martes, 28 de febrero de 2017

El origen de las palabras: Abducción por Las Voz Silenciosa

De un baúl encontrado en mi casa y que no tiene fondo, meto mi cabeza y mi cuerpo y busco. Y encuentro cosas muy interesantes, biografías, curiosidades. Estas forman parte del programa 3.019 de La Voz Silenciosa, emitido el 28 de febrero de 2017.





"Veneno" de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield
(Kathleen Beauchamp; Wellington, Nueva Zelanda, 1888 - Fontainebleau, Francia, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James Joyce, D. H. Lawrence, Virginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.







Veneno, 1920


El correo estaba atrasado. Cuando regresamos de nuestro paseo después del almuerzo aún no había llegado.
-Pas encore, Madame -dijo Annette mientras acudía corriendo a sus tareas en la cocina.
Llevamos los paquetes al comedor. La mesa estaba servida. Como siempre la imagen de una mesa puesta para dos -solamente para dos personas-, y aún puesta, tan perfecta que no había espacio posible para un tercero; daba una rara sensación, a la vez fugaz, como si me hubiese impactado la luz plateada que reverberaba sobre el mantel blanco, los cristales, la sombra del bowl con fresias.
-¡Echa al cartero! No me importa lo que le haya pasado -dijo Beatrice- Deja esas cosas, querido.
-¿Dónde te gustaría? -alzó la cabeza; sonrió dulce y burlona.
-En cualquier lugar, tonto.
Pero yo sabía muy bien que no existía tal lugar para ella; y habría permanecido meses, años, parado cargando la pesada botella de licor y los dulces, en vez de correr el riesgo de darle otro pequeño ataque de nervios a su exquisito sentido del orden.
-Aquí, yo los tomo. -los dejó caer sobre la mesa con sus guantes largos y una canasta de higos.
-El almuerzo, un cuento de… de… -tomó mi brazo- Vamos a la terraza -y la sentí temblar -Ca sent de la cuisene… -dijo suavemente.
Con el tiempo noté (habíamos estado viviendo en el sur por dos meses) que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en broma, del amor que sentía por mí, lo hacía siempre en francés.
Nos colgamos de la balaustrada bajo el toldo. Beatrice se apoyó mirando hacia abajo, hacia la calle blanca con los guardias de cactus filosos. La belleza de su oreja, tan sólo su oreja, su maravilla era tal, que hubiera podido ir desde ésta hasta el vasto brillo del mar abajo y decir con la voz entrecortada “Ya sabes, su oreja. Tiene orejas que son simplemente únicas”.
Estaba vestida de blanco, con perlas alrededor de la garganta y azucenas por dentro del cinturón. En el dedo mayor de su mano izquierda usaba un anillo con una perla; no era una alianza.
-¿Por qué debería, mon ami? ¿Por qué debería fingir? ¿A quién podría importarle?
Por supuesto que estuve de acuerdo, aunque en privado; en lo profundo de mi corazón, hubiese dado mi alma por estar parado junto a ella en un gran sí, en una importante y moderada iglesia, atiborrada de gente, con los viejos curas, con “The Voice that breathed o´er Eden”, con palmas y el aroma del perfume, y saber que había una alfombra roja y papelitos de colores esperándonos afuera, y champagne, un zapato forrado en satén para arrojar desde el auto; si hubiese podido colocarle la alianza en su dedo…
No era que me preocupara semejante exposición, sino que sentía que tal vez hubiese sido posible que desacelerara esta horrenda sensación de absoluta libertad, de su absoluta libertad, por supuesto.
Por Dios, qué tortuosa era la felicidad; qué angustiosa… Alzaba la vista hacia la villa, hacia las ventanas de nuestro dormitorio que estaban misteriosamente escondidas detrás de la persiana de fresas verdes. ¿Era posible que siempre apareciera moviéndose a través de la luz verde y brindando esa sonrisa secreta, lánguida, brillante que era sólo para mí? Ponía el brazo alrededor de mi cuello; la otra mano peinaba suavemente mi cabello hacia atrás.
Quién eres… Quién era… Ella era una mujer.
… Durante la primera tarde cálida de la primavera, cuando las luces brillaban como perlas a través del aire lila y las voces murmuraban en el fresco jardín florecido, era ella quien cantaba en la gran casa con cortinas de tul. A medida que uno se adentraba en la luz de la noche por la ciudad foránea, su sombra era la que se percibía a través del oro reverberante de los postigos. Cuando la lámpara estaba encendida, pasaba cerca de la puerta con la tranquilidad de un bebé. Buscaba en el crepúsculo del otoño, pálida, con su abrigo de piel, a medida que el coche desaparecía…
En resumen, para ese entonces yo tenía 34. Cuando ella se tendía boca arriba, con las perlas amontonadas en su mentón, y suspiraba “Mi querido, tengo 30 años. Donne-moi un orange”, con gusto me hubiera lanzado de cabeza a la boca de un cocodrilo para quitarle una naranja (si los cocodrilos comieran naranjas).
“Si tuviera un par de alitas livianas
y fuera un pajarito liviano…”,
cantaba Beatrice.
Le saqué la mano:
-Yo no me iría volando.
-No lejos, no más allá del final del camino.
-¿Por qué diablo allí?
-“Él no vino, dijo ella…” -citó Beatrice.
-¿Quién? ¿El tonto del cartero? Pero si no esperas correspondencia…
-No, pero es igualmente molesto… ¡ah! -de repente rió y se apoyó sobre mí -Ahí está, mira, parece un escarabajo azul.
Apretamos nuestras mejillas y observamos cómo el escarabajo azul empezaba a trepar.
-Mi querido- exhaló Beatrice. La palabra pareció quedar suspendida en el aire, vibrar como la nota de un violín.
-¿Qué es esto?
-No lo sé -sonrió ligeramente -Un gesto de… de afecto, supongo. -La abracé.
-¿Entonces no te irás volando? -Y contestó de manera rápida y suave.
-No, no, imposible… en verdad, no. Amo este lugar. Disfruté estar aquí. Podría quedarme años, creo. No he sido tan feliz hasta estos últimos dos meses, y tú has sido tan perfecto para mí, en todo sentido.
Era tanta felicidad, tan extraordinario y único el oírla hablar de ese modo que traté de tomármelo en broma.
-No. Parece que te estuvieras despidiendo.
-Puras tonterías. No se dicen esas cosas ni en broma -deslizó su mano pequeña por debajo de mi chaqueta blanca y tomó mi hombro.
-¿Fuiste feliz, verdad?
-¿Feliz? ¡Por Dios! Si supieras lo que siento justo en este momento. ¡Feliz! ¡Mi maravilla! ¡Mi alegría!
