche con el escape suelto y arrancando chispas del pavimento. “Mira”, dijo Nancy y esperamos hasta que el coche se salió de la autopista y frenó, antes de seguir viaje. 
       Paramos en un café cerca de Sebastopol. Estacioné y nos sentamos a una mesa frente a la ventana del fondo. Pedimos sandwiches y café, yo encendí un cigarrillo mientras Nancy deslizaba el dedo por las vetas de la madera de la mesa. Entonces noté un movimiento por la ventana y al mirar en esa dirección vi un colibrí en los arbustos allá afuera. Sus alas vibraban en un borroso frenesí mientras su pico se internaba en una de las flores. 
       —Mira, un colibrí —dije, pero antes de que Nancy levantara la cabeza el pájaro ya no estaba. 
       —¿Dónde? No veo nada. 
       —Estaba ahí hasta hace un momento. Ahí está. No; es otro, creo. 
       Nos quedamos mirando hasta que la camarera trajo nuestro pedido. 
       —Buena señal —dije—. Los colibríes traen suerte, ¿no? 
       —Creo haberlo oído en alguna parte —dijo Nancy—. No podría decir dónde pero sí, no nos vendría mal un poco de suerte. 
       —Una buena señal. Me alegro de que hayamos parado aquí. 
       Ella asintió, dejó pasar un largo minuto y probó su sandwich. 
      Llegamos a Eureka antes del anochecer. Pasamos el motel en la ruta donde había estado con Susan dos semanas antes, nos internamos por un camino que subía una colina que miraba al pueblo y pasamos frente a una estación de servicio y un almacén. Las llaves de la casa estaban en mi bolsillo. A nuestro alrededor sólo se veían colinas arboladas y praderas con ganado pastando. 
       —Me gusta —dijo Nancy—. No veo el momento de llegar. 
       —Estamos cerca —dije—. Es más allá de esa loma. Ahí —y enfilé el coche por un camino flanqueado de ligustros—. Ahí la tienes. ¿Qué opinas? Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando hicimos el mismo camino para ver la casa por primera vez. 
       —Me gusta; es perfecta. Bajemos. 
       Miramos a nuestro alrededor en el jardín del frente antes de subir los escalones del porche. Abrí la puerta con la llave que traía y encendí las luces adentro. Recorrimos los dos dormitorios, el baño, el living con muebles viejos y chimenea y la cocina con vista al valle. —¿Te parece bien? 
       —Me parece sencillamente maravillosa —dijo Nancy y sonrió—. Me alegra que la hayas en-contrado. Me alegra que estemos aquí. —Abrió y cerró la heladera, luego pasó los dedos por la mesada de la cocina. —Gracias a Dios está limpia. Ni siquiera hace falta una limpieza. 
       —Nada. Hasta nos pusieron sábanas limpias. La alquilan así. 
       —Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy cuando volvimos al living—. Con noches así debemos usar la chimenea, ¿no? 
       —Mañana. Podemos hacer unas compras también. Y recorrer el pueblo. 
       Nancy me miró y dijo nuevamente: 
       —Me alegra que estemos aquí. 
       —Yo también —dije y abrí los brazos y ella vino hacia mí. Cuando la abracé sentí que temblaba. Le alcé el mentón y la besé en ambas mejillas. 
       —Me alegra que estemos aquí —repitió ella contra mi pecho. 
      Durante los días siguientes nos instalamos, recorrimos las calles del pueblo mirando vidrieras y dimos largos paseos por el bosque que se alzaba atrás de la casa. Compramos provisiones, yo encontré un aviso en el diario que ofrecía leña, llamé y poco después aparecieron dos muchachos de pelo largo en una camioneta que nos dejaron una carga de aliso en el garaje. Esa noche nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de conseguir un perro. 
