domingo, 16 de julio de 2017

"La hermana de la coneja" de Jaime Roos






En un deposito sucio 
bastión de la ciudad vieja 
la hermana de la coneja 
perdio la virginidad 
testigo en la oscuridad 
un colchon apolillado 
que quedo como estampado 
con indeleble memoria 
y es origen de esta historia 
que no se bien si es verdad 

fue como siempre sucede 
se colaron con el ttito 
aquel morocho flaquito 
que la conquisto con mimos 
y desafiando al destino 
se dejo de franeleos 
se alboroto el avispero 
dieciseis años es mucho 
cuando te da como un chucho 
y la vida pide cuero 

despues cuentos conocidos 
que,que le vamos a hacer 
que no lo podes tener, 
que ya consegui la guita 
un llanto cuatro caricias 
que todo va a salir bien 
el fondo de un almacen 
el adios al flaco tito 
y el comienzo de un periplo 
mas amacado que un tren 



hoy es señora de tal 
y en el este veranea 
no imagina el que la vea 
que era de playa pascual 
su camelo viene mal 
bate,chicos y colegio 
te la trabaja de regio 
y anda en checo bien de bute 
con goma en lugar de yute 
y sin preguntar los precios 

ahora si que se divierte 
en pavada de colchon 
pelo corto a la garçon 
y lentes con cadenita 
recurre al sicoanalista 
a la hermana ni la nombra 
pero la marca una sombra 
que nunca pudo esquibar 
como la vino a quedar 
alla por la ciudad vieja 

la hermana de la coneja

"Lo que el tiempo me enseñó" de Tabaré Cardozo y El Canario Luna





El tiempo me enseñó que con los años, 
se aprende menos de lo que se ignora. 
El tiempo, que es un viejo traicionero, 
te enseña cuando ya llegó la hora. 
El tiempo me enseñó como se pudo 
en la universidad arrabalera. 
Con la verdad prendida en una esquina, 
igual que un farolito en la vereda. 

Lailailai... 

El tiempo me enseñó que los amigos 
se cuentan con los dedos de una mano. 
Por eso debe ser que no los cuento, 
para pensar que tengo mil hermanos. 
El tiempo me enseñó que los traidores 
se sientan en la mesa a tu costado. 
Y el hombre que te da la puñalada, 
comparte el pan con esas mismas manos. 



Lai... 

Porque no tengo nada que me sobre 
por eso es que yo digo que soy rico. 
Porque prefiero ser un tipo pobre 
a ser alguna vez, un pobre tipo. 
El tiempo me enseñó que las banderas, 
son palos con jirones que flamean 
y el mapa es un papel que se reparten 
los reyes mientras los hombres pelean. 

El tiempo me enseñó que la miseria 
es culpa de los hombres miserables; 
que la justicia tarda y nunca llega 
pero es la pesadilla del culpable. 
El tiempo me enseñó que la memoria 
no es menos poderosa que el olvido; 
es solo que el poder de la victoria 
se encarga de olvidar a los vencidos. 

El tiempo me enseñó que los valientes 
escribirán la historia con su sangre, 
pero la historia escrita de los libros 
se escribe con la pluma del cobarde. 
El tiempo me enseñó que desconfiara 
de lo que el tiempo mismo me ha enseñado. 
Por eso a veces tengo la esperanza 
que el tiempo pueda estar equivocado.

Café del Sur: Que siga el baile

Viaje a Montevideo para descubrir los orígenes negros de la música del Río de la Plata.














sábado, 15 de julio de 2017

"Cuento Azul" de Marguerite Yourcenar

“El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes, y con el balanceo del barco parecía estar saltando como una pelota…” Marguerite Yourcenar, Bélgica.


Relatos de Guillermo Cabrera Infante

Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 - Londres, 21 de febrero de 2005) fue un escritor y guionista cubano, que después de exiliarse de su país obtuvo la ciudadanía británica, Premio Cervantes 1997.
Era el hijo mayor del periodista Guillermo Cabrera y de Zoila Infante, ambos militantes comunistas y fundadores de la organización del partido en Gibara, razón por la cual fueron arrestados con Cabrera Infante, quien entonces, a los siete años de edad, pasaría varios meses en prisión. De origen canario (sus antepasados eran de La Palma), en 1941 se trasladó con su familia a La Habana.

A los 19 años, escribió, producto de una apuesta, una parodia de El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, que llevó a Bohemia. Para su asombro, la revista la publicó (1948) y, según Cabrera Infante, “lo que ocurrió entonces, cambió mi vida definitivamente”.

Inició estudios de Medicina, que dejó para pasar a Periodismo en 1950, pues ya empezaba a descubrir que sus aficiones, la literatura y el cine, serían las pasiones a las que dedicaría su vida.

En 1952 los censores del régimen de Fulgencio Batista encontraron a Cabrera culpable de incorporar obscenidades en un cuento que había escrito ese año. Como castigo, se le prohibió publicar con su nombre, asunto que fue resuelto mediante el uso del seudónimo G. Caín, una contracción de sus apellidos. En 1954, se convirtió en crítico cinematográfico de la revista Carteles en la que firmaba con su seudónimo (que utilizaría posteriormente en algunos de sus guiones) y con la que colaboraría hasta 1960. En las postrimerías de la década del cincuenta, Cabrera Infante escribió la mayor parte de las historias que serían compiladas más tarde en Así en la paz, como en la guerra.

Se casó con Marta Calvo (1934) en 1953 y tuvo con ella dos hijas (Ana, en 1954 y Carola, en 1958). Sin embargo, cinco años más tarde conoció a la actriz cubana Miriam Gómez, con la que se casó el 9 de diciembre de 1961 tras divorciarse de su primera mujer.


Tras la llegada al poder de Fidel Castro en 1959, Cabrera Infante, que había apoyado la Revolución cubana, fue nombrado director del Consejo Nacional de Cultura, ejecutivo del Instituto del Cine y subdirector del diario Revolución (actual Granma), encargándose de su suplemento literario, Lunes de Revolución, en el que pretendía llevar a cabo los sueños de libertad y desarrollo cultural de la revolución. Sin embargo, sus relaciones con el régimen pronto se deterioraron, debido al corto que Orlando Jiménez Leal y su hermano, Alberto "Sabá" Cabrera Infante (1933-2002), rodaron a finales de 1960. El corto P.M., el cual, sin una estructura definida, describía las maneras de divertirse de un grupo de habaneros durante un día de finales de 1960, fue prohibido al año siguiente por Castro. Estalló la polémica en las páginas de Lunes de Revolución, hasta que el suplemento fue suprimido (1961). La luna de miel de la revolución cubana con los intelectuales tocaba a su fin. En su discurso del 30 de junio de 1961 (Palabras a los intelectuales), Fidel Castro pronunció su célebre frase Dentro de la Revolución todo; contra de la Revolución, nada.




domingo, 2 de julio de 2017

Café del Sur: Feliz cumpleaños Café del Sur

Hoy estamos de fiesta. Café del Sur cumple 8 años. Lo celebramos con una selección musical especial dedicada a todos ustedes, que nos han venido acompañando a lo largo de estos años con su interés, cariño y con su oído siempre tan atento. Músicas y canciones de amor y de lucha, de viajes y exilios, románticas palabras y dulces notas para seguir tomando todos el café al sur.













martes, 27 de junio de 2017

"Amor verdadero" de Isaac Asimov

Un cuento incluido en la colección de cuentos: "Sueños de Robot". Escrito por el maestro de la ciencia ficción. Isaac Asimov.