Me dejé caer a la balaustrada y la abracé alzándola en mis brazos, y mientras la levantaba apreté mi cara contra su pecho y murmuré “¿Eres mía?”; y por primera vez en todos esos meses desesperantes en que la conocí, incluso el último mes, indudablemente paradisíaco, creí en ella de manera absoluta cuando respondió “Sí, soy tuya”.
El chillido de la puerta de entrada y los pasos del cartero sobre el pedregal nos distrajo. Comenzaba a sentirme mareado. Me quedé parado allí sólo sonriendo y me sentí algo estúpido. Beatrice se dirigió hacia las sillas de mimbre.
-Ve tú; ve por la correspondencia -dijo. Salí casi disparando, pero llegué tarde. Annette venía corriendo.
-Pas de lettres!- dijo.
Quizá la sorprendió mi sonrisa sin sentido como respuesta cuando me entregaba el periódico. Sentí desbordarme de alegría. Tiré el periódico por el aire y grité “¡No hay cartas, querida!”, y fui hacia un amplio sillón.
Por un instante no dijo nada, y luego, al tiempo que quitaba el envoltorio del periódico, dijo muy despacio “El mundo olvida, el mundo ha olvidado”.
Hay momentos en los que un cigarrillo es lo único que puede ayudar a sobrellevar una situación; es más que un cómplice, es un perfecto amigo secreto que te conoce y entiende de manera absoluta. Mientras fumas, lo miras, sonríes o frunces el ceño, depende de la ocasión; inhalas profundamente y exhalas el humo con un suave soplido. Era uno de esos momentos. Caminé hacia las magnolias y las respiré hasta llenarme. Luego regresé y me eché sobre sus hombros; rápidamente apartó el periódico y con un giro lo colocó sobre la piedra.
-No hay nada en él, nada. Sólo hay algo sobre un juicio por envenenamiento; sobre si un hombre envenenó a su mujer o no, y 20.000 personas acudieron cada día a la corte y 2 millones de palabras se publicaron en todo el mundo después de cada proceso.
-¡Qué mundo tonto! -dije hundiéndome en otro sillón. Quería olvidarme del periódico y regresar de manera sutil, claro, al momento antes de que llegara el cartero. Pero cuando ella respondió supe que ese momento había terminado por ahora. No importa; ahora que lo sabía, estaba dispuesto a esperar quinientos años si era necesario.
-No tan tonto -contestó Beatrice-. Después de todo, las 20.000 personas no lo hacen por morbosa curiosidad.
-¿Y qué es, querida? -Dios sabe que no me interesaba.
-¡Culpa! ¡Culpa!- gritó- No te diste cuenta. Se sienten cautivados igual que se sienten los enfermos ante cualquier cosa. Ni un mísero artículo acerca de sus propios casos. El hombre acusado puede ser inocente, pero las personas en la corte son todas un poco envenenadoras. ¿Nunca pensaste -estaba pálida y eufórica- en la cantidad de envenenadores que jamás se descubren?. Es la excepción encontrar matrimonios que no se envenenen el uno al otro (matrimonios y noviazgos) La cantidad de tazas de té, de café, de copas de vino que están contaminadas. La cantidad que yo misma he bebido, incluso sabiéndolo… y arriesgándome. La única razón por la que tantas parejas sobreviven es que uno de ellos teme darle al otro la dosis fatal. ¡La dosis fatal enerva! Pero llega, tarde o temprano, porque una vez que se ha administrado la primera dosis ya no hay vuelta atrás. ¿Es el principio del fin, no lo crees? ¿Entiendes lo que quiero decir?
No esperó a que contestara. Se quitó las orquillas con azucenas y se echó hacia atrás pasándolas frente a sus ojos.
-Mis dos maridos me envenenaron. -continuó Beatriz- el primero me dio inmediatamente una buena dosis, pero el segundo era un artista en este sentido. Sólo una diminuta gotita una y otra vez, inteligentemente administrada, hasta que una mañana desperté y había minúsculos granitos de veneno en cada partícula de mi cuerpo, hasta en la punta de mis dedos. Estaba lista…
Odiaba oírla hablar de sus maridos tan tranquila, en especial en días así; me lastimaba. Iba a hablar pero de pronto dijo con tristeza:
-¿Por qué? ¿Por qué me tuvo que pasar a mí? ¿Qué hice? ¿Por qué he sido la elegida para eso toda mi vida? Es una conspiración.
Traté de decirle la razón: ella era demasiado perfecta, exquisita y refinada, para este mundo horrible, y eso asustaba a las personas. Hice una broma inocente:
-Pero yo no voy a envenenarte. – Beatriz rió de extraña manera y golpeó el tallo de la azucena.
-¡Tu no matarías ni a una mosca!
Raro; sin embargo el comentario me hirió terriblemente.
Justo después Annette fue por un aperitivo. Beatrice se inclinó para tomar una copa de la bandeja y alcanzármela. Noté el brillo de la perla en lo que yo llamaba su dedo perlado. ¿Cómo podría herirme su comentario?
-Y tú -le dije tomando la copa -no has envenenado a nadie.
Eso me dio una idea; traté de explicar.
-Tú haces lo opuesto. Cómo se le llama a alguien que, como tú, en vez de envenenar, completa a las personas, a cualquier persona, al cartero, al chofer que nos trajo hasta aquí, al que conduce nuestro bote, al vendedor de flores, a mí; los completas con vida renovadora, con algo de tu propio brillo, de tu belleza….
Sonrió como en un ensueño y así me miró.
-¿En qué estabas pensando, mi dulce?
-Me preguntaba -contestó Beatrice- si después del almuerzo no podrías ir al correo y ver qué pasó con las cartas de la tarde. ¿Podrías, amor? No es que esté esperando correspondencia, pero sólo pensaba que tal vez sería tonto no tener las cartas si es que están en el correo, no crees. Sería tonto tener que esperar hasta mañana.
Hizo girar la copa entre sus dedos tomándola del tallo. Su hermosa cabeza estaba hacia un lado. Tomé mi copa y bebí, casi a sorbos, muy lentamente, observando su cabeza oscura y pensando en carteros y escarabajos azules, y despedidas que no eran en verdad despedidas…
¡Bueno, dios! ¿No es extraño? No, no es extraño. El trago sabía asquerosamente amargo, raro.

"El juego del muerto" de Rubem Fonzeca

Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 11 de mayo de 1925) es un escritor y guionista de cine brasileño. Estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. A pesar de su amplio reconocimiento como escritor, no fue hasta los 38 años de edad que decidió dedicarse de lleno a la literatura. Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante.En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, una especie de Nobel para escritores lusos[cita requerida], en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras, y en 2012 el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.