       —No quiero un cachorro —dijo Nancy—. No quiero nada que implique ir limpiando a su paso o rescatando lo que quiere mordisquear. Pero me gustaría un perro. Hace tanto que no tenemos uno... Creo que podríamos arreglarnos con un perro aquí. 
       —¿Y cuando volvamos, cuando termine el verano? —dije yo y entonces reformulé la pregunta: —¿Estás dispuesta a tener un perro en la ciudad? 
       —Ya veremos. Pero busquemos uno, mientras tanto. No sé lo que quiero hasta que lo veo. Revisemos los clasificados y veamos qué pasa. 
      Aunque los días siguientes seguimos hablando de perros y hasta señalando los que nos gustaban frente a las casas por las cuales pasábamos, no llegamos a nada y seguimos sin perro. Nancy llamó a su madre y le dio nuestra dirección y teléfono. Richard ya estaba trabajando y parecía contento, dijo la madre. Y ella se sentía bien. Nancy le contestó: 
       —Nosotros también. Esto es como una cura. 
       Un día íbamos por la ruta frente al océano y, desde una loma, vimos unas lagunas que formaban los médanos muy cerca del mar. Había gente pescando en la orilla y en un par de botes. Frené a un costado de la ruta y dije: 
       —Vamos a ver qué están pescando. Quizá valga la pena conseguirnos unas cañas y probar. 
       —Hace años que no vamos de pesca. Desde que Richard era chico, aquella vez que fuimos de campamento cerca del monte Shasta, ¿recuerdas? 
       —Me acuerdo. Y también me acuerdo de cuánto extraño pescar. Bajemos a ver qué están sacando. 
       —Truchas —dijo uno de los pescadores—. Trucha arcoiris y algún que otro salmón. Vienen en el invierno, cuando el mar horada los médanos. Y, con la primavera, cuando se cierra el paso, quedan atrapados. Es buena época, ésta. Hoy no pesqué nada pero el domingo saqué cuatro. De lo más sabrosos. Dan una batalla tremenda. Los de los botes creo que sacaron algo hoy, pero yo todavía no. 
       —¿Qué usan de carnada? —preguntó Nancy. 
       —Lo que sea. Lombrices, marlo de choclo, huevos de salmón. Basta tirar la línea y dejarla reposar hasta el fondo. Y estar atento. 
       Nos quedamos un rato pero el hombre no sacó nada y los de los botes tampoco. Sólo iban y venían por la laguna. 
       —Gracias. Y suerte —dije al fin. 
       —Que tengan suerte ustedes también. Los dos —contestó el hombre. 
       A la vuelta paramos en una casa de artículos deportivos y compramos unas cañas baratas, unos rollos de tanza y anzuelos y carnada. Sacamos unalicencia también y decidimos ir de pesca la mañana siguiente. Pero esa noche, después de la cena y de lavar los platos y poner unos leños en la chimenea, Nancy dijo que no iba a funcionar. 
       —¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres? 
       —No va a funcionar, enfrentémoslo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. No quiero ir a pescar y no quiero un perro. Creo que quiero ir a lo de mi madre y estar con Richard. Sola. Quiero estar sola. Extraño a Richard -dijo y empezó a llorar—. Es mi hijo, es mi bebé, y está creciendo y pronto se irá. Y lo extraño. Lo extraño. 
       —¿También extrañas a Del, a Del Schraeder, tu amante? ¿Lo extrañas a él también? 