"El bergantín holandés" de Guillaume Apollinaire

Guillaume Apollinaire (1880-1918): narrador y poeta francés, perteneciente al Dadaísmo. Fue el primero en usar el término "surrealista", y lo hizo en referencia a su drama Las tetas de Tiresias. Su libro más conocido es Caligramas: un conjunto de poemas en donde lleva a los límites la experimentación formal, anticipando la escritura automática del surrealismo.
El cuento "El bergantín holandés" (o, según otras versiones, "El mono y el loro", título bastante más adecuado para este relato) fue tomado de Cuentos breves para leer en el bus.




lunes, 26 de junio de 2017

"Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos" de Boris Pilniak

Borís Pilniák  11 de octubre de 1894, Mozhaisk – 21 de abril de 1938, Moscú fue un escritor ruso. Nacido Borís Andréyevich Wogáu , fue uno de los mayores partidarios del anti-urbanismo, y crítico de la sociedad mecanizada. Estas perspectivas lo llevaron a menudo a relaciones desfavorables con el gobierno soviético. Sus principales obras son El año desnudo, Mahogania, Volga desemboca en el mar Caspio, y OK. Novela americana. Este último es un negativo cuaderno de viaje, de su visita en 1931 a los Estados Unidos.
Nació en una familia de alemanes del Volga, desde los nueve años comenzó a mostrar aptitudes para la escritura. Asistió a la escuela en Nizhni Nóvgorod, y posteriormente se trasladó a Moscú, donde se graduó de veterinario. Durante sus años de universitario continuó desarrollando artículos y ensayos.

En el transcurso de la Primera Guerra Mundial visitó el Frente Oriental, en nombre del Gobierno Provisional. Después de la Revolución de Octubre fue detenido por soldados bolcheviques y durante un tiempo estuvo en peligro de ser ejecutado.

Fue patrocinado por Anatoli Lunacharski, Comisario del pueblo de Educación, para que pudiese escribir a tiempo completo. Su primera novela, El año desnudo (1922), se ocupó de la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Su historia, El cuento de la Luna inextinguible (1926), habla de la sospechosa muerte de Mijaíl Frunze, esto alarmó al gobierno soviético e inmediatamente fue prohibida. Su novela, El árbol rojo, publicada en Alemania (1929), retrato compasivo de León Trotski, así como el hecho de haberla publicado en el extranjero, provocaron su remoción de la dirección de la Unión Panrusa de Escritores , una de las antecesoras de la Unión de Escritores Soviéticos que sería fundada en 1934).

En 1937 (28 de octubre) fue arrestado por cargos de actividades contrarrevolucionarias, espía y terrorismo. Un reporte alegaba que “él sostuvo reuniones secretas con André Gide, y le suministró información acerca de la situación en la URSS. No hay duda de que Gide utilizó dicha información en este libro (Regreso de la URSS) atacando a la URSS.”

Pilniák fue juzgado el 21 de abril de 1938. En el proceso, que duró 15 minutos, fue condenado a muerte. Un pequeño papel amarillo sujetado a sus archivos rezaba: “Sentencia llevada a cabo.” Está enterrado en el campo de fusilamiento de Communarka.


domingo, 25 de junio de 2017

"La compra de la República", de Giovanni Papini

Un cuento descreído sobre todos los gobiernos. Nunca hay que olvidar que, gobierne quien gobierne, no existen los políticos desinteresados y desprendidos.


La compra de la República


(Capítulo de la novela Gog)




Giovanni Papini
Nueva York, 22 de marzo.

En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.

La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por paniaguados1 suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

Un agente norteamericano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.

Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.

Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.



Café del Sur: Los condenados de la tierra

‘Ustedes, tan liberales, tan humanos, tan enamorados de la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre’. Con estas palabras de Jean Paul Sartre, escritas como prólogo, empieza uno de los libros que más trascendencia tuvo en los procesos de liberación nacional en la segunda mitad del siglo XX. Desde la independencia de Argelia hasta la revolución cubana, pasando por la liberación de Angola, de Nicaragua, la guerra civil en El Salvador. Todos leyeron este libro, publicado en 1961 por Frantz Fanon. Siempre en el ‘61 se publicaba también otro libro fundamental: ‘Historia de la locura’, firmado por Michel Foucault. En nuestro programa de hoy intentaremos buscar una banda sonora para estos dos libros que cambiaron para siempre el mundo.







sábado, 24 de junio de 2017

"Abecedario" de Luisa Valenzuela

Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires, Argentina, un 26 de noviembre. Residió varios años en París y Nueva York, con largas estancias en Barcelona y México. Durante su dilatada carrera, que abarca ya cincuenta años de ininterrumpida dedicación a la literatura, ha publicado más de 30 libros, entre novelas, volúmenes de cuentos, microrrelatos y ensayos.








"La búsqueda del diablo" de Antonio Di Benedetto

El escritor Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunas materias de abogacía, se dedicó al periodismo: fue subdirector de los diarios Los Andes y El Andino y corresponsal de La Prensa. En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal, al que le siguieron, entre otros, El Pentágono (1955), Zama (1956), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969). 

Su literatura se encuadra en un sistema narrativo que, si bien responde a cánones de filiación realista, registra los desvíos y las nuevas formulaciones de la renovación de los años sesenta. Promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo al sostener una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional. Obtuvo numerosos premios y distinciones internacionales: el gobierno italiano lo condecoró como Caballero de la Orden de Mérito (1969), fue designado miembro fundador del Club de los XIII (1973) y recibió la Beca Guggenheim (1974). En 1976, pocas horas antes del golpe militar, fue detenido por el Ejército y sometido, durante un año y medio, a cárcel y torturas.

Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente al país a finales de 1984.

Murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.



Bibliografía:




Mundo animal". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Fabril, Buenos Aires, 1953.

"El pentágono". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1955.

"Zama". Novela. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1956.

"Declinación y Ángel". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Inca, Mendoza, 1958.

"El cariño de los tontos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Goyanarte, Buenos Aires, 1961.

"El silenciero". Novela. Antonio Di Benedetto, Troquel, Buenos Aires, 1964.

"Los suicidas". Novela. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1969.

"El juicio de Dios". Antología. Antonio Di Benedetto, Orión, Buenos Aires, 1975.

"Absurdos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Pomaire, Barcelona, España, 1978.

"Caballo en el salitral". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Barcelona, España, 1981.

"Cuentos del exilio". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Buenos Aires, 1983.