El juego del muerto


Autor: Rubem Fonseca


Se reunían en el Bar de Anísio todas las noches. Marinho, dueño de la farmacia más importante de la ciudad, Fernando y Gonçalves, socios de un almacén, y Anísio. Ninguno de ellos había nacido en Baixada, ni siquiera en la ciudad. Anísio y Fernando eran de Minas, y Marinho de Ceará. Gonçalves había venido de Portugal. Eran pequeños comerciantes, prósperos y ambiciosos. Poseían modestas casitas de veraneo en la misma parcela de la región de los lagos, eran del Lion’s, iban a la iglesia, llevaban una vida morigerada. Tenían en común, además, un interés enorme por las apuestas. Apostaban entre ellos a las cartas, a los partidos de futbol, a las carreras de caballos y de automóviles, a los concursos de mises. Todo lo que fuera aleatorio les servía. Jugaban fuerte, pero ninguno solía perder mucho, pues una racha de pérdidas iba seguida casi siempre por otra de ganancias. Aunque en los últimos meses Anísio, el dueño del bar, venía perdiendo constantemente.
Jugaban a las cartas y bebían cerveza aquella noche en que inventaron el juego del muerto.
Fue Anísio quien lo inventó.
Apuesto a que el escuadrón mata más de veinte este mes, dijo.
Fernando observó que más de veinte era muy vago.
Apuesto a que el escuadrón mata veintiuno este mes, dijo Anísio.
¿Sólo aquí, en la ciudad, o en toda la región?, preguntó Gonçalves. A pesar de llevar muchos años en Brasil, tenía aún un acento muy fuerte.
Apuesto mil a que el escuadrón mata veintiuno este mes, aquí, en Meriti, insistió Anísio.
Apuesto a que mata sesenta y nueve, dijo Gonçalves riendo.
Son demasiados, dijo Marinho.
Es una broma dijo Gonçalves.
Ni broma ni nada, dijo Anísio tirando con fuerza la carta en la mesa, lo dicho, dicho. Estoy harto de que anden siempre con eso de “era una broma.” Se acabó. Se apuesta y a callar. A ver quién se echa atrás.
Era verdad.
¿Conocen la historia del portugués del sesenta y nueve?, preguntó Anísio. Le explicaron al portugués qué era el sesenta y nueve. Quedó horrorizado y dijo, Dios mío, qué cosa más asquerosa, yo no hacía eso ni con mi madre.
Todos se echaron a reír. Menos Gonçalves.
¿Sabes que no está mal la apuesta?, dijo Fernando. Mil a que el escuadrón mata una docena. ¡Eh, Anísio! ¿Qué tal un poquito de queso para acompañar las cervezas? ¿Y unas rajitas de embutido?
Anota ahí, dijo Anísio a Marinho, que iba registrando las apuestas en una libreta de tapa verde: mil más a que de los veintiún míos, diez son mulatos, ocho negros y dos blancos.
¿Quién va decidir quién es blanco, negro o mulato? Aquí todos son mezclados. ¿Y cómo se va a saber si fue exactamente el escuadrón?, preguntó Gonçalves.
Lo que salga en O Día es lo que vale. Si dice que es negro, es negro, y si dice que fue el escuadrón, fue el escuadrón. ¿De acuerdo?, preguntó Marinho.
Otros mil a que el más joven tiene dieciocho años, y el más viejo, veintiséis, dijo Anísio.
Entró en aquel momento el Falso Perpetuo y los cuatro se callaron. El Falso Perpetuo tenía el pelo liso, negro, cara huesuda, la mirada impasible y nunca se reía, igual que el Perpetuo Verdadero, un policía famoso asesinado años atrás. Ninguno de los jugadores sabía qué hacía el Falso Perpetuo, tal vez fuera empleado de banca, o funcionario público, pero su presencia, cuando de vez en cuando aparecía por el bar de Anísio, atemorizaba siempre a los cuatro amigos. Nadie sabía su nombre. Lo de Falso Perpetuo era un mote que le había puesto Anísio, que había conocido al Verdadero.
Llevaba dos Colt 45, uno a cada lado del cinturón, y se le notaba el bulto de las cartucheras. Tenía la costumbre de quedarse acariciando levemente los faldones de la chaqueta, una señal de alerta, de que estaba siempre a punto de sacar el arma y de que tiraba con las dos manos. Para matarlo, tendría que ser por la espalda.
El Falso Perpetuo se sentó y pidió una cerveza sin mirar a los jugadores, pero moviendo un poco la cabeza, el cuello tieso, tal vez prestando atención a lo que el grupo decía.
Creo que es sólo una manía nuestra, murmuró Fernando, que sea lo que quiera, para qué preocuparnos, quien nada debe, nada teme.
No sé, no sé, dijo Anísio pensativo. Siguieron jugando a las cartas en silencio, esperando que se fuera el Falso Perpetuo.
A fin de mes, de acuerdo con O Día, el escuadrón había ejecutado a veintiséis personas, dieciséis mulatos, nueve negros y un blanco; el más joven tenía quince años, y el más viejo, treinta y ocho.
Vamos a celebrar la victoria, dijo Gonçalves a Marinho, que junto con él había ganado la mayor parte de las apuestas. Bebieron cerveza, comieron queso, jamón y pastelillos.
Tres meses de mala racha, dijo Anísio pensativo. Había perdido también al póker, a las carreras y al fútbol. El tenderete que había comprado en Caxias daba pérdidas, su cuenta iba de mal en peor y la mujer con quien se había casado seis meses atrás gastaba demasiado.
Y ahora vamos a entrar en agosto, dijo, el mes en que Getúlio se pegó el tiro en el corazón. Yo era un chiquillo entonces, trabajaba en un bar de la calle del Catete y lo vi todo, las lágrimas, los gritos, la gente desfilando ante el ataúd, el cuerpo, cuando lo llevaban al Santos Dumont, los soldados disparando las metralletas contra la gente. Si tuve mala racha en julio, ya verás en agosto.
Pues no apuestes este mes, dijo Gonçalves, que acababa de prestarle doscientos mil cruceiros.
No, este mes tengo que recuperar parte de lo que llevo perdido, dijo Anísio con aire sombrío.
Los cuatro amigos ampliaron para aquel mes de agosto las reglas del juego. Aparte de la cantidad, la edad y el color de los muertos, añadieron el estado civil y la profesión. El juego se iba haciendo más complejo.
Creo que hemos inventado un juego que va a resultar más popular que la lotería, dijo Marinho. Ya medio borrachos, se rieron tanto, que Fernando hasta se orinó en los pantalones.
Se acercaba el fin de mes y Anísio, cada vez más irritado, discutía frecuentemente con los compañeros. Pero aquel día estaba más nervioso y exasperado que nunca y sus amigos esperaban, incómodos, la hora de que acabase la partida de cartas.
¿Quién me acepta una apuesta?, dijo Anísio.
¿Qué apuesta?, preguntó Marinho, que era el que más veces había ganado.
Apuesto a que el escuadrón mata este mes a una chiquilla y a un comerciante. Doscientos mil.
Qué locura, dijo Gonçalves, pensando en su dinero y en el hecho de que el escuadrón jamás mataba chiquillas ni comerciantes.
Doscientos mil, repitió Anísio con voz amargada, y tú, Gonçalves, a ver si dejas de llamar locos a los demás, el loco eres tú, que dejaste tu tierra para venir a este país de mierda.
Creo que no tienes ninguna posibilidad de ganar, dijo Marinho. Además, ya está acabando el mes.
Casi eran las once; remataron la partida y se despidieron apresuradamente.
Los camareros se fueron en seguida y Anísio se quedó solo en el bar. Los demás días se iba rápido a casa, junto a su joven esposa, pero aquella vez se quedó sentado bebiendo cerveza hasta poco después de la una de la madrugada, cuando llamaron a la puerta de atrás.
Entró el Falso Perpetuo y se sentó a la mesa de Anísio.
¿Una cerveza?, dijo Anísio vacilando entre tratar al Falso Perpetuo de tú o de usted, dudoso sobre qué grado de respeto debía tributarle.
No. ¿De qué se trata? El Falso Perpetuo hablaba bajo, con una voz sin relieve, apática, indiferente.
Anísio le explicó las apuestas en el juego del muerto que él y sus compañeros cruzaban todos los meses. El visitante oía en silencio, rígido, las manos apoyadas en los brazos del asiento. Por un momento le pareció a Anísio que el Falso Perpetuo se frotaba las manos en los faldones de la chaqueta, como el Verdadero, pero no, había sido un error.
Anísio empezó a sentirse incómodo ante la suavidad del hombre. Tal vez sólo fuera un funcionario, un burócrata. Dios santo, pensó Anísio, doscientos mil, tirados así como así. Iba a tener que vender el tenderete de Caxias. Inesperadamente pensó en su joven esposa, en su cuerpo tibio y rotundo.
El escuadrón tiene que matar a una chiquilla y a un comerciante este mes, a ver si puedo salir de apuros, dijo Anísio.
¿Y qué tengo yo que ver con eso? Suave.
Anísio se llenó de valor. Había bebido mucha cerveza, estaba al borde de la ruina y se encontraba mal, como si apenas pudiera respirar.
Para mí que usted es del Escuadrón de la Muerte.
El Falso Perpetuo se mantuvo impasible.
¿Cuál es la propuesta?
Diez mil, si mata a una chiquilla y a un comerciante. Usted o sus compadres, a mí me da igual.
Anísio suspiró, inquieto. Ahora que veía su plan a punto de realizarse, se iba apoderando de su cuerpo una sensación de debilidad.
¿Tiene aquí el dinero? Puedo hacer la cosa hoy mismo.
Lo tengo en casa.
¿Por dónde empiezo?
Los dos de una vez.
¿Pero no tiene alguna preferencia?
Gonçalves, el dueño de la tienda y su hija.
¿Ese gallego amigo suyo?
No es mi amigo. Otro suspiro.
¿Qué edad tiene su hija?
Doce años. La imagen de la pequeña tomándose un refresco en el bar surgía y desaparecía en su cabeza con una punzada dolorosa.
Está bien, dijo el Falso Perpetuo, muéstreme la casa del gallego. Anísio notó entonces que sobre el cinturón de los pantalones llevaba otro, ancho.
Entraron en el coche del Falso Perpetuo y se dirigieron a casa de Gonçalves. A aquella hora estaba desierta la ciudad. Se detuvieron a cincuenta pasos de la casa. De la guantera, el Falso Perpetuo sacó dos hojas de papel donde dibujó, de forma tosca, dos calaveras con las iniciales E. M.
Será cosa de un momento, dijo el Falso Perpetuo saliendo del automóvil.
Anísio se tapó los oídos con las manos, cerró los ojos y se inclinó hasta que su rostro rozó el forro de plástico del asiento, del que salía un olor desagradable que le recordaba su infancia. Le zumbaban los oídos. Pasó un tiempo, hasta que oyó tres tiros.
El Falso Perpetuo volvió y entró en el coche.
A ver, venga el dinero, ya me he cargado a la pareja. De propina maté también a la vieja.
Se pararon ante la casa de Anísio. Éste entró. Su mujer estaba acostada, de espaldas a la puerta del cuarto. Solía acostarse de lado y su cuerpo visto de espaldas era aún más hermoso. Anísio cogió el dinero y salió.
¿Sabe que ni siquiera sé su nombre?, dijo Anísio en el coche, mientras el Falso Perpetuo contaba el dinero.
Es mejor así.
Le he puesto un mote.
¿Cuál?
Falso Perpetuo. Anísio intentó reír, pero su corazón estaba pesado y triste.
¿Habría sido una ilusión? El otro le había mirado como alterado de súbito, y mientras tanto se acariciaba delicadamente los faldones de la chaqueta. Los dos quedaron mirándose en la penumbra del automóvil. Al darse cuenta de lo que iba a ocurrir, Anísio sintió como una especie de alivio.
El Falso Perpetuo se sacó del cinturón una enorme pistola negra, apuntó al pecho de Anísio y disparó. Anísio oyó el estruendo y luego un silencio muy largo. Perdón, intentó decir, sintiendo la boca llena de sangre e intentado recordar una oración mientras el rostro huesudo de Cristo a su lado, iluminado por la luz de la calle, se oscurecía rápidamente.