       —Extraño a todo el mundo. A ti también. Hace mucho que te extraño. Te he extrañado tanto durante tanto tiempo que te he perdido. No sé cómo explicarlo mejor. Pero sé que te perdí. Ya no me perteneces. 
       —Nancy —dije yo. 
       —No, no —dijo ella y negó con la cabeza. Sentada en el sofá de frente al fuego siguió negando y negando y luego dijo: —Voy a tomar un avión para allá mañana. Cuando me haya ido puedes llamar a tu amante. 
       —No voy a hacer eso. No tengo la menor intención de hacer eso. 
       —Sí, lo harás. Vas a llamarla en cuanto me haya ido. 
       —Y tú vas a llamar a Del —dije. Y me sentí una basura por decirlo. 
       —Haz lo que quieras —dijo ella secándose las lágrimas con la manga—. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica, pero me iré mañana. Mejor me iré a acostar ahora; estoy exhausta. Lo lamento. Lo lamento mucho, por los dos. Pero no vamos a lograrlo. Ese pescador, hoy. Nos deseó suerte a los dos. Yo también nos deseo suerte. Vamos a necesitarla. 
       Entonces se encerró en el baño y dejó correr el agua. Yo salí a los escalones del porche y me senté a fumar un cigarrillo. Estaba oscuro y silencioso, apenas se veían las estrellas en el cielo. Jirones de niebla del océano ocultaban el valle y el pueblo allá abajo. Me puse a pensar en Susan. Oí que Nancy salía del baño y oí que se cerraba la puerta del dormitorio. Entonces entré y puse otro leño en la chimenea y esperé hasta que se avivara el fuego. Luego fui al otro dormitorio. Abrí la colcha y me quedé mirando el estampado floral de las sábanas. Me di una ducha, me puse el pijama y volví frente a la chimenea. La niebla ya llegaba a las ventanas del living. Fumé mirando el fuego y, cuando volví a mirar por la ventana, creí ver algo que se movía en la niebla. 
       Me acerqué a la ventana. Un caballo estaba pastando en el jardín, entre la niebla. Alzó la cabeza para mirarme y volvió a su tarea. Vi otro cerca del auto. Encendí la luz del porche y me quedé mirándolos. Eran caballos grandes, blancos, de largas crines, seguramente de alguna granja de los alrededores con algún alambrado caído y vaya a saberse cómo habían llegado hasta nuestra casa. Parecían estar disfrutando inmensamente su escapada. Pero se los notaba un poco nerviosos también: podía verles el blanco de los ojos desde la ventana. Sus orejas iban y venían al ritmo de sus mordiscos. Un tercer caballo apareció entonces y luego un cuarto, todos blancos, pastando en nuestro jardín. 
       Fui al dormitorio a despertar a Nancy. Tenía los ojos enrojecidos y los párpados hinchados, y se había puesto ruleros y había una valija abierta a los pies de la cama. 
       —Nancy, tienes que venir a ver esto. No vas a creerlo. Vamos, levántate. 
       —¿Qué pasa? Me estás lastimando. Qué pasa. 
       —Querida, tienes que ver esto. No voy a lastimarte. Perdona si te asusté. Pero tienes que levantarte y venir a ver esto. 
       Pocos minutos después estaba a mi lado en la ventana, atándose la bata. 
       —Dios, son hermosos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son. 
       —De alguna granja vecina, supongo. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. Pero quería que los vieras antes. 
       —¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél, el que acaba de mirarnos. —No creo que muerdan. No parecen esa clase de caballos. Pero ponte algo encima si vamos a salir. Hace frío afuera. 