"Sombras, nada más". Novela. Antonio Di Benedetto, Alianza, Madrid, España, 1985.

"Páginas escogidas". Antología. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1987.


viernes, 23 de junio de 2017

"Los Intrusos" de Marta Mercader

Programa de Radio conducido por Jorge Chacho Marzetti que sale de lunes a viernes de 23hs a 1hs por AM 750 Radio Nacional Córdoba. y www.nacionalcordoba.com.ar Producción y Web Master Manuel Allasino.




Fleur Jaeggy - Los hermosos años del castigo - Las estatuas de agua




Fleur Jaeggy: "Me gustan los autores místicos"



No es sencillo llegar hasta Fleur Jaeggy, una de las escritoras de culto más importantes de Europa, autora entre otras novelas de la célebre y concentrada Los hermosos años del castigo, El ángel de la guarda o Proleterka, mejor novela del año en 2009 para el Times Literary Supplement. En Italia, su país de adopción, no da jamás entrevistas y sólo de cuando en cuando se anima con algún medio extranjero. Tampoco resolver la entrevista es sencillo: previo paso por intermediarios y agentes, es necesario enviar las preguntas por escrito para que ella dé su aprobación. Y sin embargo, lo que en otro autor podría parecer un signo de divismo, se entiende de inmediato como la manifestación de una timidez extrema. Por fin su agente me comunica que Jaeggy me llamará por teléfono a las doce, nada de mails, nada de grabadoras.


ANDRÉS BARBA | 28/11/2014 |  Edición impresa

Fleur Jaeggy

La espera comienza a tener ya un tinte misterioso, hasta que suena por fin el teléfono y una voz elegante, con un ligero acento alemán anuncia en lengua italiana que es Fleur Jaeggy (Suiza,1940). Se oye a ratos el crujido del parqué de madera, como si estuviese cruzando un distinguido cuarto de estar milanés. Acaba de editarse por primera vez en España El dedo en la boca (Alpha Decay), una de sus primeras novelas (1968) misteriosamente inédita hasta la fecha en castellano. Un libro que, al igual que esa voz, parece haber realizado un particular viaje en el tiempo. Hago un último intento:

Pregunta: ¿No le importaría que la llamara yo desde skype para poder grabar la conversación?
Respuesta: Preferiría que no, me gusta más conversar.

P.- Escribo lento y con dificultad -me disculpo.
R.- Pero si me graba acabaré sintiéndome incómoda, siempre me siento incómoda cuando me graban la voz.

Le pregunto directamente por El dedo en la boca, una inquietante novela iniciática y envuelta en una música cruel que fue publicada cuando la autora tenía tan sólo veintiocho años.

R.- Lo siento como un libro tan lejano... apenas lo he abierto desde que lo escribí, es más, no sé ni siquiera si tengo una copia en casa. Nunca leo mis libros después de escribirlos, me parece que se alejan de mí cuando los he publicado. Le puedo hablar de gatos. ¿Usted tiene gatos?
P.- Sí, uno. Lo encontré en la calle, en Huelva.
R.- El mío se llama Tsanga y se parece mucho a su país, su madre era una gata griega muy inteligente.

La conversación ha tomado desde el principio un rumbo tan imprevisto que también yo me animo a saltarme el guión.

P.- Siempre he tenido la sensación de que sus libros suceden en algo parecido a la superficie, un lugar en el que “lo interno” ha subido hasta la superficie de la piel y se ha puesto de manifiesto. ¿Le parece a usted extraño lo que le digo?
R.- No me desagrada esa idea.

P.- Me alegra que le agrade.
R.-Yo no he dicho que me agrade, (ríe) he dicho que no me desagrada.

P.- Esto se está empezando a parecer a un diálogo de una novela de Fleur Jaeggy.
R.- (Ríe) Sí, puede ser.

P.- ¿Se describiría a sí misma como una narradora fría? 
R.-No tengo la sensación de ser una narradora fría. Me lo han dicho alguna vez pero no tengo esa sensación. Cuanto más pasa el tiempo menos cosas sé, al menos sobre mí misma. Escribo libros y luego sé que hay que hacer entrevistas pero no sé qué responder cuando me preguntan. Lo digo para que no se moleste. Seguramente le estaré pareciendo un poco decepcionante.

P.- En absoluto.

Cae entre los dos un silencio literario y extraño que, curiosamente, nos hace sentirnos mejor.

P.- También he pensado muchas veces que es usted como una especie de versión en negativo de cierta narrativa centroeuropea, como si sus novelas fueran el esqueleto de una novela de Bernhard, por ejemplo.
R.- No sabría decir, la verdad. Coincidí con Bernhard un par de ocasiones, en Roma, siempre con Ingeborg (Bachmann), le había invitado el instituto de Austria, creo, y me pareció una persona muy ingeniosa.

P.- Ingeborg Bachmann era muy amiga suya, ¿no?
R.- Sí, me falta mucho.

P.- Dijo usted en una entrevista una frase sobre ella que me pareció extraordinaria: "me dio buenos consejos fingiendo que no me los daba".
R.- Así es, fue exactamente así.

P.- Me recuerda a lo que decía Jerome Loving de Whitman: "tenía el talento de hacer hablar a las personas de lo que más sabían", como si se tratara de la descripción de una delicada bondad.
R.- Eso es muy bonito. Mucho. Recuerdo que con Ingeborg pasamos juntas un verano en el mar, he escrito sobre eso en algún sitio pero ya no recuerdo dónde. Cuando llegamos a la casa y abrimos el grifo resultó que el agua era salada, el agua del grifo, no se podía beber. Teníamos que ir al pozo a por agua para beber. Recuerdo esa imagen con mucha claridad y también que no salíamos casi nunca de la casa, siempre estábamos charlando y riendo. Creo recordar que vino a vernos Italo Calvino.

P.- Es usted traductora. Hace poco se ha publicado también en España Vidas conjeturales (Alpha Decay) en donde escribe un breve ensayo literario sobre Thomas de Quincey. ¿Sabe que usted y yo hemos traducido el mismo texto de ese autor, aquel en el que habla de su hermano William? (Thomas de Quincey, Bosquejos de infancia y adolescencia. Sexto Piso)
R.- Ah, es un texto fantástico, muy difícil de traducir. Hay un fragmento que me encanta, cuando William, el hermano de Thomas de Quincey que en ese momento es sólo un niño, intenta idear mecanismos para caminar por el techo como una araña. No sé qué me sucede con las arañas pero no quiero que nadie las mate. Me vienen a buscar, creo que han entendido que pueden estar cerca de mí porque yo no las mato. Había un par de telarañas en la escalera de mi casa y alguien las ha limpiado, seguro que ha matado las arañas. ¿A usted le gustan las arañas?

P.- No especialmente, pero mi relación con ellas ha cambiado un poco desde que he visto el tamaño que pueden llegar a tener. Mi mujer es argentina y en su ciudad, junto al Paraná, en medio de la selva le aseguro que las arañas son otra cosa.
R.- ¿Argentina? Mi madre nació en Buenos Aires, aún conservo su pasaporte argentino. Pero usted no las mata, ¿no? A las arañas... No me gusta que la gente mate a las arañas.