domingo, 26 de febrero de 2017

Café del Sur: Érase una vez (en) América

Una banda sonora original para contar un siglo de historia americana, entre sueños, ilusiones y paradojas de la actualidad. Canciones que hablan de migraciones, antiguas y modernas, cuarentenas en Ellis Island, viajes en barcos, trenes y carreteras, clandestinos, sin papeles, ilegales, muros, murallas y fronteras... imaginadas y reales.















sábado, 25 de febrero de 2017

Música y Letra: Música clásica en cine I

Andrés Amorós Guardiola (Valencia, 15 de febrero de 1941), ensayista, crítico literario, historiador de la literatura española.

Andrés Amorós, doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, siempre ha mantenido una estrecha relación con el mundo del teatro. Fue miembro del Consejo Asesor del Centro Dramático Nacional bajo la dirección de José Luis Alonso, asesor literario durante el mandato de Lluís Pasqual, director cultural de la Fundación Juan March (para la que creó la Biblioteca de Teatro Español del siglo XX) y patrono del Festival de Almagro y de la Fundación Pro Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.

Es Académico de Honor de la Real Academia de Cultura Valenciana y dirige el programa "Música y Letra" en esRadio. Entre sus galardones destacan el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de la Crítica Literaria, el Premio Fastenrath de la Real Academia Española y el Premio José María de Cossío.