       Me puse la campera encima del pijama y esperé a Nancy. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. Todos levantaron sus cabezas. Uno resopló y retrocedió unos pasos, pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Nancy estaba acariciando las crines de otro, mientras murmuraba: “¿De dónde vienes, caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?”, mientras el animal movía su cabeza como si entendiera. 
       —Será mejor que llame al sheriff —dije. 
       —Todavía no. Un rato más. Nunca veremos algo igual. Nunca, nunca tendremos caballos en nuestro jardín. Un rato más, Dan. 
       Poco después, mientras Nancy seguía yendo de uno a otro, palmeándolos y acariciándolos, uno de los caballos comenzó a rumbear hacia la ruta, más allá de nuestro auto y supe que era momento de llamar. 
      En pocos minutos vimos las luces de dos patrulleros en la niebla y poco después llegó una camioneta con un acoplado para caballos, de la que bajó un tipo con gamulán, que se acercó a los caballos y necesitó un lazo para lograr que entrara el último en el acoplado. 
       —¡No le haga daño! —dijo Nancy. 
       Cuando se fueron volvimos al living y yo dije que iba a hacer café y pregunté a Nancy si quería una taza. 
       —Te diré lo que quiero —dijo ella—. Me siento bien, Dan. Me siento como borracha, como... No sé cómo, pero me gusta. No quiero dormir; no podría dormir. Haz un poco de café y a ver si encuentras algo de música en la radio y puedes avivar el fuego. 
       Así que nos sentamos frente a la chimenea y bebimos café y escuchamos viejas canciones por la radio y hablamos de Richard y de la madre de Nancy y bailamos. Ninguno aludió en ningún momento a nuestra situación. La niebla seguía allí, detrás de las ventanas, mientras hablábamos y éramos gentiles el uno con el otro. Hasta que, cerca del amanecer, apagué la radio y nos fuimos a la cama e hicimos el amor. 
      Al mediodía siguiente, luego de que ella terminara su valija, la llevé al aeródromo desde donde volaría a Portland y de allí haría el trasbordo que la dejaría en Pasco por la noche. 
       —Saluda a tu madre de mi parte. Y dale un abrazo a Richard. Y dile que lo extraño. Y que lo quiero. 
       —Él también te quiere. Lo sabes. En cual-quier caso, lo verás después del verano. —Yo asentí. —Adiós —dijo ella. Y me abrazó. Yo le devolví el abrazo—. Me alegro por anoche. Los caballos. La charla. Todo. Ayuda. No lo olvidaremos —y empezó a llorar. 
       —Escríbeme, ¿quieres? —dije yo—. Nunca pensé que fuera a pasarnos. En todos estos años. Nunca lo pensé. Ni un sola vez. No a nosotros. 
       —Te escribiré. Mucho. Las cartas más largas que hayas visto desde las que me enviabas en el secundario. 
       —Las estaré esperando. 
       Ella me miró largamente y me acarició la cara. Entonces me dio la espalda y se alejó por la pista rumbo al avión. 
       Ve, mi más querida, y que Dios esté contigo. 
       Ella abordó el avión y yo me mantuve en mi lugar hasta que se encendieron los motores y la nave empezó a carretear por la pista y despegó sobre la bahía y se convirtió en una mancha en el horizonte. 
       Volví a la casa, estacioné el coche y miré las huellas que habían dejado los caballos la noche anterior, los trozos de pasto arrancado y las marcas de herraduras y los montones de bosta aquí y allá. Entonces entré en la casa y, sin sacarme el saco siquiera, levanté el teléfono y marqué el número de Susan. 