P.- No. ¿Recuerda, por cierto, aquella película de Bergman en que hablaban de Dios como una araña? (Tras el espejo).
R.- No, he visto esa película, pero no lo recuerdo. ¿Una araña masculina o femenina?

P.- No lo sé, la verdad.
R.- No es lo mismo que la araña sea masculina o femenina.

P.- ¿Qué tipo de música le gusta escuchar?
R.- Música clásica, me gusta mucho Mahler, las grabaciones de Elisabeth Schwarzkopf, y también Richter, el pianista.

P.- ¿Y un instrumento?
R.- (Al instante, con energía) ¡El pianoforte!

P.- ¿Y toca?
R.- Tengo un viejo Steinway, toco muy poco. De joven recibí clases y de vez en cuando me siento a tocar, siempre cosas fáciles como los preludios de Bach. Me gusta mucho tocar escalas, para mí son como una especie de meditación.

P.-¿Y cantar?
R.-No, cantar, no.

P.- Pues no tiene mala voz.
R.- Para hablar, no para cantar.

P.- Siento una tremenda curiosidad por saber cómo escribe, ¿qué sistema utiliza para llegar a unos textos tan concentrados, tan herméticos?
R.- Empiezo a escribir suprimiendo en mi cabeza el texto desde el primer minuto. Comienzo ya quitando cosas. En la primera versión del texto ya he eliminado muchas cosas que ni siquiera he llegado a escribir. Las he tachado en mi cabeza. Escribo siempre a máquina, me gusta el sonido, tengo una vieja máquina color verde pantano y también una Remington negra. Uso mucho papel y cuando algo no me gusta saco el folio, hago una hermosa pelota y la tiro. Si algo no me gusta, aunque sólo sea una cosa pequeña, reescribo toda la página completa. ¿Usted escribe a ordenador?

P.- Yo sí.
R.- Claro, a usted no le pasan estas cosas.

P.- ¿Qué lectura tiene en este instante sobre la mesa?
R.- Padre e hijo, de Edmund Gosse, me ha gustado mucho. A quien leo constantemente es al maestro Eckhart, el místico. Lo leo desde hace años y me sigue siempre a todas partes. Es uno de esos libros que siempre me viene a buscar.

P.- Yo intenté leer a Eckhart y he de reconocer que no entendí una palabra.
R.- No es necesario entender. Pruebe a leerlo con los ojos cerrados.

P.- ¿Qué libro podría leer usted con los ojos cerrados?
R.- A Eckhart lo leo con los ojos cerrados. Yo me sé muchos libros de memoria y aún así me siguen interesando, me sigue interesando mirar ciertas cosas aunque las conozca bien.

Mientras tanto se ha levantado, cruje el suelo, de nuevo y hay un breve silencio distraído tras el que confiesa estar buscando esos libros en la biblioteca ("me gusta tener delante los libros cuando hablo de ellos") y mientras tanto va recitando los nombres de autores que lee en las estanterías De Quincey, Walser...

R.- Me gustan mucho los autores místicos, no sólo a Eckhart, también Angela da Foligno y Swedenborg y Blake... Gorey, me encanta. Gorey, el ilustrador.
P.- ¿Qué tal un ejemplar del maestro Eckhart ilustrado por Gorey?
R.- Ah (ríe) eso sería magnífico.

Fleur Jaeggy sigue recitando hasta que acaba nuestra charla algunos de los títulos de su estantería con un tono de voz cada vez más dulce y relajado, como si lo hiciera desde un tiempo distinto al de El dedo en la boca, un tono neutro, parecido al de sus personajes. ¿Lee con el dedo en la boca y acariciándose la nariz, como su inquietante protagonista Lung o tal vez lo hace, como asegura que hay que leer a Eckhart, con los ojos cerrados? La respuesta, como en cualquier texto de Fleur Jaeggy, puede que haya sido tachada en la cabeza, antes de llegar a la página. 

Javier Villafañe - Los hilos del titiritero

Javier Villafañe (Buenos Aires, 24 de junio de 1909 – 1 de abril de 1996) fue un titiritero argentino. Su primera función la realizó en el barrio de Belgrano el 22 de octubre de 19351 y, en su carreta La Andariega, tirada por caballos, presentó su espectáculo recorriendo diferentes localidades de la Argentina y también de Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay. En 1940 recibió una beca de la Comisión Nacional de Cultura para "divulgar la actividad titiritera". Acerca de este oficio publicó varios libros, entre los que destaca "Teatro de títeres". Debido a la dictadura militar, se vio obligado a retirarse del país y retornó en 1984. Villafañe también se dedicó a la poesía y la narración. Recibió numerosos premios entre los que se incluyen dos Premios Konex de Platino en 1991 y 1984 y un Premio Konex - Diploma al Mérito en 1994. Parte de su obra comprende:

Una ronda, un cuento y un acto para títeres, (1938).

Coplas, poemas y canciones, (1938).

Títeres, (1943).

El Gallo Pinto (poesía), (1944).

Libro de cuentos y leyendas, (1945)

Los sueños del sapo, (1963).

Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote, (1983).



martes, 20 de junio de 2017

Hermanos y Detectives - Telefe (2006) Cap. 01 "El profesor Fontán"

HERMANOS Y DETECTIVES
Capítulo 1 - "El profesor Fontán"

Versión argentina - Telefe (2006)

[Sinopsis] Franco Montero recibe como herencia el cuidado de un medio hermano que él no conocía, Lorenzo, un niño prodigio. En cuanto al primer caso, un profesor de literatura asesina a su alumno para robar una novela que él considera "de un verdadero autor, no de un alumno de literatura". Mientras Montero se dispone a descubrir el asesinato, deja a su hermano Lorenzo en cuidado del profesor, y en busca de pruebas, descubre una verdad terrible.

[Reparto] Rodrigo de la Serna, Rodrigo Noya, Oski Guzmán, Carlos Moreno, María Marull
[Dirección] Damián Szifrón
[Idea original] Patricio Vega
[Música] Walter Murphy - 5ta Sinfonía de Beethoven (Remix)

DISPAROS EN LA BIBLIOTECA CAP. 05: El caso de los detectives en la sopa

Serie "Disparos en la biblioteca", capítulo 05 completo.

El caso de los detectives en la sopa: un muerto, un mensaje cifrado en una sopa de letras y la clave en los detectives de la literatura policial argentina, Parodi, Hernández, Laborde, Gómez. Pablo De Santis, Elvio Gandolfo y JL colaboran con Juan en la resolución de este caso. Además, Doris es reemplazada por su prima Ùrsula.

domingo, 18 de junio de 2017

Café del Sur: Solamente una vez

Un viaje a México de los años ’30, ’40 y ’50, a través de sus cines, bares, teatros y cabarets, para descubrir los secretos de uno de los máximos autores de canciones de amor en lengua castellana del siglo XX. Un señor llamado Agustín Lara.









sábado, 17 de junio de 2017

"Nos han dado la tierra" de Juan Rulfo.