Andrés Amorós inicia de un ciclo dedicado a la música clásica en el cine. Este primer programa se centrará en Ciudadano Kane y Casablanca.



"La flor más grande del mundo" de José Saramago




Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Emilio Aragón_La flor más grande mundo
jamendo.com


Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.
Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.
El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.
Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.
A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

viernes, 24 de febrero de 2017

"La máquina que ganó la guerra" de Isaac Asimov

La máquina que ganó la guerra (título original en inglés The Machine that Won the War) es una historia corta de ciencia ficción escrita por Isaac Asimov. La historia apareció por primera vez en la edición de octubre 1961 de la revista The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y fue reimpresa en las colecciones Nightfall y otras historias (1969) y Robot Dreams (1986). También fue publicado en una edición de Reader's Digest. Es parte de una serie de historias de ciencia ficción sobre el computador Multivac.

jueves, 23 de febrero de 2017

"Desayuno en el crepúsculo" de Philip K. Dick (1954)

Amanece un nuevo día en casa de los McLean. Las hermanas Judy y Virginia y el pequeño Tim se preparan para ir a la escuela pero algo que se los impide les hace volver. Una extraña niebla envuelve toda la casa y de repente, fuertes golpes suenan llamando a la puerta. Algo raro ha ocurrido con el espacio-tiempo, y quizá no es un martes tan normal después de todo…




"Infierno Grande" de Guillermo Martínez

Guillermo Martínez (Bahía Blanca, Buenos Aires, 29 de julio de 1962) es un escritor y matemático argentino.

Se crio en su ciudad natal, Bahía Blanca, y allí terminó la secundaria e inicia Universidad Nacional del Sur sus estudios de Matemáticas, que continuaría en Buenos Aires, donde se instaló en 1985

Licenciado en matemática por la Universidad Nacional del Sur en 1984, se doctoró en Buenos Aires en Lógica en 1992 y posteriormente completó estudios posdoctorales en Oxford.

Gracias a una beca de la Fundación Antorchas obtenida en 1999, reside dos meses en el Banff Centre for the Arts de Canadá. Otras becas (2000 y 2001) le bridarán residencias en la colonia de artistas MacDowell, en los EE. UU. En 2002 participó del programa internacional de escritores de la Universidad de Iowa y dos años más tarde tuvo una residencia en el castillo Civitella Ranieri (Italia).

Colaborador habitual con artículos, cuentos y reseñas en los diarios La Nación, Clarín y Página 12 y participante de diversos encuentros de escritores y festivales literarios (por ejemplo, el Foro Internacional Literatura y Compromiso en Mollina, Málaga o Feria Internacional del Libro de Miami, por nombrar solo dos).

Ha obtenido diferentes galardones, entre los que destaca el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2014

El director español Álex de la Iglesia rodó, basado en la novela de Martínez Crímenes imperceptibles, la película Los crímenes de Oxford (2008) que incluye en su casting a John Hurt y Elijah Wood.

Vive en la capital argentina, el barrio de Colegiales, con su esposa y su hija. Es aficionado al ajedrez y al tenis.



martes, 21 de febrero de 2017

"No confundirse" de Villiers de L'Isle Adam

Jean-Marie Mathias Philippe Auguste, conde de Villiers de l`Isle-Adam, más conocido como Auguste Villiers de L'Isle-Adam (Saint-Brieuc, 7 de noviembre de 1838 - París, 18 de agosto de 1889) fue un escritor francés cuya obra, que abarca la poesía, el teatro y la narración, se orienta en gran parte hacia el movimiento simbolista.








domingo, 19 de febrero de 2017

Café del Sur: Violeta Parra

En ocasión del 50 aniversario de su despedida, y a pocos meses de que se cumpla el centenario de su nacimiento, recordamos a la gran artista chilena con un programa especial dedicado a reconstruir los momentos más importantes de su vida y de su carrera artística y musical. Era un 5 de febrero de 1967 cuando las violetas se nos escaparon de las manos para siempre, para convertirse en pájaros alegres, en estrellas danzantes, en barro popular, en sonrisas de niños que juegan en los campos, en jardineras celestes. Recordando a la Violeta más dulce.




viernes, 17 de febrero de 2017

Emilia Pardo Bazán: Dos cuentos

Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921), condesa de Pardo Bazán, fue una noble y aristócrata novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España. Fue una precursora en sus ideas acerca de los derechos de las mujeres y el feminismo. Reivindicó la instrucción de las mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su actuación pública a defenderlo. Entre su obra literaria una de las más conocidas es la novela Los Pazos de Ulloa (1886).


jueves, 16 de febrero de 2017

"La casa del pasado" de Algermon Blackwood

Blackwood nació en Shooter's Hill (una localidad que forma hoy parte de Londres, pero pertenecía entonces a Kent). A lo largo de su vida, desempeñó oficios muy variados en Norteamérica: granjero en Canadá, encargado de un hotel, minero en Alaska, reportero en Nueva York. De vuelta a Inglaterra, comenzó a escribir relatos de terror, con gran éxito. Como a otros escritores británicos del género, por ejemplo Arthur Machen, se le relaciona con la Golden Dawn, organización secreta cuyas enseñanzas pudieron haber influido en la peculiar atmósfera mágica de sus cuentos. Su obra es citada como una de las principales influencias de H. P. Lovecraft; de hecho, el famoso relato La llamada de Cthulhu, inicia con una cita de Blackwood.

Blackwood murió el 10 de diciembre de 1951, de una trombosis cerebral por arteriosclerosis. Fue incinerado en el crematorio de Golders Green en Londres. Al cabo de unas semanas su sobrino llevó sus cenizas al puerto de Saanenmöser en el cantón de Berna en Suiza.