jueves, 18 de agosto de 2016

"Parábola del trueque" de Juan José Arreola

Juan José Arreola Zúñiga (Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, Jalisco, 21 de septiembre de 1918 - Guadalajara, Jalisco, 3 de diciembre de 2001)  fue un escritor, académico, traductor y editor mexicano. De formación autodidacta (nunca terminó la primaria) desempeñó los más diversos oficios a lo largo de su vida. Arreola pertenece a la generación del 50, que incluye a autores como Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Sergio Magaña, Ernesto Cardenal, Jaime Sabines, Juan Rulfo, Rubén Bonifaz Nuño . Gracias a obras como Confabulario (1952) Bestiario (1959) y La Feria (1963) se le considera como uno de los impulsores más importantes del cuento fantástico contemporáneo en México así como uno de los máximos exponentes de la minificción mexicana, junto con Julio Torri y Augusto Monterroso.






Parábola del trueque
Juan José Arreola


Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

"La Tempestad De Nieve" de Alexander Pushkin

María Gavrílovna es una joven rusa que se enamora de Vladimir, un alférez del ejército. Debido a la humilde condición del muchacho, los padres de María no aprueban la relación. Los amantes deciden que la única solución a sus penas amorosas es fugarse y casarse en secreto. Para llevar a cabo la boda clandestina, planean encontrarse en la aldea de Zhádrino. La noche señalada, se levanta una fuerte tormenta de nieve que impide a Vladimir llegar a tiempo. Los novios no se encuentran y, poco tiempo después, él muere en el frente. Durante muchos meses María rechaza a todos sus pretendientes, fiel al recuerdo de su amado. Hasta que un día llega a la aldea Burmín, un coronel discreto e inteligente que despertará de nuevo el interés en María...



martes, 16 de agosto de 2016

"Clase" de Charles Bukowski

Clase es un cuento de Charles Bukowsky.



















Clase

Charles Bukowski


No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tipo. Había periodistas, críticos, escritores -bueno, toda esa tribu- y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

-¿Señor Hemingway?

-¿Sí, qué pasa?

-Me gustaría cruzar los guantes con usted.

-¿Tienes alguna experiencia en boxeo?

-No.

-Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.

-Mire, estoy aquí para romperle el culo.

Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tipo que estaba en el rincón:

-Ponle al chico unos calzones y unos guantes.

El tipo saltó fuera del ring y yo lo seguí hasta los vestuarios.

-¿Estás loco, chico? -me preguntó.

-No sé. Creo que no.

-Toma. Pruébate estos calzones.

-Bueno.

-Oh, oh… Son demasiado grandes.

-A la mierda. Están bien.

-Bueno, deja que te vende las manos.

-Nada de vendas.

-¿Nada de vendas?

-Nada de vendas.

-¿Y qué tal un protector para la boca?

-Nada de protectores.

-¿Y vas a pelear en zapatos?

-Voy a pelear en zapatos.

Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.

No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

-Ahora, cuando caigas a la lona -me dijo el árbitro- yo…

-No me voy a caer -le dije al árbitro.

Siguieron otras instrucciones.

-Muy bien, vuelvan a sus rincones; y cuando suene la campana, salgan a pelear. Que gane el mejor. Y -se dirigió hacia mí- será mejor que te quites ese puro de la boca.

Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.

Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla; me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.

Un tipo vino con una toalla.

-El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.

-Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.

El tipo con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.

Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.

¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.

Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.

Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tipo.

-¿Quién eres? -me preguntó-. ¿Cómo te llamas?

-Henry Chinaski.

-Nunca he oído hablar de ti -dijo.

-Ya oirás.

Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo -bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas-. Y clase, verdaderos rayos de clase.

-¿Qué sueles hacer? -preguntó alguien.

-Follar y beber.

-No, no -quiero decir en qué trabajas.

-Soy friegaplatos.

-¿Friegaplatos?

-Sí.

-¿Tienes alguna afición?

-Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.

-¿Escribes?

-Sí.

-¿El qué?

-Relatos cortos. Son bastante buenos.

-¿Has publicado algo?

-No.

-¿Por qué?

-No lo he intentado.

-¿Dónde están tus historias?

-Allá arriba -señalé una vieja maleta de cartón.

-Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.

-Por mí de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.

La estrella de clase y alta sociedad se acercó:

-Él estará conmigo.

Luego me dijo:

-Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.

Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

-¿Qué coño pasó?

-Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway -le dijo alguien.

Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

-Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.

-Estreché su mano-no te vueles los sesos.

Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.

El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.

-George -le dijo-. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.

Entramos y había un tipo enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.

-Tommy -dijo ella- desaparece.

Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

-¿Quién era ese grandulón?

-Thomas Wolfe -dijo ella-. Un coñazo.

Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.

Entonces dijo:

-Vamos.

La seguí hasta el dormitorio.

A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

-¿Señor Chinaski?

-¿Sí?

-Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!

-¿Sólo de la década?

-Bueno, tal vez del siglo.

-Eso está mejor.

-Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.

-Me lo creo -dije.

El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.