Programa de Radio conducido por Chacho Marzetti que sale de lunes a viernes de 23hs a 1hs por AM 750 Radio Nacional Córdoba y www.nacionalcordoba.com.ar Producción y Web Master: Manuel Allasino.




El cuento es una burla a lo ocurrido después de la Revolución Mexicana. A pesar de haber ganado, las promesas hechas a los campesinos fueron cumplidas por el nuevo gobierno muy superficialmente, solo para liberarse del compromiso.

Melitón, Esteban, Faustino y el narrador son los personajes de esta historia, campesinos que recibieron de manos del gobierno postrevolucionario una gran extensión de tierra para sembrar y vivir de ella. Sin embargo, al gobierno parece no importarle que en ese gran pedazo de propiedad no se puedan dar ni las piedras.

El Llano es, a como lo reduce Rulfo, un pedazo de cuero seco, inservible para todo fin. Pero es esa la tierra prometida a los campesinos, quienes tendrán que arreglárselas sin ayuda de las autoridades.

En varios puntos de la lectura se puede saborear un sentimiento de resignación, miseria y confusión en los personajes, representada por la inmensidad del llano y la larga caminata que deben hacer para atravesarlo sin refugio alguno de los rayos del sol.

El cuento expresa la desilusión y resignación de los campesinos de  aquella época. Sin embargo, a través de todo el texto perdura latente la esperanza hacia un porvenir mejor, representado por el pueblo de fértiles tierras que está más allá del llano y por los perros que ladran a lo lejos.

El final de la historia predispone a pensar que los cuatro campesinos han de seguir luchando por lo que en verdad les fue prometido en campaña revolucionaria.

Rulfo sabe cómo construir y manejar a sus personajes de manera amena y sencilla para que lleguen sutilmente al cometido que busca, que es la reflexión de su lector.




Julio Cortázar "Rayuela" (fragmento)

El amor turbulento de Oliveira y La Maga, los amigos del Club de la Serpiente, las caminatas por París en busca del cielo y el infierno tienen su reverso en la aventura simétrica de Oliveira, Talira y Traveler en un Buenos Aires teñido por el recuerdo.

El libro que revolucionó la forma de contar una historia, reestructuró la novela e incrementó la popularidad de la literatura latinoamericana a nivel mundial; es un intenso imaginario creado por el escritor argentino. Una historia acerca de la vida, el intelecto pero, sobre todas las cosas, el amor. Diferentes formas de leerlo y entenderlo, el libro expone que muchas veces podemos entender cosas completamente distintas dependiendo el orden en que leemos o escuchamos.



Fernando Pessoa Libro del desasosiego apartes

Fernando António Nogueira Pessoa, más conocido como Fernando Pessoa (Lisboa, 13 de junio de 1888 - ibídem, 30 de noviembre de 1935) fue un poeta y escritor portugués, considerado uno de los más brillantes e importantes de la literatura mundial y, en particular, de la lengua portuguesa.

Tuvo una vida discreta, centrada en el periodismo, la publicidad, el comercio y, principalmente, la literatura, en la que se desdobló en varias personalidades conocidas como heterónimos. La figura enigmática en la que se convirtió motiva gran parte de los estudios sobre su vida y su obra.

Habiendo vivido la mayor parte de su juventud en Sudáfrica, donde estudió hasta el año 1905, la lengua inglesa tuvo gran importancia en su vida, pues Pessoa traducía, trabajaba y pensaba en ese idioma. De día, Pessoa se ganaba la vida como traductor. Por la noche, escribía poesía: no escribía «su» propia poesía, sino la de diversos autores ficticios, diferentes en estilo, modos y voz. Publicó bajo varios heterónimos —de los cuales los más importantes son Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y Ricardo Reis—, e incluso publicó críticas contra sus propias obras, firmadas por sus heterónimos.

Murió por problemas hepáticos a los 47 años en la misma ciudad en que naciera, dejando una descomunal obra inédita que todavía suscita análisis y controversias.



"Leyenda del gobernador y el escribano" de Washington Irving

Washington Irving (Manhattan, Nueva York, 3 de abril de 1783 – Tarrytown, Wetschester, Estado de Nueva York, 28 de noviembre de 1859) fue un escritor estadounidense del Romanticismo.
Entre los años 1802 y 1803 comenzó a escribir algunos artículos para el periódico de Nueva York Morning's Chronicles, editado por su hermano Peter; por ejemplo, las Cartas del caballero Jonathan Oldstyle. Entre 1807 y 1808, en Salmagundi, escrito en colaboración con su hermano William y James Kirke Paulding. En 1809 apareció una Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker tan popular que desde entonces los descendientes neoyorquinos de antiguos emigrantes holandeses fueron conocidos por el nombre de su protagonista, Knickerbocker. Se trata de un relato humorístico y satírico que tuvo una gran acogida por parte del público y le tributó una enorme fama. Sin embargo, el reconocimiento que estaba obteniendo tanto en el ámbito social como en los círculos literarios se nubló con la muerte en ese mismo año de su joven prometida (tenía diecisiete años), Matilda Hoffmann; Irving quedó tan afectado que ya nunca más pensó en casarse y permaneció soltero toda su vida. De 1812 a 1814 fue redactor de la Analectic Magazine, en Filadelfia y Nueva York. Después marchó a Liverpool como socio de la empresa comercial que compartía con su hermano; allí trabó amistad con importantes hombres de letras como sir Walter Scott, Thomas Moore etc., pero la empresa familiar quebró en 1818 e Irving se consagró ya por completo a la literatura. Pero, después de la muerte de su madre, Irving decidió seguir en Europa, donde permanecerá diecisiete años entre 1815 y 1832. Habitó sucesivamente en Dresde (1822–1823), Londres (1824) y París (1825). En Inglaterra mantuvo una relación romántica con la escritora Mary Shelley, viuda del poeta Percy Bysshe Shelley.



lunes, 12 de junio de 2017

"Ciento Volando de catorce" de Joaquín Sabina

Ciento volando de catorce es una recopilación de poemas de Joaquín Sabina. El cantautor español escribió estos sonetos en 2001 después de sufrir un accidente isquémico cerebral leve y una depresión que le impidieron subir a los escenarios. Durante este periodo Sabina se dedicó solamente a los sonetos y afirmaba que no volvería a subir a los escenarios a cantar.

Este fue publicado en principio como un pequeño libro pero luego salió a la venta un CD donde Joaquín recita sus sonetos.