miércoles, 15 de febrero de 2017

"De lo que contó el Dr. Gunter en el California Café" de Héctor D. Vico

El famoso astrofísico, Oscar Gunter, hombre de sólido conocimiento científico y  una de las mentes más lúcidas de este siglo, siempre tiene problemas al momento de explicar cómo desarrolló su célebre teoría de los universos paralelos y de cómo fue que se le ocurrió. 
Al enfrentarse a esta pregunta generalmente comenta que recuerda todo: el momento, las circunstancias, los lugares pero, dice,  hubo un instante en que todo desapareció y quedó simplemente la teoría tal como se la conoce hoy. Para aclarar aún más lo sucedido suele referirse a una situación similar acontecida a Einstein cuando a bordo del metro de la ciudad suiza de Berna, vio alejarse la torre del reloj y fue allí que comprendió la relación de la velocidad de la luz y el espacio, es decir los fundamentos de la teoría de la relatividad.
Al pedírsele detalles, cuenta que estando en el California Café, en Palo Alto, cerca de la universidad de Stanford, bebiendo un simple refresco antes de su hora de cátedra, se encontraba pensando en la posibilidad de que existieran universos paralelos muy próximos a nosotros y, a pesar de ello, invisibles. Una derivación quizá, especula,  de la teoría de las cuerdas: universos separados por un velo o membrana muy delgada, que se tocan pero sin tener conciencia uno de otro, salvo en la teoría.
Recuerda también que le vino a la mente una creencia de los indios mapuches del sur de América que al referirse a las estrellas dicen que son una especie de agujeros por donde bajaron todas las cosas que forman nuestro mundo. Esas estrellas son  los lugares por donde pueden verse los otros universos, aquellos desde dónde llegaron los animales, las plantas y los hombres.
Siempre con esta vieja leyenda en mente, cuenta que terminado su refresco, subió a su automóvil para recorrer los casi 40 kilómetros hasta Stanford y dice, con algo de vergüenza, que lo último que recuerda es haber tomado la University Avenue y el gran cartel que más adelante indica la salida hacia San Francisco. Ignora todavía hoy, como llegó al Campus de Stanford pero si, y lo tiene muy fresco, es que al momento de estacionar ya no tenía dudas: los universos paralelos existen. 
Gunter no está siendo del todo sincero, la explicación que brinda es una verdad a medias. Convivimos con mundos paralelos pero no todos accedemos a ellos. Este tipo de afirmaciones solamente las hace en el seno de una muy secreta cofradía de científicos de Stanford que, luego de sus cátedras, reunidos en el California Café, se dedican a explorar aspectos pocos desarrollados de la astrofísica que, en muchos casos para el lego, suelen confundirse con la ciencia ficción.
La mayoría de esas charlas, que ocurrieron mientras degustaban exquisitos majares regados  con incontables botellas del mejor Pinot Noir del valle de Santa Clara,  y  que llegaron luego a la literatura fantástica, merced a su originalidad y exactitud, se transformaron después en célebres obras. Tal es el caso del cuento “Exilio” de Edmond Hamilton, quién a través de su personaje Carrick relata como a partir de su imaginación creativa creo un mundo paralelo en el que luego acabó viviendo. También se especula, aunque nunca pudo saberse la verdad, que el matemático y escritor británico  Charles Lutwidge Dodgson, más conocido por su seudónimo Lewis Carroll plasmó en su célebre libro “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, su teoría de que este mundo es una ilusión y que el verdadero universo es el del conejo blanco, el gato de Cheshire y la Reina de Corazones. En este sentido, el más emblemático autor de ciencia ficción Philip K. Dick, deja a lo largo de toda su obra una reseña de las conversaciones de estos catedráticos cuando especula en sus novelas y relatos acerca de la frágil naturaleza de la realidad que percibimos. Un caso parecido se dio también con Aldous Huxley en su obra “Un mundo feliz” en dónde cuenta que la sociedad del futuro será mecanizada y fría, precaria en valores y sentimientos.
Lo que a continuación se relata son los hechos tal cual acontecieron el día en que el Dr. Gunter dio a conocer a sus colegas su experiencia respecto de los universos paralelos. 
Todo ocurrió de la siguiente manera.
Un día cualquiera, no importa cual, al terminar sus clases y casi por instinto desanduvo los 40 kilómetros desde la universidad hasta el California Café y llegó puntualmente al habitual almuerzo con sus colegas. 
Cuando se sentó a la mesa, Ralph Cárdenas se explayaba acerca de las últimas especulaciones sobre el movimiento del tiempo. Ralph decía:
—Acaba de surgir una nueva posibilidad o mejor dicho un nuevo enfoque sobre los universos paralelos.
— ¿A qué te refieres Ralph? — preguntó  Scott Sólomon, que sentado a su lado luchaba con el caparazón de una langosta.
—Estuve leyendo el trabajo de Julian Barbour, Tim Koslowski y Flavio Mercati. Plantean algo muy interesante. Dicen que es muy probable que existan universos conectados y opuestos.
— ¿Opuestos? — terció Tobías Steiger, sentado frente a él.
—Opuestos en relación al eje del tiempo, es decir, en un universo el tiempo avanzaría tal como lo percibimos nosotros pero en otro, en cambio, y siempre desde nuestra perspectiva, el tiempo retrocedería. ¿Qué te parece Gunter?, estás muy callado.
—Sumamente interesante –dijo lacónicamente.
—Es verdad aunque lamentablemente son todas especulaciones, empíricamente aún no pudimos demostrar nada. Es una lástima.
—Te equivocas Ralph —agregó Gunter de manera tajante.
—¿A qué te refieres?—pregunto Cárdenas desconcertado y algo molesto por el comentario.
—Lo que acabas de comentar está mucho más allá de ser solamente una especulación. Te diría que es una realidad.
—Explícate por favor. Según entiendo estás queriendo decir que conoces a alguien que comprobó que existen otros universos —preguntó Scott con un tono entre fastidioso y burlón.
—Precisamente eso—respondió Gunter.
—¿Nos dirás quién es el afortunado? —intervino nuevamente Ralph
—Yo mismo — dijo Gunter.
La carcajada fue general. Algo así como un sentimiento de alivio recorrió la mesa
—Por un momento pensamos que hablabas en serio  dijo Steiger.
—Es que hablo seriamente. No estoy bromeando — respondió secamente Oscar.
Las sonrisas desaparecieron.
—No somos ingenuos, Oscar. Esta vez te estás excediendo con tu broma—replicó Steiger evidentemente exasperado por los dichos de su colega.
Gunter miró a todos con gesto grave como para que no quedaran dudas que decía la verdad. Tranquilamente pero en un tono que dejaba a las claras que no admitía interrupciones, dijo:
—Desde hace ya bastante tiempo quería hablarles de una experiencia que tuve pero no tenía el valor. Temía que pensaran que mi salud mental estaba alterada, pero hoy al escuchar el tema que trataban me decidí. Fortuitamente hice ese descubrimiento pero ya no soporto mantenerlo en secreto solo para mí. Sí, es verdad, yo conozco otro universo.
Tres pares de ojos desmesuradamente abiertos se enfocaron en él. La expresión de incredulidad de sus amigos le indicó que debería explicar todo inmediatamente a riesgo de terminar internado en algún loquero.
Aspiró profundamente y prosiguió:
—Ocurrió en las proximidades de la central atómica de Palo Alto. Fue como un parpadeo. Por un instante, muy breve, todo desapareció. La oscuridad me rodeó pero inmediatamente volvió la luz. En un principio no noté nada, todo parecía normal, no obstante al tiempo advertí cambios sutiles, casi imperceptibles y al centrar mi atención en algunos detalles llegué a la conclusión de la que les estoy comentando. 
—¿Nos puedes contar sobre algunos de esos cambios?, interrumpió Cárdenas.
—Desde luego. Fueron alteraciones en el patrón de conducta de las personas. Se me hizo evidente el estado de alienación de la gente. Noté que todo el mundo vivía pendiente de sus teléfonos celulares. Casi nadie hablaba, solo interactuaban con sus móviles. Se enviaban millones de mensajes de textos por hora en todo el mundo. Eso llevó a que se alteraran  las reglas de ortografía y el lenguaje se transformó en una jerga ininteligible por el afán de que esa comunicación virtual fuera lo más rápida posible. Vi que en las reuniones de dos o más personas todos estaban pendientes de los mensajes que llegaban a sus adminículos pero nadie mantenía una conversación ni se miraba a la cara. El aislamiento pasó a ser el patrón de conducta de los individuos. También pude ver que en la televisión solamente se difundían contenidos chabacanos y se mostraba a la mujer como un objeto. Me llamó la atención un programa del canal local, que con el formato de un certamen de danza, se mostraban mujeres jóvenes con poca ropa y se simulaban peleas del elenco con el simple propósito de ganar audiencia. Esas situaciones eran luego motivo de discusiones en todos los ámbitos de la ciudad. Se hablaba del programa en las oficinas, en las reparticiones gubernamentales, en los noticieros y periódicos. En todos lados se debatía sobre la suerte que correría cada participante. Ante mí se abrió un mundo casi desconocido. Se educaba para la ignorancia con la finalidad de poder sojuzgar a la población con mayor facilidad. Los medios de comunicación estaban al servicio del poder de turno, desinformando y generando opiniones funcionales a los gobiernos. Diariamente los titulares mostraban atentados terroristas en todo el mundo, muchos de ellos cometidos por grupos radicalizados financiados por las mismas potencias atacadas y otros eran cometidos por los mismos gobiernos víctimas del terrorismo con la intención de incrementar los controles y la vigilancia de los habitantes tal como lo contaba George Orwell en 1984. Se acuño una expresión para definir estos falsos atentados, se decía que eran ataques de falsa bandera.  La diferencia entre las clases sociales era abismal. Los ricos hacían ostentación de su riqueza y los pobres eran cada vez más pobre en un mundo que tenía superproducción de alimentos pero que a la mitad de sus  habitantes no le llegaba la comida. Se inventaban las guerras bajo pretextos humanistas pero que en realidad eran producto de las ambiciones de poder y riqueza de los países centrales. Ese salto a otro universo me reveló un mudo atroz.
—Suerte que pudiste regresar— dijo Steiger.
—Ese es el punto mi amigo, dijo con pesadumbre  Gunter, nunca pude volver.

Héctor D. Vico

EL NARRATORIO: ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 12

Estamos felices de anunciar la salida de EL NARRATORIO - ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL Nro 12 con cuentos de Marcos Tabossi Rolando José Di Lorenzo Ana María Manceda Carlos M. Federici Letras Arrabaleras Damaris Gasson Álvaro Morales Ana Maria Caillet Bois Zandro Zás Carlos Saldivar Rosas Nancy Aguilar Quintero Alfeizar Victoria Mora David Fionn Yolanda SA Arnoldo Rosas Liliana Machicote Andrés Fornells Hector Vico Patricia Richmond Loren Killdeer Leon Salcovsky Sangrando Palabras @dharma.ganesha Lu Li Pilar Olvera Luis Salvatore Nicolás Rodriguez Pereira Daniel Sanchez Poitevin Tati Jurado Lydia Rabuñal Disponible en ISSUU para leer on line y en MEDIAFIRE para descargar.Pasen y lean!



martes, 14 de febrero de 2017

Cuentos Breves de Autores Argentinos

Cuentos breves de escritores argentinos. El tren, de Santiago Dabove. El horno, de Joaquín Gómez Bas, ¿El primer cuento de Kafka?, de Marco Denevi. Las vísperas de Fausto, del autor de La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares.








domingo, 12 de febrero de 2017

Café del Sur: La Flor de la Canela

Programa especial dedicado a Chabuca Granda, la cantautora y folclorista que le regaló a Perú un lugar especial en el mapa de la canción popular latinoamericana. Un viaje a la ciudad de Lima de los años '50 y '60 para descubrir un país y su gente a través de valses criollos y ritmos negros afroperuanos.








sábado, 11 de febrero de 2017

"Popsy" de Stephen King

Stephen king - Popsy

Un secuestrador de niños encuentra a su próxima víctima llorando a las puertas de un centro comercial.
'Popsy' es un sorprendente relato corto de Stephen King que te atrapa desde el inicio y que te mantiene en vilo hasta su inesperado final. 

'Popsy' fue incluido en su libro Pesadillas y alucinaciones , publicado en 1993 .



"Un Trago De Despedida" de Stephen King

Un trago de despedida, de Stephen King. (Libre adaptación de Terror y Nada Más).

El coche de una familia queda atrapado en mitad de la tormenta de nieve en una noche de inverno. El hombre, tras caminar 9 km, logra llegar in extremis a un bar a pedir ayuda. Su mujer e hija aguardan dentro del coche. La gasolina del depósito se agotará en breve, la calefacción se detendrá y entonces morirán. Pero el dueño del bar y su acompañante se muestran reacios a ayudarle. El motivo parece ser el misterio que se cierne en torno a la ciudad cerca de la que el coche quedó atrapado.

¿Accederán finalmente a ayudarle? ¿Lograrán rescatar con vida a su familia? ¿Qué extraño misterio se cierne sobre esa población?

jueves, 9 de febrero de 2017

"El bolso con plata del canoso" de Hernán Casciari

El bolso con plata del canoso

por Hernán Casciari


El lunes 23 de enero al mediodía Sebastián, un chico de 31 años, se sentó en un bar de Palermo y pidió milanesas con papas. El encargado del bar le trajo el plato con mala onda. En el mismo momento que empezaba a comer, un hombre canoso que estaba sentado en la mesa de enfrente pagó y se fue. Sebastián no le prestó atención, pero al minuto miró la mesa vacía y vio que el canoso se había olvidado en el suelo un bolso chico.

Sebastián se estiró un poco y enganchó el bolso con el pie. Sin moverse de la silla atrajo el bolso a su lado. Nadie lo vio hacer este movimiento; el encargado del bar estaba mirando tele. Después dejó el bolso a sus pies, como si fuera suyo. Comió la milanesa tranquilo y recién al rato levantó el bolso, poniendo cara de «este bolso siempre fue mío». Y lo abrió, poniendo cara de «a este bolso lo abro cuando quiero porque estoy buscando mis cosas».