"Accidentado paseo a Moka" de Roberto Arlt






Robert Arlt
(1900–1942)


Accidentado paseo a Moka
El criador de gorilas (1941)


 
       Cuando el “Caballo Verde” salió del puerto de Santa Isabel, el noble anciano, apoyado de codos en la pasarela del paquete, cargado de negros hediondos y pirámides de bananas, me dijo al mismo tiempo que miraba entristecido cómo la isla de Fernando Poo empequeñecía a la distancia:
         —¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Cuánto! Y de qué modo!
         Clavé los ojos en el rostro del noble anciano, que en su juventud había sido un conspicuo bandido, y moví también la cabeza, como si participara de sus sentimientos. El viejo continuó:
         —Fue allá por el año 80. Entonces no existía el puerto que usted ha visto ni la catedral con sus dos torres de cemento, ni el hospital, ni la Escuela de Artes e Industrias, ni alumbrado eléctrico en la calle de Sacramento, ni negros en bicicleta. No. Nada de eso existía.
         Fijé la mirada en el lomo de una ballena que se sumergía y luego lanzaba un surtidor de agua al espacio, pero el viejo bandido no vio a la ballena. Su mirada estaba detenida en el pasado. Emocionado, prosiguió:
         —Cuando llegué a Fernando Poo, la aduana era una valla de bambú y la Casa de Gobierno una choza al pie de la colina. Algunos indígenas descalzos, embutidos en fracs donde habían zurcido charreteras de oro y sombreros de copa, desempeñaban funciones burocráticas con un puñal en el cinto y un paraguas en la mano En el mismo paraje donde se levanta hoy la catedral de Santa Isabel conocí al rey de los bupíes, un granuja pintado de ocre amarillo que se pavoneaba, semidesnudo, por el islote, cubierto con un sombrero de mujer y diez collares de vértebras de serpiente colgando del cuello. Cuando comía en presencia de forasteros, una de sus mujeres, de rodillas frente a él, soportaba en sus manos el plato de madera, en el cual él y yo hundíamos los dedos para recoger puñados de arroz, que antes de comer apelmazábamos en una bola, porque ésa era la costumbre.
         El noble anciano movió la cabeza.
         —¡Cuánto, cuánto ha cambiado todo esto! África ya no es África. África ha muerto, mi querido joven. No respondí palabra, aunque me halagó el epíteto de joven. La costa de la isla se alejaba; las cimas cobrizas del cráter de San Agustín y el pico de Rosa Gándara superponían sus moles triangulares en el horizonte; la bola de fuego del sol naufragaba en un mar ígneo de vellones escarlatas.
         Súbitamente la inmensidad atlántica pareció inflamarse en rojo de piedra, el rojo subió por los flancos del “Caballo Verde”, bajó a los puentes; los negros parecían diablos hacinados en una caldera, las pirámides de plátanos irradiaban una atmósfera bermeja y la isla de Fernando Poo, ennegrecida en un juego de contraluces, en este fondo de fuego, quedó reteñida de violeta. Mágicamente sus valles aparecieron cargados de brumas violetas, sus montes tallados en bloques de terciopelo violeta, y de pronto, por el rostro del noble anciano, rodaron dos lágrimas, a las que el reflejo del Atlántico rojo dio apariencias de lágrimas de sangre. Luego, bruscamente, se hizo la noche. El tantán de los negros resonó a bordo del “Caballo Verde”; una luna perlática fosforeció en la inmensidad entre enormes estrellas rebosantes de temblorosas luces, y el noble anciano que en su juventud había sido un conspicuo bandido dijo, mientras vertía sobre el hielo de su copa el oro de un whisky viejo:
         —Esta tarde me acordé de mi primer viaje al valle de Moka. Yo tenía dieciocho años. Todo ocurrió en la primavera del año 80.
         —Mi choza de ramas y techo de hojas de palma se levantaba en la isla de Leben. Allí me dedicaba a vivir desnudo en las caletas. Una mañana, como de costumbre mi criado Alí me despertó con sus palabras rituales:
         “—Que tu día sea bendecido...
         “Alí era un chiquillo de quince años, que yo encontré vagabundeando, muerto de hambre en las orillas del Río de Oro. Cuando tropecé con él andaba descalzo, su turbante era un trapo indecente y su chilaba hubiese avergonzado a un mendigo del Zoco. A cambio de esta pobreza de bienes terrenales, Alí era valiente como un tigre y docto como un ulema, pues hablaba holandés y un montón de dialectos africanos. Contra la seca carne de su pecho guardaba un puñal.
         “Adecenté a Alí dentro de la posibilidad de mis recursos, y me lo llevé a la isla de Leben, en la de Fernando Poo.
         “Ahora estaba frente a mí, más perezoso y adormilado que nunca, rezongando con la boca abierta por un bostezo:
         “—Que tu día sea bendecido. Allí están los hombres que te conducirán a Moka.
         “Hacia varios días le había manifestado a Alí que quería visitar el valle de Moka. El valle de Moka, antes que lo estropearan los blancos, era un paraíso de helechos, en cuyo centro una fuente de agua hirviente dejaba escapar vapores venenosos que mataban a los pájaros que cometían la imprudencia de entrar en la atmósfera de sus emanaciones de óxido de carbono. Los negros bupíes decían que el diablo vivía en el valle de Moka.
         “En cierto modo, mi aventura era descabellada, porque el calor arreciaba cada día más. Lluvias constantes sucedían a soles de fuego, pero yo estaba dispuesto a toda costa a entrenarme en la vida salvaje de los bosques tropicales, pues tenía el proyecto de asaltar el próximo invierno un importante banco de Calcuta y de huir a través de la selva; mas, precisamente, para huir a través de la selva había que conocer la selva, estar familiarizado con sus peligros, con sus hombres, con su misterio.
         “Tal es la razón por la que yo me veía en marcha ahora, a través de un bosque tupido, en compañía de un pillete mahometano y cuatro salvajes auténticos. Estos tenían el rostro rayado de cicatrices horizontales. Marchaban en fila india, completamente desnudos, mostrando vientres enormes en cuerpos flaquísimos, con collares de vértebras de serpiente en torno del cuello, para librarse del mal de ojo de los genios malignos de la selva. Sobre sus cabezas motudas cargaban las bolsas de arroz, cacao y café que necesitábamos para sobrevivir en medio de la selva. También llevábamos algunas botellas de pólvora para los jefes salvajes que encontráramos en el camino. Yo iba armado con una magnífica carabina revólver y puñal. Mi proyecto era meter a los indígenas en el valle de Moka y obligarlos a cruzar el valle en dirección contraria a la que habían venido, aprendizaje que tenía que ser rico en experiencias para mí y Alí, a quien pensaba convertir en un eficiente ayudante de bandido.