Cuando vio lo que había adentro del bolso, a Sebastián le costó un montón mantener su cara de esto es mío. Había fajos, y más fajos, de billetes de quinientos y de cien pesos. También había billetes sueltos, desparramados, sin la cinta de papel. Pero los fajos eran tremendos. Eran muchos. Estaban alborotados adentro del bolso.

Sebastián cerró el bolso rápido, lo puso de nuevo a sus pies y decidió seguir comiendo. Decidió no irse rápido, no escaparse. Hasta ahí llegaba su honradez. Decidió quedarse a comer su milanesa y esperar al dueño del bolso un rato. Si el canoso volvía, Sebastián le iba a devolver el bolso sin chistar. Así de simple. No era una opción dejárselo al encargado del bar. No le gustaba su cara.

Mientras comía su milanesa mirando para la puerta, ansioso, Sebastián descubrió que una parte suya quería devolver el bolso y sentirse el héroe de los noticieros, pero otra parte suya quería ser un hijo de puta anónimo.

Cuando Sebastián terminó de comer, el héroe había perdido la batalla contra el hijo de puta. Era verano, un lunes caluroso de verano, tenía treinta y un años, y cuando se levantó no pensó que le iba a pasar algo así. Sebastián pagó la cuenta pensando que se le habían solucionado, como por arte de magia, algunos problemas económicos que a veces no lo dejaban dormir.

Salió del bar y fue hasta el auto caminando más despacio de lo normal. Abrió el baúl, metió el bolso y encaró para su casa sin pasarse ningún semáforo en rojo. Cuando llegó, Sebastián tiró todo lo que había en el bolso arriba de la cama. Además de plata, no había otras cosas. Ni documentos, ni lapiceras, ni caramelos. Solamente plata. Vio de repente tanto efectivo que se mareó. Se tiró bocabajo en la cama y empezó a contar la plata. Casi todo estaba dividido en fajos de 10.000 pesos, menos unos billetes de 500 y de 100 que estaban desparramados y sueltos.

Para darle suspenso, primero contó la plata suelta. Había 25.400 pesos.

Después contó los fajos encintados. Eran treinta y cuatro fajos de diez mil. Sumó todo con la calculadora del teléfono. La suma le dio 365.400 pesos. Entonces Sebastián se largó a llorar, sentado como un indio encima de su cama. No lloraba de alegría. Tampoco de emoción. Lloraba de nervios.

Entonces pensó, asustado: «Mañana voy a devolverlo. El que perdió esta guita seguro vuelve al bar. Capaz que eran sus ahorros de toda la vida». Pero al mismo tiempo se tiró a la cama con los fajos a un costado del cuerpo, y empezó a gastar mentalmente la plata que había encontrado.

Primero canceló lo que le quedaba para pagar del auto. Después recorrió España de punta a punta. Después se compró medio kilo de queso cremoso que está carísimo. Al rato le financió unas mega vacaciones a sus viejos. Y mientras fantaseaba con cada una de estas cosas, rozaba con la yema de los dedos los fajos al costado de la cama, como si tuviera miedo a que desaparecieran.

Se quedó dormido.

Al mediodía del martes 24 de enero Sebastián volvió al bar. Dejó el bolso con plata en el auto y se sentó en la misma mesa. Hizo todo el viaje puteando por la educación que le habían dado sus padres:

«¡Quién carajo me enseñó a ser honesto, la concha de la lora!», se decía al volante, enojadísimo. Sebastián sabía que volvía al bar solamente por culpa. Por sus padres. Pero él no quería hacerlo. No quería devolver esa plata. Esa plata no le iba a solucionar la vida. Se la mejoraba un poco, eso sí.

Cuando llegó su milanesa empezó a sacarle charla al encargado. Le contó que el día anterior había ido a comer y que le había gustado tanto que había vuelto. Mentira. pero el encargado le creyó. Después Sebastián le preguntó cosas al encargado, cosas que fingían ser al azar:

«¿Está bueno trabajar acá?».

El encargado contestó alguna pavada.

«¿Te garchaste a alguna de las mozas?».

El encargado contestó de nuevo.

«¿Qué fue lo más raro que te pasó en el bar?».

Si en esa última pregunta no salía el tema del bolso, Sebastián tenía pensado irse a su casa y quedarse con la plata.

El encargado le contó un par de anécdotas del bar. La tercera que contó era la que Sebastián no quería oír:

«Ayer, sin ir más lejos», le dijo el encargado, «vino un tipo desesperado, diciendo que se había olvidado un bolso con mucha plata. Me dejó un teléfono para que avisara, estaba llorando».

A Sebastián le bajó la presión. Le pidió al encargado el teléfono del hombre. Mientras terminaba la milanesa llamó a ese hombre, le hizo preguntas sobre el color del bolso y sobre el cierre relámpago, y comprobó que era, efectivamente, el canoso del día anterior. El dueño del bolso vivía en Olivos.

Sebastián se encontró con el hombre ese mismo martes 24 de enero en el McDonalds que está en Scalabrini, casi llegando a Santa Fe. El hombre era más canoso de lo que Sebastián recordaba. Se llamaba Álvaro y le agradeció a Sebastián con frialdad. A Sebastián le dio bronca. El hombre no quiso quedarse a charlar ni nada. Le dio la mano sin empatía, sin ninguna emoción. Antes de irse le ofreció quinientos pesos a Sebastián, por su honestidad. Ni siquiera le dio cinco billetes de cien, sino un billete de quinientos. Se lo tiró arriba de la mesa; un billete doblado en cuatro.

Cuando el canoso se iba, Sebastián le dijo, en chiste, que a los noticieros le encantaban las historias de bolsos con mucha plata devueltos. Entonces el canoso volvió a la mesa. Le puso la mano sobre su palma. (La mano del canoso tenía un lunar ovalado). Y le dio quinientos pesos más.

«Te pido por favor que seas discreto», le dijo a Sebastián. «Mi mujer no se puede enterar que tengo esta plata. Son ahorros que hago por afuera del matrimonio, vos me entendés. Por si el día de mañana me caga y me tengo que separar». Y le guiñó un ojo. A Sebastián le dio asco ese hombre.

El canoso se fue y Sebastián se quedó mirando sus dos billetes de quinientos. No tenía pensado en absoluto llamar a ningún noticiero. Había sido un chiste que le había hecho al canoso.

Pero al verlo irse con el bolso, tan dueño de la situación, tan machito, se le ocurrió mandar un mail a una sección de anécdota de un programa de radio muy escuchado.

«Quién sabe», pensó Sebastián. «Capaz que leen al aire mi historia, y que la esposa del canoso (que se llama Álvaro, que vive en Olivos, que almuerza en Palermo, que tiene un lunar ovalado en la mano derecha) capaz que la esposa escucha la radio y reconoce a su marido, y se entera que la mitad de lo que hay en el bolso es de ella».