         “Durante los primeros días de viaje, quiero decir, las primeras horas, el paisaje me extasió violentamente. Mis hombres unos con yataganes prehistóricos, otros con hachas de extraña procedencia, se abrían paso entre la cortina vegetal que filtraba en verde la luz solar. Había momentos que parecíamos buzos en el fondo del mar, tan perfecta era la atmósfera verde en la cual nos movíamos constantemente. Nuestra pequeña caravana era acompañada por los arrullos de las palomas silvestres, las voces atroces de los papagayos, los ronquidos de los filicoti, los chillidos de los monos, que se desgañitaban, huyendo rápidamente por las ramas más altas.
         “Alí, contra su costumbre de irme pisando los talones y de adularme conscientemente en cuanto sospechaba que pudiera agradarme, caminaba ahora junto a los bupíes, que tal es el nombre de los salvajes de Poo, melancólicamente agobiado.
         “Atribuí su silencio a que estaba fatigado, como yo también comenzaba a estarlo de caminar continuamente sobre una crujiente alfombra de hojas secas o podridas, cuyos vahos penetraban por las narices hasta martillear su neuralgia en las sienes. A veces levantaba la cabeza; allá arriba, muy alto, se veía la cúpula de los árboles cuyo nombre ignoraba, pero cuyo tronco áspero o lustroso, de hojas gruesas o transparentes soportaba desde sus ramas en arco innumerables bejucos, manchados de estrellas escarlatas o de cálices blancos.
         “De pronto Alí me hizo una señal. Me acerqué a él y dijo:
         “—Estos perros enemigos del Profeta saben que estoy enfermo.
         “Lo miré, sorprendido, a él y a los cargueros.
         “Efectivamente, los bupíes debían sospechar la naturaleza de la enfermedad de Alí, porque hablaban vivamente entre ellos. Llevé mi mano a la frente de Alí. Quemaba de fiebre. Le tomé el pulso. Su corazón parecía querer saltar del pecho.
         “—Hagamos alto —dije—. Di a los hombres que busquen hojas de palma, que nos quedaremos aquí hasta mañana.
         “Alí habló con los indígenas; éstos dejaron sus cargas en el suelo y se apartaron para recoger hojas de palma con que techar la choza que tenían que fabricar.
         “Alí se dejó caer en el suelo y entrecerró los ojos. Así permaneció durante una hora. Lejos se escuchaban los voces de los cargueros bupíes. Alí, con la cabeza apoyada en el tronco, dormitaba. De pronto se puso de pie, arrojó un grito, echó a correr, golpeó de cara en un árbol y cayó. Por momentos un estremecimiento sacudía su cuerpo. Me incliné sobre él para examinarlo, y entonces, allí en su brazo amarillento, vi una ligera mancha escarlata que extendía sus arabescos.
         “Me retiré estremecido.
         “No quedaba duda. Alí estaba bajo la acción del primer ataque de la enfermedad del sueño.
         “Como si mi descubrimiento hubiera aterrorizado a la naturaleza que me rodeaba, un silencio imponente pesaba en el bosque. Las voces de los bupíes no se escuchaban ya.
         “Aturdido por la sorpresa, me senté en el tronco de un árbol derribado por el rayo. ¿No estaría yo también infectado? No podía ignorar las consecuencias de esta terrible enfermedad tan contagiosa como incurable. En el Congo, más de una vez me había encontrado con negros encadenados por el pescuezo a recios árboles para que no pudieran deambular a través de los poblados propagando su peste. Allá, en el fondo de la maleza, una tarde, no lejos del Río de Oro, descubrí un alucinante grupo de negras y negros en distintas etapas de la enfermedad. Algunos durmiendo, con la piel pegada a los huesos, otros con los párpados tan inflamados que apenas podían mantenerlos abiertos. Algunos, semiincorporados como espectros de ceniza, pedían limosna desde su lecho de hojas secas. Otros, completamente inmóviles, pegados al suelo, con las piernas encogidas, parecían momificados en su extremísima demacración. Nubes de mosquitos se cernían sobre sus cuerpos de muertos vivos.
         “¿Qué hacer?
         “Si yo abandonaba a Ali en el bosque, lo devorarían las fieras, las hormigas gigantes, los buitres. Si lo llevaba conmigo, me infectaba, si ya no lo estaba. ¿Qué hacer? Alí estaba perdido, y yo también, quizá, estaba perdido. De los bupíes no se escuchaba una sola voz. Nos habían abandonado, aterrorizados por la enfermedad cuya peligrosidad conocían.
         “Tomé mi revólver, me acerqué a Ali y le encañoné cuidadosamente la cabeza. Sonó un estampido.. Alí no sufriría más.
         “Ahora lo que yo tenía que hacer era volver a Leben. Hacía siete horas que habíamos salido del islote; la noche estaría próxima. Pasaría la noche en la selva, y al día siguiente regresaría por el camino que habían abierto las hachas y yataganes de los bupíes.
         “Dando un rodeo en torno del cadáver de Alí, me acerqué al lugar donde los indigenas habían abandonado las bolsas de provisiones; preparé un poco de cacao, y deshecho por la fatiga, pensando torpemente que yo podía estar también enfermo de la enfermedad del sueño, apoyé la cabeza en una bolsa, y bajo la oscuridad del ramaje me quedé dormido.
         “Un grito espantoso me despertó en la noche.
         “Me puse de pie en la oscuridad. Estaba rodeado de ramas de árboles sobre las que se movían lentejuelas fosforescentes. Eran las pupilas de los pájaros que reflejaban en su fondo la luz de la luna, invisibles desde el lugar donde yo vigilaba.
         “Me estremecí en mi mojadura de rocío. Ni un grito ni una voz en el bosque, donde tan espantoso aullido había estallado. Por momentos se oía el crujido que provocaba una ardilla al deslizarse sobre las hojas secas, o el roce de un reptil al deslizarse.
         “Me tomé el pulso. El corazón marchaba perfectamente.
         “El bosque permanecía en un silencio total, un silencio como el que provoca la presencia de un ser vivo entre las bestias. Sin embargo, nada denunciaba al hombre ni al salvaje, como no ser este silencio festoneado en reflejos amarillos.
         “Sin embargo, un grito terrible, allí cerca, había venido a despertarme. ¿Quién era el que había gritado?
         “La noche debía estar avanzada, porque arriba, entre las ramas de los árboles, las grandes estrellas próximas parecían flotar en un estanque de agua.
         “Cautelosamente me senté en el suelo y me puse a esperar la llegada del día. Pensé que me sobraba razón cuando pensaba que para fugarse a través de la selva había que estar entrenado. No nos habíamos apartado nada más que unas horas de la orilla del agua, y ya se presentaban dificultades insuperables.
         “Otra vez me quedé dormido. Cuando desperté, el sol estaba alto. De pronto me llamó la atención un grupo de monos chillando en la copa de un árbol, señalándose los unos a los otros, como seres humanos, algo que yo no podía ver desde el lugar en que me encontraba. Recordé el grito de la noche y trepé a un árbol para escudriñar.
         “Desde la rama más alta, donde ya me había encaramado, solo se distinguía una especie de plazoleta o claro en el bosque. Nada más. Sin embargo, los monos chillaban y se mostraban algo que yo no podía ver. Bajé del árbol y comencé a cortar entre los bejucos de la cortina vegetal un camino hacia el claro misterioso. Trabajaba alegremente, a pesar de la terrible temperatura que hacía, porque pensaba que esa disposición para el trabajo indicaba que todavía yo no estaba infectado por la enfermedad del sueño.
         “Finalmente llegué a la plazoleta.
         “Allí, en un claro, a ras del suelo, se veía la cabeza de una negra dormida o muerta, puesto que estaba con los ojos cerrados. Parecía aquella una cabeza cortada dejada expresamente en el suelo. A unos metros de la cabeza, separada del brazo, se veía la mano derecha de la negra. Había sido cortada de un hachazo.
         “El cuerpo de la negra estaba enterrado en el suelo hasta el mentón.
         “Comprendí.
         “El castigo que los bupíes infligían a las mujeres que cometían el delito de adulterio o que abandonaban el bosque para vivir con un extranjero. Me incliné sobre la negra. Ofrecía un espectáculo extraño esa cabeza con los ojos cerrados a ras del suelo. Levanté un párpado de la cabeza. La negra estaba viva.
         “Miré en derredor. La tribu que la castigó allí, a poca distancia, había dejado olvidada una paleta de madera. Corrí a la pala y comencé a quitar la tierra del hoyo en el que la negra viva estaba enterrada. El sudor corría a grandes chorros por mi cuello. Yo descargaba y descargaba paletadas de tierra, y la negra no abría sus ojos. Le toqué la frente. Se consumía de fiebre. Finalmente, evitando herirle el cuerpo, abrí el hoyo y conseguí retirar a la negra aun viva de su sepultura. Los negros que la mutilaron le habían envuelto el muñón en hierbas, a fin de evitar la hemorragia y prolongar así su agonía. Cargué a la negra sobre mi espalda. Era una muchacha joven y bonita. La llevé hasta mi campamento, a la orilla de la fuente, y le eché un poco de agua entre los labios.
         “Yo no era un sentimental; estaba acostumbrado a considerar al negro al mismo nivel que a la bestia, pero esta negra de cara romboidal, joven y ya martirizada, despertó mi piedad. Tres días después que la retiré de su sepultura abrió los ojos. Me miró, sonrió, y luego volvió a cerrarlos. Finalmente reaccionó, y por uno de aquellos milagros casi incomprensibles, su brazo mutilado se cicatrizó.          “Yo trabajaba alegremente para salvar la vida de Bokapi. Trabajaba alegremente como un esclavo porque esa constante disposición para trabajar me indicaba que yo no estaba infectado por la enfermedad del sueño. Creo que fue la primera vez en mi vida que trabajé. Había que buscar agua, preparar el arroz, ahuyentar de la cabaña toda clase de bicharracos: langostas, gorgojos, hormigas, grillos, caballos del diablo. Un día recuerdo que mate una araña negra y peluda, grande como un cangrejo. Oscilando sobre sus patas de camello se aproximaba a Bokapi, que dormía.
         “Finalmente Bokapi me contó ei origen de sus desventuras. Su pecado consistía en haberse ido a vivir con un mestizo.
         “La cosa ocurrió así:
         “Entonces cada tres meses, llegaba un buque al puerto de Santa Isabel. La llegada del buque se festejaba con una fiesta fantástica. En la costa de la selva, entre las cañas de azúcar y los plátanos, se formaban danzones de negros. Corrían latas de aguardiente tenebroso, fuego vivo que trocaba el danzón en una orgía de la cual también participaban los blancos. En una de estas fiestas conoció ella al mestizo Juan, lo amó y se fue a vivir con él en las proximidades de la empalizada de bambú.
         “El mestizo la amaba cuanto puede amar un mestizo y no le pegaba nunca, ni por la noche ni por el día. Pero a pesar de estas virtudes, el mestizo se enfermó. Inútilmente lo atendió el marinero que era el jefe de la aduana, y después el hechicero del poblado más próximo. El mestizo murió como Dios manda, y Bokapi se quedó sola.
         “La tribu en el bosque no se había olvidado de su deserción. Una tarde que Bokapi corrió hasta el bosque a buscar una gallina, recibió un golpe en la cabeza. Cuando despertó estaba tendida en el suelo. La habían despojado de sus ropas; algunos bupíes armados de bambú aguardaban el momento de su suplicio. Primero un hechicero viejo, envuelto en innumerables vueltas de vértebras de serpiente y con la cabeza adornada de cuernos de antílope, le había lanzado torrente de imprecaciones; después, un grupo de viejas la flageló con látigos de bejucos hasta que Bokapi se desmayó. Cuando recobró el conocimiento estaba oprimida por un corsé frío que la paralizaba toda entera. Se reconoció enterrada viva, con la cabeza a ras del suelo y un brazo fuera, sobre la tierra. Silenciosamente danzaban en torno de ella sombras lujuriosas; de pronto las sombras se detuvieron; el hechicero levantó el hacha y la dejó caer.
         “El tremendo grito que me había despertado fue lanzado por Bokapi al sentir la mano cortada.
         “Conocí entonces la naturaleza negra.
         “Si Bokapi había amado al mestizo, a mí me adoraba. Cuando pudo caminar y valerse, cuanta atención le sugería su imaginación para demostrarme su amor y gratitud la ponía en práctica. Si yo entraba en la choza, ella se ponía de rodillas y besaba el suelo que pisaba. Luego corría a ofrecerme licor de plátano, que sabía preparar, o solomillos de rata gigante, que se ingeniaba para atrapar. Cuando yo dormía, ella, de pie a mi lado, movía constantemente unas hojas de palma para renovar el aire en torno de mi rostro. Yo pensaba ahora que no me dedicaría a ser bandido ni intentaría robar el banco de mi proyecto. Viviría para siempre con Bokapi en la isla de Leben, y Bokapi trabajaría para mí, y yo no haría nada más que bañarme en las caletas y dormir en los arenales.
         “Finalmente abandonamos la selva.
         “El camino que algunas semanas antes habían abierto sus salvajes hermanos estaba borrado. Sin embargo, Bokapi se orientaba en la selva con naturalidad asombrosa. Tres días demoramos en llegar a los acantilados, y cuando estábamos por salir de la floresta entre cuyos claros se distinguían los cocoteros de los arenales, ocurrió lo imprevisto.
         “Bokapi y yo caminábamos tranquilamente, cuando, de pronto, ella me apretó el brazo, deteniéndome.
         “A cinco metros de nosotros, desenvolviendo sus pesados aros amarillos, irritada, nos miraba una boa. Su cabeza triangular se dirigía a nosotros con la lengua bífida ondulando de furor fuera de la escamosa boca.
         “Me paralizó un frío mortal. No podíamos escapar. Íbamos a perecer los dos. Bokapi lo comprendió, se despidió de mí con una mirada y rápidamente se lanzó a la boa.
         “¡Quién pudiera contar la inútil lucha de la negra con la boa! Yo vi cómo Bokapi, con su único brazo libre, intentó tomar la garganta de la boa; vi cómo los anillos de la terrible serpiente prensaban sus piernas y su pecho; vi cómo Bokapi clavó los dientes en el lomo de la boa con tan furiosa mordedura, que súbitamente la boa duplicó su presión. Y Bokapi ya no se movió.
         “Entonces, a la vista de la playa, entré al bosque y me puse a llorar como una criatura. La selva era terrible.”